2 / 09 / 2010

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Un blog de relatos

Verne (completo)

Publicado originalmente el 14 / 04 / 2008

La vuelta al mundo en 80 dias

Este relato puede descargarse en formato PDF haciendo clic aquí.

Caminaba lentamente frente a la biblioteca, como mirándose en un espejo de cuerpo entero. Acariciaba el lomo de los libros con la yema de los dedos, leía sus cubiertas, pero no se decidía por ninguno. Tenía la sensación de saber exactamente qué decía cada uno de ellos solo con tocarlo ligeramente.
Se alejaba unos pasos, para observar todo el panorama y se sentía nuevamente atraído hacia los estantes, cual si estuviese parado al borde de un precipicio, donde se tiene la idea de estar siendo succionado hacia el vacío. Se imaginaba que de entre las hojas salían fantasmas de antiguas historias, de escritores de siglos pasados, que lo invitaban a beber de sus palabras, mientras se alimentaban de la humedad del papel y el amarillo de la oxidación.
Las termitas que se abastecían de aquellos volúmenes eran cada vez más grandes y numerosas; en un punto de su observación sintió algo de pena por el mal estado de aquellos títulos y se dio cuenta de que la mayoría probablemente no alcanzaría el cambio de década siguiente. ¿Qué destino haría justicia a aquellos libros? Recordó esas filmaciones donde un gentío los arrojaba al fuego, meneó la cabeza, indignado. Fantaseó unos minutos acerca de las técnicas utilizadas para evadir los controles de la policía secreta, la no tan secreta, el ejército, las miradas de los amigos delatores y los niños indiscretos. Tal vez de esa década infame databan la mayor parte de los coleópteros que actualmente estaban dando por terminada su oscurantística labor como secuaces de la ignorancia.
De pronto se sorprendió con un clásico: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Lo retiró de su lugar en la letra “V”, sopló la parte superior de las hojas, retirando una buena cantidad de polvillo. Lo mismo hizo con la cubierta de cuero. Curiosamente, era tal como se lo había imaginado. La cubierta roja para Verne, las letras doradas grabadas cuidadosa pero imperfectamente por algún encuadernador, las hojas cosidas a mano con hilos que denostaban diferentes edades y añejamientos.
La primera hoja era relativamente nueva, casi no poseía un tinte amarillento. Las siguientes, en cambio, presentaban una degradación paulatina que se hacía más y más evidente hacia el centro del libro, donde parecía haber quedado una pequeña entrada de aire. Pudo percibir, aquí y allá, algunas huellas digitales entre la tinta corrida de las hojas, el inevitable sudor de las manos de vaya uno a saber qué lector. Llegando hacia la última parte se dio cuenta de que no estaba leyendo el libro: lo estaba mirando. Y en ese pensamiento se detuvo al notar que, de entre las hojas gastadas de miradas y años de humedad, caía una que estaba suelta. Al recogerla del suelo vio que lucía unas anotaciones manuscritas.
El papel presentaba una caligrafía bastante anacrónica, pero totalmente legible, a pesar de presentar algunos manchones de fibra desprendida. Decía:

“Querido amigo, felicitaciones. Si encuentra esta hoja es una persona afortunada. No solo ha disfrutado de una obra maestra de la literatura universal: Ha encontrado el mapa de un tesoro. Así es, en el reverso encontrará un domicilio al que debe concurrir munido de pico y pala para excavar, un vehículo mediano a grande y, si es tan cobarde e incrédulo como yo, una linterna, para hacer el trabajo sucio por la noche. J.M.”.

Volvió a leer las palabras dos o tres veces para convencerse de que no era un sueño y luego, con sumo cuidado, desenvolvió el papel para encontrar que en su cara posterior, efectivamente había una dirección escrita y una especie de boceto con proporciones precisas de algo que parecía ser una casa o un edificio pequeño (tenía las medidas especificadas en metros y los ángulos en grados). Guardó el papel en su bolsillo tan velozmente como pudo sin estropearlo ni añadirle dobleces dañinos, devolvió el volumen a su ubicación original, recorrió el pabellón histórico, bajó las escaleras y luego salió a la calle.
La biblioteca pública había quedado ya una cuadra atrás y sentía el sudor de los restos de tinta que aún presentaban sus palmas. Tomó el colectivo en la parada y viajó hasta su casa con las manos en los bolsillos, de tal manera que las gotitas no contaminaran el papel y no se notara que llevaba algo de valor. Le resultó bastante difícil, por que el espacio que tenía su abrigo era bastante pequeño.
Al llegar se sintió algo aliviado, pero espió desde atrás de la cortina para comprobar que nadie lo hubiera seguido. Sentía que había robado algo, pero su razonamiento le llevó hacia las tranquilas aguas de la propiedad descubierta y los derechos de hallazgo. Su conciencia, en cambio, tomaba la dirección opuesta.
Dejó su abrigo en la habitación y se dispuso, tal como lo había anunciado su “amigo” a esperar las horas vespertinas.
Hizo de todo para distraerse durante esa tarde, pero no pudo sacarse de la mente la idea de un tesoro y miraba nerviosamente hacia la habitación para revisar la presencia de su campera, frágil guardiana de su propiedad más valiosa hasta el momento.
Vivía solo, pero aún así no se sentía seguro ni siquiera para ver el papel una vez más a la luz del día. Esperaría, no hablaría con nadie y no haría nada hasta no estar amparado por las sombras.
Se sentó en su sillón a escuchar algo de Stravinski, que por supuesto solo lo puso más nervioso aún. Cambió luego de unos minutos a Debussy. “La catedral sumergida, cuántas imágenes” se dijo; y entre esas imágenes lentamente se fue quedando dormido. Soñó que entraba en la casa del tesoro, que por algún motivo tenía ratas, con la linterna y la pala al hombro. Comenzaba a cavar donde indicaba el mapa y desde el pozo surgía una maraña de gusanos que le trepaban las piernas. En segundos cubrían todo su cuerpo y al llegar al hueco de su boca aullando de terror, se despertó sobresaltado, justo al llegar a la coda del compositor impresionista. Aún era de día. Volvió a dormirse recién al concluir la pieza.
Cuando finalmente despertó ya era casi medianoche, había tenido más pesadillas, donde las ratas le quitaban la linterna, unos usurpadores le disparaban, la policía lo detenía, lo asaltaban. En ninguna de ellas conseguía ver lo que había dentro del cofre que, imaginaba, contendría el tesoro. Encendió la luz más pequeña de la cocina, se preparó y bebió una taza de café que había pagado como “cubano”. Le puso algo de crema en polvo y edulcorante, lo bebió hasta la mitad y fue hasta la habitación a buscar el mapa en el bolsillo.
Lo llevó hasta la mesa aún plegado y notó que las manos le temblaban. No podía definir si era por miedo, nervios, ansiedad, codicia o algo más. Volvió a leer la dedicatoria y ahora, a la luz incandescente, pudo confirmar que la caligrafía era como las que había visto en algunos libros restaurados a mano. Debe ser de algún encuadernador o asistente de, pensó.
En la otra carilla, donde creyó haber leído un domicilio, en realidad eran letras y números, no palabras, siendo las últimas dos “JM”, entre signos de admiración.
Justo debajo había un rectángulo acotado, que explicaba un cuadrado de cinco metros de ancho por cinco de alto, dos ángulos a cuarenta y cinco grados que dividían al cuadrado en la proyección de cuatro triángulos de distintos tamaños, señalando un punto, como si fuera una letra equis.
Lo miró durante un rato, que poco a poco fue transformándose en horas y así lo sorprendió el día, nuevamente, sin haber dormido nada.
Hizo una copia de las letras y números en otro papel y, apenas se hicieron las ocho, salió a la calle dispuesto a volver a la biblioteca. Tal vez alguien ahí podría ayudarlo en su búsqueda. Quizás la idea de compartir el tesoro no era tan mala, especialmente si tenía en cuenta que no podría alcanzarlo nunca por sus propios medios y conocimientos.
Volvió a subir al tercer piso del edificio, por el ascensor, sin cometer el improperio de regresar al pabellón histórico. Se dirigió, en cambio, hacia el ala opuesta, donde un caballero de lentes, algo calvo, sonreía ante un libro de tiras cómicas. Tenía un distintivo en el pecho que lo delataba como empleado de la biblioteca. Habló al hombre con un inevitable tartamudeo, preguntándole si por casualidad sabía qué significaban esas letras y números que tenía anotados. Claro, respondió el empleado, es una partida de ajedrez. Los libros de ajedrez están en el piso de arriba. Muchas gracias, respondió, guardó el papel con la misma artificiosa lentitud con que lo había retirado del bolsillo y subió las escaleras.
Allí se pasó toda la mañana viendo libros de teoría e historia del ajedrez, donde había fotografías de jugadores que nunca había escuchado nombrar, partidas explicadas y analizadas en detalle hasta desmenuzarlas en simples letras y números. Una vez que se convenció de estar seguro de cómo recrear una partida desde una trascripción, pidió a la muchacha encargada de ese sector que le facilitara un tablero. Lentamente, como si estuviera desenrollando un pergamino milenario, fue armando la partida tal como estaba en su papel. Pero al llegar al último movimiento no se había producido jaque mate. Jota-eme, dijo en voz baja. Dejó el tablero allí mismo y bajó a la cafetería de la biblioteca para recuperar un poco la inteligencia que había perdido con el insomnio. Se pidió un café doble y un tostado. Casi se quedaba dormido y los párpados le pesaban toneladas. Se sentía mal, como si tuviera la presión baja, los ojos le ardían y se notaba malhumorado y extenuado. Abandonó el tostado a la mitad, pero el café lo bebió completo.
Volvió a subir al cuarto piso por las escaleras y en su mesa, mirando su tablero con detenimiento, estaba el hombre calvo de lentes. Corriendo, quiso gritarle qué estaba haciendo, que no moviera nada, pero el grito lo expresó susurrando, llamando la atención de algún que otro lector aburrido.
Nada, solo miraba, explicó sonriendo el pelado. ¿Cuántos movimientos hacen falta? preguntó curioso. Uno.
Sí, fue lo que pensé. Esta es una partida histórica, ¿sabe? entre Kárpov y Capablanca. Aquí ganan las blancas con un movimiento que, de no efectuarse, daría la victoria a las negras, también en uno. No pudo resolverlo, ¿verdad?
No, respondió tímidamente. Se sentía avergonzado y ridículo. El buen empleado solo trataba de ayudarlo y además parecía fascinado con la partida. Vea, le dijo, el alfil aquí ¿comprende?
- Ohhhh…
Pero esa vocal profunda de barítono escondía un descubrimiento mucho más práctico que ajedrecístico. De alguna manera, la mano de su despreocupado ayudante le había recordado, al trasladarse sobre el tablero, que la zona de la ciudad donde se encontraba la biblioteca era una grilla perfecta, que lindaba hacia los cuatro puntos cardinales con plazas y parques. Tenía, exactamente, ocho manzanas por ocho manzanas. Ya sabía, al menos, cuál era la manzana que escondía el tesoro. La posición del alfil blanco le indicaba el lugar justo en el tablero ajedrecístico que formaba la grilla urbana.
Salió de la biblioteca tan aprisa que olvidó dar las gracias al calvo de gafas y volvió a su casa. Durmió toda la tarde con el papel duplicado entre las manos.
Al despertar, otra vez era de noche, aunque apenas pasaban las diez. Buscó el mapa original en su escondite y sacó un mapa de la ciudad de otro cajón.
Allí trazó, con un marcador rojo, el contorno de las ocho manzanas cuadradas de su tablero ideal y marcó con una cruz el lugar que había calculado. Ahora el área de búsqueda solo tenía una hectárea edificada.
Pidió un taxi por teléfono y se dirigió al lugar con los dos mapas torpemente escondidos dentro de un periódico deportivo. Al llegar, la desilusión fue aplastante: la manzana tenía edificios de departamentos de hasta veinte pisos de alto. Primero tendría que encontrar el lugar exacto para luego seguir con el piso exacto. Miró el cartel con los nombres de las calles en la esquina donde se bajó del vehículo. Juan Manual de Rosas y José Martí. Insultó. Aquel juego ya comenzaba a parecerle perverso. Se sentía utilizado como juguete de algún ajedrecista mentecato. Caminó por Martí unos metros, pensando. Miraba el interior de los locales y reía socarrón, mirando hacia el cielo, cada vez que encontraba uno con piso cuadriculado en blanco y negro. Al llegar al 1877 recordó que Capablanca usaba las blancas en la partida estudiada. El ajedrecista, según había aprendido esa mañana, era cubano, igual que José Martí. El bar que estaba justo frente a sus ojos se llamaba “Cuba” y era uno de los tantos con piso cuadriculado monocromático.
Entró y pidió una cerveza, aún era temprano y no había mucha gente. Pensó que era inútil llegar de noche a ese lugar de pernocte, que lo mejor sería actuar a plena luz del día. Tal vez disfrazado de plomero que arreglaría el sótano, por supuesto esa indumentaria sería muy fácil de conseguir: solo tendría que abrir su guardarropa y ponerse el mismo uniforme que usaba diariamente en su trabajo. Esa idea no le parecía tan mala, solo que tal vez podrían reconocerlo si se presentaba al día siguiente. Por lo tanto abandonó su botella sin comenzarla y se retiró cubriéndose la cara lo mejor que pudo, con el periódico.
Esa noche durmió mucho mejor, soñó que era millonario, tenía una casa grande y lujosa, una empresa de plomería, un Audi A4, una esposa con pechos grandes, dos hijos varones y muchas otras cosas que el dinero puede comprar y otras que no.
Al despertar eran casi las siete de la mañana. Se puso su uniforme de trabajo, tomó las llaves de la pequeña Fiorino que usaba para visitar domicilios laborales, cargó la pala, sus herramientas habituales y salió directamente hacia el café “Cuba”.
Tardó cerca de veinte minutos en llegar hasta el lugar. Estacionó justo en la vereda frente al local. Espió hacia el interior desde su utilitario, contó al guardia en la puerta y a un hombre pequeño de suéter que tenía más aspecto de contador que de cajero de bar.
Se puso su gorra de “Pedro el Plomero” para completar el disfraz y bajó caracterizando un personaje que utilizaba a diario para trabajar. Dio buenos días al guardia y entró sin que éste lo detuviera.
Adentro caminó hasta la barra, a la misma altura donde había estado sentado brevemente la noche anterior. Dijo al empleado que venía a revisar las instalaciones del sótano. El diminuto encargado le señaló la escalera descendiente sin mirarlo. Su plan había funcionado perfectamente.
Cruzó una puerta de vaivén y bajó al subsuelo después de encender la luz con una cadenita que había cerca del dintel.
El nivel estaba casi completamente ocupado con cajas de plástico de gaseosas y cervezas y tenía algunos estantes con botellas de vino llenas de telarañas y polvo.
Sacó el mapa del bolsillo y se dio cuenta de que no tenía brújula para saber cuál era el norte en ese lugar subterráneo. Volvió a guardarlo, subió y salió para buscar la pala y herramientas en su vehículo.
Al regresar, el empleado le preguntó si tardaría mucho, por que ya estaba cerrando y tenía que irse a su casa. Le dijo que llevaría unos quince o veinte minutos, lo de siempre. Bien, entonces le dejo la llave al guardia, avísele cuando salga y después él me la lleva a casa, casi siempre hacemos así. Muy bien, respondió con cortesía y sin más conversación volvió a descender al piso inferior.
Corrió un poco las cajas para encontrar que, en la pared norte del ambiente, había unos cerámicos cuadriculados, iguales a los de un tablero de ajedrez. Allí era, no cabía duda alguna. Se acercó hasta esa pared, sacó una pequeña amoladora de su caja, la enchufó y comenzó a cortar el contorno del cerámico que producía el jaque mate en la partida recreada en la biblioteca la tarde anterior.
Detrás del cuadrado que retiró solo encontró revoque y cemento. Tomó la maza que había traído y comenzó a golpear en el hueco que formó en la pared. Así retiró una buena cantidad de escombros, rompió las baldosas aledañas y levantó una importante nube de polvo. Mientras golpeaba, sintió que alguien le silbó detrás. Era el guardia. Le preguntó qué estaba haciendo, a lo que respondió con frialdad y desidia profesional que había una pérdida de agua detrás de esos cerámicos y que probablemente tardaría algunos minutos más en encontrar, que a lo sumo en una hora ya habría terminado y todo quedaría imperceptible. Antes de que terminara la frase, el guardia estaba tomando una botella de vino y comenzaba a retirarse subiendo la angosta escalera.
Solo suspiró aliviado al escuchar el sonido del corcho. Si éste se queda dormido tengo toda la mañana, calculó.
Continuó la perforación ayudándose con una cuña. Hubo cavado unos veinte centímetros hacia el interior del muro cuando siente que choca contra algo metálico. Un golpe y otro más fuerte terminaron por romper genuinamente una cañería que transitaba justo a esa altura, cuyo chorro de agua le mojó todo el rostro y empezó a inundar el sótano.
En ese momento desenchufó la amoladora, para evitar un cortocircuito y subió corriendo a preguntarle al guardia si sabía dónde estaba la llave de paso, que el caño pinchado había terminado de romperse. Al guardia meneó la cabeza y le recordó bruscamente que él no era plomero, que ese era SU trabajo. Que si ensuciaba algo tendría que limpiarlo personalmente, por que los de limpieza ya estaban todos en sus casas y no volverían hasta la noche siguiente.
Volvió a bajar corriendo y vio que todo el sótano ya mostraba una capa de agua y barro de dos o tres centímetros. En puntas de pie corrió hasta la pared rota y metió la mano en el hueco, tratando de detener el chorro con sus dedos. Actitud totalmente inútil, debido a la importante presión que corría por ese ducto. Sin embargo, al cabo de unos segundos el líquido comenzó a mermar hasta cesar completamente.
Retiró sus dedos, algo confundido y se quedó mirando el hoyo. Corrió preventivamente su rostro, en caso de que el agua decidiera regresar abruptamente. Todavía no salía de su asombro cuando escucha nuevamente los pasos del guardia en la escalera. Esta vez venía provisto de un balde y un trapo. Se lo dejó sobre el último escalón, sacó un cigarrillo de la cajetilla, buscó su encendedor en el bolsillo trasero y se sentó allí mismo.
No pronunció palabra, pero el plomero devenido en buscador de tesoros entendió perfectamente que tendría que secar todo delante del ligeramente alcoholizado guardián.
La tarea le llevó cerca de una hora en absoluto silencio, tiempo suficiente para que el sótano se llene del humo de cigarrillo de ambos caballeros. Una vez que concluyó, el hombretón -sin moverse de su asiento- le dijo que la llave de paso estaba arriba, justo debajo del interruptor de la luz. Caminó hasta él y le alcanzó la mano en señal de saludo.

- Jorge Mora, guardia de “Cuba”, mucho gusto.
- Pedro Álvarez, plomero, un placer.
- Así que una cañería pinchada ¿eh?
- Sí, sí –respondió, mirando el suelo que todavía no terminaba de secarse.
- ¿Nada que ver con una búsqueda de tesoro?
- ¿Perdón?

El guardia lo miró sin mover un músculo de su macizo rostro.

- Bueno, en realidad… –dudó el plomero.
- ¿En realidad?
- En realidad estaba buscando esto – sinceró dándole el mapa.

Haciendo un esfuerzo visual, el hombre de negro examinó el papel durante unos momentos –que al plomero le parecieron siglos- y finalmente exclamó, como comenzando a entender: ¡Ajá!

- Usted debe ser el tercero o cuarto idiota que viene con el mismo papel, tratando de perforar todo nuestro local. No sabe cómo está el baño de huecos y parches en los azulejos. Este sótano tiene más perforaciones que un queso y ninguno encuentra nunca nada. Algunos hasta vienen con una orden de allanamiento con policías o tipos disfrazados de policías y nos cierran el bar todo el día, rompiendo acá y allá. ¿Usted cree realmente que si hubiera un tesoro aquí yo estaría trabajando como guardia todavía?

El plomero no respondió nada, se sentía grotesco y criminal, como un niño regañado. Respóndame, insistió el guardia. No.

- Claro que no. Por favor repare el caño con un poco de masilla, reponga el azulejo que rompió y la botella de vino que se bebió ahora mismo y en efectivo.

Extendió la mano nuevamente, pero esta vez con la palma hacia arriba, exigiendo el dinero.
Pedro buscó la billetera y sacó un billete de cincuenta. Lo depositó en la mano callosa que tenía frente a sus ojos. Ésta no se cerró ni retiró. Extrajo otro billete más de la misma nómina que pareció surtir efecto.

- Es un placer hacer negocios con ustedes, “buscadores de tesoros” – burló el sobornado y se retiró hacia el piso superior sin dejar de reír.

El plomero reparó el caño con un poco de masilla, guardó sus herramientas en la caja, dejó el balde sobre el sumidero que había servido de vía de salida para el agua y lo siguió. Antes de apagar la luz echó una última mirada al profanado sótano. Dijo hasta luego al guardia sin mirarlo, arrojó las herramientas al interior de su Fiorino y arrancó insultando en silencio.

FIN

Epílogo:

El guardia volvió a bajar, controló que el piso estuviera completamente seco, sacó el mapa del bolsillo, lo besó y volvió a guardar. Cerró el local como ya estaba acostumbrado y tomó un taxi hasta la biblioteca. Subió por el ascensor, saludó al hombre calvo con un beso en la mejilla, le dio un billete de cincuenta y dijo: lo voy a poner en “Cinco semanas en globo”, me llevo “Viaje al centro de la tierra”. El calvo asintió con la cabeza y respondió: “menos mal, con ése la última vez casi te perforan hasta el túnel del subte”. Ambos caballeros rieron como se hace educadamente en el interior de una biblioteca.

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9 Comentarios

  1. guayi dijo,

    Un tesoro….
    más tesoro que aquel papel que consiguió, o el hecho de imaginar todo, seguiremos leyendo.

    Recibido el 10 / Abril / 2008 a las 19:53 hs.

  2. Cintia dijo,

    muy buen relato, totalmente intrigante.Espero la continuación, besos…

    Recibido el 11 / Abril / 2008 a las 10:44 hs.

  3. Fernando dijo,

    Gracias niñas queridas, el lunes 14/04 seguramente publico todo lo que falta, que es bastante mas largo que esto, me llevó toda la semana. Besos!

    Recibido el 11 / Abril / 2008 a las 18:32 hs.

  4. ana dijo,

    la mística de la bellas librerías.
    leyendo me imagine estantes de madera
    y también el olor,
    cómo emborracha ese olor.

    cosas que no pasan en el ateneo.
    al menos a mi.

    ya veremos qué sigue…

    Recibido el 11 / Abril / 2008 a las 20:21 hs.

  5. Fernando dijo,

    Ana, es el olor del conocimiento, opiáceo.

    Ya publiqué el relato completo. Gracias a todos por esperar. La semana pasada estuve escribiendo esto, hacía mucho que no escribía algo “largo” y espero que les guste.

    Recibido el 14 / Abril / 2008 a las 1:30 hs.

  6. ana dijo,

    y al final todo por unos mangos…

    lindo cuento señor, lo felicito.

    Recibido el 21 / Abril / 2008 a las 4:18 hs.

  7. Cecil dijo,

    volví para leerte y para leer todas estas historias de conocer y conocer y conocer y que esa etapa no termine nunca.
    no sé, quizá solo quise dejar en claro que estoy acá.

    Recibido el 21 / Abril / 2008 a las 13:59 hs.

  8. Fernando dijo,

    Ana, gracias por pasar a leer el final.
    Cecil, yo sigo aca tambien, escondido entre las sombras del abismo de nieve que es este blog.
    Gracias por estar ahi. Un beso a todos los que se bancaron la lectura.

    Recibido el 23 / Abril / 2008 a las 2:20 hs.

  9. Mabel dijo,

    Ah, la biblioteca, ese espejo de cuerpo entero para algunas personas!
    Buena pagina. Salud!
    Mabel.

    Recibido el 9 / Julio / 2008 a las 14:10 hs.