En verano de 2004 estaba de vacaciones en mi ciudad natal, Río Gallegos (50Km al norte del Estrecho de Magallanes). Mi intención era la de pasar unos días allí, cosa de una semana; luego quería estar unos días en Comodoro Rivadavia (1000Km al Norte) y volver a Ushuaia.
Un día, cerca del mediodía fui a comprar el pasaje a la terminal de ómnibus. Me dirigí directamente a la ventanilla de la empresa TAC. Antes de mi, habían dos personas: una señora y un señor. El señor estaba comprando el pasaje y se retiró en seguida. Luego avanzó la señora y repitió la operación. Cuando llegó mi turno, el vendedor me dijo “qué raro, se me cayó el sistema”. Está bien, le dije, vuelvo más tarde, ¿hasta que hora están? “Estamos hasta las ocho, el colectivo sale a esa hora, así que no hay problema, podés venir en un rato o en cualquier momento de la tarde, hay bastantes asientos disponibles.”
Muy bien, gracias. Di media vuelta a volví a la casa de mi abuela, que vive justo al frente, a almorzar. Una hora más tarde volví a insistir. Solo que esta vez la ventanilla de esa empresa tenía la persiana baja. Pensé que el chico no había podido restablecer el sistema y también se había ido a almorzar. Así que fui a la ventanilla de junto, creo que era “El Pingüino” la empresa, pero no estoy seguro. El pasaje me costó $80 pesos, $10 menos que en la otra empresa. El micro salía a las 21hs y el viaje duraba doce horas.
Perfecto.
Esa noche llevé mi equipaje, poco antes de las nueve y me dispuse a esperar. Viajé sin problemas todos esos kilómetros donde solo hay viento y desierto, llegando a las diez de la mañana del día siguiente a Comodoro. Lo que más me gustó de la ciudad fueron las hélices generadoras de energía eólica. Esa noche fuimos al cine a ver “La sonrisa de Mona Lisa” y me sorprendió ver a Tori Amos en persona cantando en la fiesta (en la película, claro). Pasé un buen fin de semana con mi tía y mi prima.
Cuando estaba por ir a comprar el pasaje de regreso, me llama mi tía (otra de las veinte) para invitarme un par de días a su casa, en un pueblo llamado Caleta Olivia (a dos horas de distancia, volviendo al sur). Como me quedaba de paso, acepté sin dudar un segundo (su marido cocina un pollo frito que es verdaderamente irresistible).
Después de merendar y despedirme de mi prima, me dejaron en la terminal de Comodoro y viajé para honrar la invitación.
Hasta aquí todo era normal para mi, eran unas vacaciones comunes (espectaculares, aclaro) y corrientes. Mi tío me fue a buscar en su auto a la terminal de Caleta Olivia y me llevó a su casa donde, efectivamente, estaba preparando su famoso platillo.
Después de cenar, mi tía me pregunta:
- ¿Te enteraste lo que pasó con el micro en el que ibas a viajar vos?
- Nop.
- Chocó.
- ¿Qué?
- Sí, mirá, acá tengo los diarios de ese día.
Los leí en silencio, con la boca abierta de asombro, sin poder creerlo. Era cierto, por lo que decían aquellos jornales, que el ómnibus en el que yo iba a viajar en primer lugar a Comodoro, había tenido un accidente y había volcado en la ruta.
Aparentemente tuvo un desperfecto eléctrico en una recta descendente, las luces se apagaron y, como la dirección es asistida electrónicamente, no pudo maniobrar al llegar a la curva en la que terminaba la pendiente. Dio varias vueltas por la banquina, quedó completamente destruido. Varios pasajeros debieron ser trasladados en avión para ser atendidos, por la gravedad de sus heridas. Uno de ellos falleció, un muchacho de menos de 25 años. El resto de los pasajeros sufrió heridas de diferente importancia, pero ninguna leve.
Terminé de leer y cerré los tres periódicos que repetían lo mismo en distintas palabras.
Los miré un momento.
Me di cuenta de que algo no andaba bien. Y… ¿ustedes cómo se enteraron de que yo iba a viajar en esa empresa?
- Nos contó Sonia (otra tía más), que fuiste a comprar primero en esa empresa y, como no pudiste conseguir, viajaste en la otra.
- Pero yo no le conté a nadie lo que había pasado, me pareció demasiado soso hasta para mencionarlo. Pero es cierto, ocurrió así.
Esa noche no pude dormir. Me quedé pensando en lo frágil de la vida, lo cerca que pasó la muerte y la manera tan holgada y despreocupada (inconsciente) en que la evité. Pensé en el destino, en “la hora”, pensé en mi ángel de la guarda, en la Virgencita, en Dios y toda su trouppe.
Al día siguiente completé el viaje, arribando a Río Gallegos por la tarde. Lo primero que hice fue mostrarles los diarios (los conservé por un tiempo) y nadie lo podía creer.
Le pregunté a Sonia cómo se había enterado de mi pequeño percance con las ventanillas y los sistemas. Me respondió que ella no sabía nada. Que nunca habló por teléfono a Caleta.
Cosas.
Mirando hacia atrás, siempre pensé que esa noche no solo no tenía que pasarme nada, sino que probablemente ni siquiera tenía que enterarme. Fue como si alguien me hubiera tocado el hombro y dicho “a este no”. Así de simple. Aterrador y esperanzador por igual.
Seguí viajando en colectivo muchas veces más y nunca tuve miedo de accidentarme. Nada podría hacer para evitarlo o conseguirlo. La hora llega cuando llega. Pero me siento mucho más responsable de estar con vida. No lo llevo como una carga, sino como un regalo. Estamos de prestado acá abajo. No puedo cerrar el relato con una conclusión más valiosa. Disculpen.
Artículos Relacionados
•Tito (desgrabado) Leer »
•Regresión Leer »