2 / 09 / 2010

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Un blog de relatos

Inauguración

Publicado originalmente el 26 / 04 / 2008

Subway

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Metrovías S.A. organizó un concurso literario llamado “Anécdotas de viajes” cuya entrega de premios fue el miercoles 23 de Abril (2008). Realmente me tenía fe y presenté una obra. Como no gané nada, ni siquiera una mención, ni una propina, ni un “seguí participando”, aquí la publico para que puedan disfrutarla.

Era lunes al mediodía, enero y un calor insoportable. Todos parecían entrar a esa boca como si fuera el último hormiguero del mundo. Nos empujábamos para alcanzar la boletería, sacar las monedas del bolsillo sin dejar caer la billetera al suelo. Una vez en el andén el panorama no mejoraba. Al aire parecía no tener oxígeno, la humedad no se aguantaba y los ventiladores se convertían en oasis de vida. La gente se paraba pisando la línea de seguridad y algunos todavía más adelante. Mujeres con bebés en brazos secaban las gotas brillantes en sus frentes con los baberos de sus hijos. Caballeros de traje repetían el gesto con sus pañuelos y se aflojaban las corbatas. Por suerte estaba de hojotas y pantalón corto. De todas maneras, era mejor ese aire enrarecido subterráneo que el rayo del sol de la intemperie. El monitor decía que el servicio no tenía demoras y que había trenes hacia Los Incas cada ocho minutos. Habían pasado nueve cuando se escucha el sonido del vehículo. Suspiré aliviado, como si hubiese escuchado llegar el tren de la vida.
Empujando y apretando conseguí subir al vagón medio segundo antes de que se cierre la puerta. Parado, obviamente, respirando las axilas de todos, con la boca hacia arriba, como si a esa altura el aire fuera más puro. Solo era una ilusión. Me conformé con la idea de que solo eran tres paradas y me bajaba. Mi único pensamiento era “parada Carlos Gardel”.
En la siguiente estación la gente pareció enfurecer para bajar y subir, hubo algún manoteo de carteras, de glúteos, un empujón, un insulto. Nada extraño. Todo eso era parte del escenario.
La primera vez que subí a un subte pensé qué maravilla de la arquitectura, qué proeza del hombre, habitar un lugar inhóspito, incompatible con la vida, diariamente, con el único fin de evitar el congestionamiento del tráfico por unas cuantas monedas. Pero en ese momento mis ideas tomaban otro rumbo. Solo quería llegar. Esa era la única función del túnel: el transporte.
La chicharra me devolvió a la realidad. El tren se movía otra vez, ahora con más pasajeros. Todos en silencio, algunos distraían su claustrofobia escribiendo mensajes de texto en sus celulares, otros llevaban auriculares o libros imposibles de leer con el movimiento.
La última parada, menos mal, parecíamos no llegar más. Se repite la rutina anterior. Empujones, caras de poco amigo, manoteos. Subieron dos chicos a pedir monedas. Yo les di, un señor que estaba parado a mi lado ni los miró. Alguien me había dicho “la industria de la monedita mueve millones”, pero nunca lo creí. No podía entender que un chico con hambre perteneciera a una empresa tan importante. El tren se movía hacia nuestra parada a paso firme cuando de pronto se corta la luz.
No detuvo su movimiento, pero todo se había puesto oscuro. Se escucharon algunas voces femeninas con exclamaciones de desesperación ahogadas. “Ay, no”. “Que no pare, que no pare”. Por instinto metí la mano en el bolsillo y sujeté mi billetera. Imagino que todos los demás hicieron lo mismo.
La espera se hizo mucho más larga en la oscuridad, pero el tren no se detenía y ninguno pronunciaba palabra. Solo queríamos llegar, ya habría tiempo para protestar por el servicio o las condiciones de los trenes. Tampoco funcionaba el tablero electrónico.
Ya falta poco, dijo un guardia en tono de autoridad mezclada con miedo.
El sonido del tren fue disminuyendo y llegábamos a escuchar una campana. Qué raro, pensé. Debe ser que, como se cortó la luz, usan la campana para avisar que ya llegamos.
Jamás imaginé lo que encontraríamos al llegar a Carlos Gardel.
A medida que el sonido de la campana se hacía más intenso, comenzó a notarse una música detrás. Como de banda militar. Y eso fue lo primero que vimos al salir del túnel.
El andén estaba lleno de gente, pero no eran pasajeros comunes. Tenían sombreros y mocasines los varones, vestidos y abanicos las señoras. Una banda de vientos tocaba el himno nacional para un grupo de elegantes personas sobre un escenario. En la pared, donde debería decir “Carlos Gardel” decía “Inauguración”.
En cuanto vieron el tren todos los que estaban en el andén quedaron en silencio.
Nos miramos mutuamente con asombro e incredulidad. Solo el freno del tren cortaba el tiempo como una cuchilla sin fin, lo demás era silencio.
Todos nos amontonamos del lado que se baja para mirar. Ellos, los de afuera, a su vez, también se acercaron para vernos. Algunos de los granaderos que parecían ser los más jóvenes nos apuntaron con sus fusiles, pero por su expresión de horror se notaba que no estaban cargados.
Quise sacarles una foto con mi celular, pero por desgracia no funcionaba y el mismo desperfecto parecía afectar a todos los demás aparatos del tren.
El señor que no había dado monedas a los chicos dijo “Ese es Uriburu”. Todos lo miramos y lo reconocimos, pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra o insulto.
Las puertas del tren se abrieron.
Pasaron veinte segundos, los más largos de toda la historia, sin que nadie intentara bajar o subir.
Las puertas se cerraron y el tren continuó su marcha otra vez.
Apenas hubo entrado completamente al túnel las luces volvieron a la normalidad y mi celular volvió a la vida. Tenía una llamada entrante. Era mi novia.
- ¿Qué pasó que no atendías?
- No me vas a creer nunca.
- ¿Te falta mucho para llegar?
- Me pasé una estación, me tomo un taxi.
- ¿Cómo que te pasaste?
- No me podía bajar ahí.
- ¿Por qué?
- Hubiera llegado demasiado temprano.

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1 Comentario

  1. Dora del Valle D. dijo,

    Querido Fernando:
    Me gustó pero primero tendrías que saber quién era el jurado, qué podría gustarle.
    A veces hay que conocer gente aunque sea el que barre. ¿Leíste alguna vez el libro “Los hechiceros de la tribu”? Quizás, aunque sea de muchos años atrás te de una idea de cómo se manejan estas cosas. La vida te irá dando experiencia y así no te desilusionarás muy seguido. Se que siempre hay que tener esperanzas, pero con los pies puesto en la tierra. Yo soy una romántica pero eso no tiene cura. Vos estás a tiempo, sos muy joven y tendrás muchas oportunidades.
    Una palmadita de:
    Dora del Valle.

    Recibido el 27 / Abril / 2008 a las 0:46 hs.