2 / 09 / 2010

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Desarraigo (I/II)

Publicado originalmente el 20 / 02 / 2008

Javier se sentó frente al piano que aún conservaba el teclado cubierto con una pauta en blanco sobre el atril. Pensó en improvisar durante unos minutos para calentar sus dedos y poner su concentración a trabajar, pero ni siquiera pudo bajar una tecla. Sus dedos temblorosos parecían tener la firme voluntad de no obedecerlo o, mejor dicho, no entendían sus órdenes. Sujetó firmemente las falanges de su mano derecha con la izquierda. Así permaneció unos instantes hasta que finalmente apoyó ambos codos sobre la tapa, cubrió sus ojos como si no quisiera volver a ver el papel de cinco líneas nunca en su vida y comenzó a llorar.
Había sido un día muy difícil, más que los demás. Pero en aquel momento todos los días le habían parecido tan solo un preludio cadencial hacia esa hora. Cuando era niño y se sentía perdido, triste o lastimado, sabía que debía volver a casa. El hogar. Volvía a sentir la misma sensación de extravío, una melancolía de años de la infancia que no había experimentado desde hacía al menos una década, justo la mitad de su vida.
Solo que ésta vez no había hogar donde volver. Caminaba en la densa niebla de una noche cerrada en un pueblo completamente desconocido. Buenos Aires no lo había recibido bien. Antes de partir hasta allí había pasado muchas noches en vela imaginándose en la gran ciudad, calculando todas las oportunidades que se le presentarían, las posibilidades que podría aprovechar. Pero el insomnio de ésta noche no sería como los anteriores. No calculé bien, pensó, que en éste lugar en vez de ser uno más, sería nadie.
Nadie parecía reconocerlo. Claro, tonto, nadie me conoce, ¿cómo les sería posible re-conocerme? De cualquier manera, hacía apenas pocos meses que se había radicado allí, en ese monoambiente del barrio de Once. Si bien participaba regularmente de sus clases de conservatorio semanales, el resto del tiempo lo repartía entre la biblioteca, el cineclub y un club de jazz donde algunos jueves antes de cerrar le permitían interpretar algunas improvisaciones. Pero desde el momento en que puso su pié en la plataforma de Retiro sintió que se había vuelto invisible. Salvo, claro, para las pobres criaturas que piden limosna en las calles y los repartidores de volantes. Si él fuera una aparición, un fantasma, un ángel de luz o de oscuridad en lugar de un joven, nadie hubiese notado la diferencia. Los viernes llamaba por teléfono a su madre en Cañadón Seco, su pueblo natal. En esos pocos minutos que duraba la conversación volvía a materializarse en su carne y sentía que podía respirar y caminar como un ser humano. Esa es la palabra: sentía que cada día era menos y menos un ser y más y más la nada.
Las palabras de aliento que su familia le repetía entre lágrimas ahogadas semana a semana cada vez se parecían más el eco lejano de otra vida. A veces meditaba sobre su verdadera presencia y la alteración que producía en esa urbe infinita; la agitación sobre su superficie. Soy una semilla de sandía arrojada a la tempestad más cruel del océano. Eso soy, ni más.
Secó sus lágrimas y encendió un cigarrillo. Tendría que vaciar el cenicero, pero no lo hizo, simplemente se quedó viendo el retrato de Félix Mendelssohn que le había regalado su profesora antes de partir “al futuro”. Si supiera, profe, que el futuro parece una miseria de enfermedad, crimen y soledad.
Debo haber venido a vivir al infierno, al mío sin dudas.
Félix, ¿qué debo escribir? ¿Serías tan amable de dictarme algún motivo, alguna melodía? Soy un pobre pibe, no tengo el virtusismo de Paganini, ni la pasión de Piazzola, ni el corazón de Chopin, ni la creatividad de Bach. Soy un tonto. Los demás nenes no me dejan jugar, mamá. Yo no les hice nada. Debe ser por mis anteojos, o tienen miedo de que les ganes al fútbol, hijito. Mamá ¿dónde estás?
Apoyó el cigarrillo en el borde del piano, con cuidado de no quemarlo, tomó el lápiz y lo colocó en su boca, como un perro mordisquea un hueso.
Tomó la pauta y empezó a dibujar claves de sol a lo largo del primer sistema. Así completó el segundo y el tercero y toda la primera página. Que pulso de mierda. Se sirvió un vaso de agua de la canilla, para refrescarse de la espantosa humedad de la rivera, en cuanto tragó el primer sorbo recordó el sabor del agua pura de la Patagonia. Qué ciudad asquerosa, el agua seguro que tiene veneno. La humedad no se aguanta, ni el olor a basura podrida que parece impregnarlo todo.
No estaba de ánimo para escuchar música, ni mirar televisión, ni tocar el piano, ni alimentarse, bañarse, afeitarse. Estaba al borde del abandono total, de no ser por el vaso de agua con que había aliviado su sed y que aún sostenía, segundos antes del desperdicio, en su mano.
Corrió hasta el piano y levantó la colilla humeante de la madera que ahora presentaba una larga cicatriz de casi medio centímetro de grosor. El piano de papá.
Si éste lugar tiene tantas oportunidades como me dijeron ¿dónde están, que no aparecen? ¿Dónde está mi representante? ¿Dónde mis amantes? ¿Dónde mi familia?
Con esto último se derrumbó otra vez sobre el taburete y levantó la tapa con tal velocidad que resonó con violencia toda la caja. La quinta de Beethoven, pensó, debe haberse iniciado así, con un golpe mortal a un piano. Comenzó a tocar un estudio de Chopin que le hacía recordar los meses de preparación que reservó antes del desarraigo. Es inútil, es como oler el perfume de una antigua novia después de muchos años. Tal vez no esté del todo seguro de cuál de ellas, pero se refresca toda la experiencia íntima del corazón, la pasión y el romance en el exacto instante en que el aroma llega al olfato. Con una música es lo mismo. ¿Qué primitivos mecanismos actúan sobre nuestra parte racional al percibir un simple estímulo?
Miró el reloj, todavía no eran las siete, tal vez estaría a tiempo de conseguir una entrada al teatro. A algún teatro. Bajó a la calle y compró un diario en el quiosco de la esquina sin que el vendedor le dirigiera la mirada. Sí, ya sé, soy invisible, ¿cómo me va a mirar?, se ironizó a si mismo.
Buscó el segmento de espectáculos, la parte de los eventos musicales. Les Luthiers ésta noche, agotado. Spinetta presenta su nuevo disco, 23hs, La Trastienda, desde $20. Pedro Aznar “canta a Brasil”, 20hs, Teatro ND Ateneo, desde $50. Maricón.
Una señora lo llevó por delante accidentalmente sin pedir disculpas, a lo que Javier solo atinó decir “disculpe”. Cruzó la esquina en diagonal y se metió en un bar, parecía que estaba por llover. Acá siempre parece que va a llover, es la humedad. Se sentó en la barra y pidió un café con dos medialunas, que raro, no me di cuenta que éste es mi desayuno. Volvió a abrir el periódico en la página que había estado marcando y hundió su nariz entre las hojas. Fat Fernández, club del vino, cena y show, reservas al…; Willy Crook, el embajador del buen gusto, 22hs, Mala muerte, $10.
Qué buen nombre para un bar, debe habérsele ocurrido a Newton. Bueno, diez pesos no es caro y no es tan lejos, puedo ir en colectivo y volver en taxi. Dejó el Clarín sobre la mesa, con la firme intención de abandonarlo allí mismo, como un cachorro que no puede adoptarse. Bebió su café y salió olvidando las medialunas. Antes de cruzar la puerta el mozo le silbó como si fuera un taxi y le dijo “Pibe, son cuatro pesitos”. Uy, disculpe don, le pagó y volvió a buscar las medialunas, a fin de cuentas tenía hambre.
Ya se hacía de noche y las sombras iban ganando terreno, como si fuera la última guerra de la historia. Sintió un escalofrío en la espalda que lo hizo acelerar el paso hacia su edificio, como si lo persiguiera un ejército de hormigas diabólicas, ante las cuales no es estrictamente necesario correr.
Subió hasta el tercer piso por las putas escaleras, cómo no se me ocurrió elegir un edificio con ascensor. Bueno, tres pisos no es tanto, dos atados de L&M por día sí lo son.
Entró a su cuarto, puso un disco de Miles Davies no muy fuerte, que los vecinos siempre se quejan. Bueno, se quejan de todo, que se caguen. Se metió al baño para arreglarse, después de todo, quien nada espera, nada recibe. En tres cuartos de hora estaba poniéndose los zapatos, casi listo para salir. Se había bañado, afeitado, peinado con gel, cepillado los dientes, vestido con una camisa de algo que le habían dicho era bambula, pantalón de jean color negro y una cadenita bañada en oro con el rostro de Santa Cecilia.
Bajó a la calle, pero antes de pisar el último escalón de la escalera se vio los zapatos recién lustrados y mejor me voy en taxi, no sea que encima me afanen. A lo mejor estoy paranoico con los robos, pero prefiero ser un loco y no la víctima de uno. Paró un taxi en la calle. Vamos a la mala muerte, señor.
Por el camino se entretuvo mirando las luces de neón, los carteles publicitarios que en una época le resultaban tentadores ahora la parecían ostentadores. Que asco de civilización que elegí para mi futuro.
Al llegar notó que solo había un guardia en la puerta, pero no había cola para entrar. Fantástico, no me gusta esperar afuera y además así consigo una silla. Pagó al chofer y le preguntó al hombretón de remera negra “¿Hoy toca Willy Crook acá?”. No papi, mañana es eso. Pero cómo, si yo leí el diario decía acá a las nueve creo. Si, eso sí, pero es mañana. A lo mejor no te fijaste bien, pero está programado para mañana, a las diez. Uy que moco ¿y que hay hoy? Hoy tenemos un taller de tango, si te interesa sale cinco pesos la clase, con un cd de regalo de los tangos que pasan. ¿Y no hay otro recital por acá cerca? me quedé con ganas de escuchar algo de jazz. Ah, no sé querido, puede ser, por ésta calle hay muchos pubs, caminá un poco y vas a llegar a algo de eso. Bueno, gracias.
Quiso alejarse del lugar con un ojo en el guardia y otro en los linyeras que dormían a unos metros más adelante. Pudo avanzar solo unos segundos, después, como si hubiera olvidado algo dio media vuelta y entró a la mala muerte con paso artificiosamente firme.
El interior tenía piso de parquét barnizado hacía vaya a saber uno cuántos años, las paredes color bordó descascaradas ligeramente en su parte alta colgaban algunos posters de festivales de jazz antiguos y lejanos, una pintura caricaturizada de Gardel y algunos cuadros baratos de esos que se producen en serie.
Se sentó a la barra de madera sin mirar aún a la gente que ocupaba el lugar, como si fuera el dueño y pidió un vaso de vino. “El tango es macho”, pensó.
Luego giró su torso hacia la pista y apoyó el brazo en la barra.
La música no estaba muy fuerte y había unas cuantas personas conversando en tono normal, dos chicas bailando y un hombre de camisa sin mangas las miraba fijamente con las manos apoyadas en la cintura. Ese debe ser el profesor.

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4 Comentarios

  1. Cintia dijo,

    algunas afirmaciones…
    *El mejor amigo y peor enemigo de uno…es uno mismo
    *Siempre hay que intentar ver el lado positivo de las cosas…y si no lo encuentro por lo menos, miro el menos peor..-y si éste último tampoco existe intento creer que todo lo que sucede es por algo y siempre para bien… alguna vuelta que da la vida te lo va confimar.
    *Todo es subjetivo por ende lo que subyase de cualquier texto está impregnado de experiencias directas del autor…ergo…cada vez que leo tus relatos, me atrevería a decir que te conozco un poco más..y que la mirada que plasmás de vos no se condice con la hermosa persona que sos (viste no lo escribí en mail :) )…
    Pero como dije antes todo es subjetivo incluso el texto que acabo de escribir.
    *Algo que siempre quise decir: Qué buen uso de la adjetivación y puntuación que tenés…sos admirable…posta…Gracias por brindar todos tus pensamientos, ideas y emociones en éste blog…realmente en lo personal me motivaste a escribir a mi también.
    Disculpá la extención de mi escritura, se que debo colocar comentarios y no escribir una novela, pero realmente aprecio lo que haces…ah! pregunta…vas a colocar canciones de tu autoria?
    te mando un beso y un abrazo enorme!
    TKM

    Recibido el 20 / Febrero / 2008 a las 11:29 hs.

  2. Fernando dijo,

    Cintia, MUCHISIMAS GRACIAS!!!!
    Espero muy pronto leer cosas tuyas. Respecto a la pregunta, ya publiqué algunas músicas, en la categoría Canciones, de este blog. Estoy buscando el soporte tecnológico y de hosting para poder seguir poniendo nuevas, junto con el radioteatro (que cada vez se hace esperar más). Creo que en los próximos días ya voy a estar en condiciones de publicar ese tipo de multimedios. Beso.

    Recibido el 20 / Febrero / 2008 a las 12:09 hs.

  3. maría jesús lamora dijo,

    Vamos a ver, chiquillo:
    En primer lugar, escribe rápidamente la continuación, que ardo en deseos de saber su desenlace.
    En segundo lugar, la clave de Sol en tercera no existe. Ay, ay, ay, este músico! Coincido, sin embargo, en los calificativos que has dado a los grandes: Chopin, Bach…
    Un placer leerte.
    Abrazos desde España.

    Recibido el 21 / Febrero / 2008 a las 15:50 hs.

  4. Fernando dijo,

    En primera, el lunes 25/02/08 publico la conclusión
    En segunda… la clave de sol era en segunda. No sé qué se me cruzó por la cabeza en ese momento. Gracias por avisar, espero que no te moleste si la corrijo. Que bueno tenerte de vuelta por casa.

    Recibido el 22 / Febrero / 2008 a las 8:01 hs.