Dejar de fumar es una experiencia muy desagradable. El corazón comienza a agitarse luego de las primeras 24 horas y parece que lo único que el organismo necesitara para funcionar con normalidad es justamente el veneno del que uno debe prescindir. Mi último intento había sido bastante exitoso: sobreviví a las primeras 72 horas sin fumar. Mucho Mozart, comida liviana, cero cafeína y un refuerzo vitamínico hicieron que los primeros dos días fueran tolerables. Pero el tercer día las sensaciones fueron las peores que pueda recordar de todos mis intentos anteriores.
La parte más fea no fue mi sistema nervioso central pidiéndome desesperadamente una bocanada de humo de cigarrillo, sino una situación algo fuera de lo cotidiano.
Mientras abría y cerraba ansiosamente la heladera esperando que mágicamente apareciera comida diferente en su interior, sonó mi celular con el ringtone de moda que mi hija Ximena le había cargado. Miré la pequeña pantalla del aparato y leí “Kopper”. Tengo la costumbre de almacenar mis contactos por un seudónimo que nunca utilizo, tal vez sea el delirio de no dejar evidencias de ningún tipo, tal vez solo sea que me hace sentir como un agente de la serie X-Files. Bajé el volumen del equipo, presioné el botón y atendí el llamado.
-Hola ¿Marcos?
-El mismo, ¿cómo estás Colo?
El “Colo” fue mi compañero durante los años de la universidad. Durante mucho tiempo después de la graduación perdimos contacto, hasta que nos encontramos en un congreso tecnológico en Boston. No hace mucho de eso, tal vez poco más de un año. En aquella ocasión me di cuenta de que mi amigo, a quien cariñosamente habíamos bautizado “niño de cobre” por su melena pelirroja, se estaba quedando pelado. Claro, los años habían dejado su huella en mi sien y también en la del mejor atleta de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires durante la primera mitad de la década del noventa.
-Todo bien, ¿qué tal la familia?
-Por suerte todos funcionan con normalidad, salvo yo, que estoy tratando de dejar de fumar y se me acaba de antojar un buen tabaco negro sin filtro, como los que fumábamos en el bar de la esquina de la facu ¿te acordás como fumábamos?
-Emmm…. creo que sí. Yo lo dejé, por suerte, hace tres meses. Bah… que se yo, “por suerte”… el médico me dijo que era preferible que dejara por opción ahora, que por obligación dentro de cinco años. Así que preferí hacerle caso. Te entiendo perfectamente, pero vas a ver que en una semana vas a estar como nuevo.
-Ojalá y Dios te oiga, que siento que me estoy por morir de un infarto. No sé porqué le prometí a Ximena que iba a dejar…
Después de un breve silencio medité lo que acababa de decir y caí en la cuenta de que estaba siendo demasiado escandaloso y retomé:
-Eh.. jejeje ¿En qué te puedo ayudar Kopper?
-Te llamaba porque mi sobrina necesita alguien que le de clases de apoyo en matemática y como me enteré que ahora estás sin laburo pensé que unos manguitos no te vendrían mal.
-Y… la verdad que no, pero ¿cómo te voy a cobrar, si sos un amigo de toda la vida?
-Dale, que no pienso quedar en deuda con vos, después de todos los favores que me hiciste lo menos que puedo hacer es esto. Digo, al menos es algo para hacer ¿no? Mientras se te pasa el efecto de la abstinencia ¿qué te parece?
El Colo tenía razón, desde que Adelia y yo nos divorciamos solo dediqué mi tiempo a fumar de noche y trabajar de día, hasta que me reemplazaron por un imberbe de 22 años que apenas sabe quién fue Pitágoras. Acepté cobrar una pequeña suma, solo para no cargar sobre la conciencia de mi amigo con una deuda imaginaria. Me dictó el celular de su sobrina y prometimos, como siempre, encontrarnos algún día de estos a tomar una cerveza.
Cuando terminamos de hablar me di cuenta de que nunca me había dicho el nombre de la chica. Siempre tan distraídos los dos, solo atiné a bautizarla como “Kopperina”. Sonreí, qué parecido a Caperucita Roja. Ojalá que esta piba tenga ganas de aprobar –pensé- sino, pobre: esto va a ser un suplicio para los dos.
Me preparé el primer café en tres días y busqué los libros de texto –ya amarillentos- del secundario. Los ojeé durante un rato, hasta estar seguro de que recordaba bien esos temas y tomé nuevamente el teléfono. Busqué “Kopperina” y pulsé “Llamar”.
Luego de unos instantes se oyó una voz femenina del otro lado.
-¿Hola?
-Hola… ¿qué tal? Habla Marcos, un amigo de tu tío; él me dijo que necesitabas unos consejitos de matemática para el cole. ¿Es así?
-Ah… hola Marcos.
-Creo que no sé tu nombre todavía. ¿Cómo te llamás?
-Me llamo Catalina, pero todos me dicen Colo.
-Bien, Colo, ¿vos que decís? ¿te vendrían bien un par de clases sobre límite y derivada?
-¡Por supuesto!
-Bárbaro, entonces ¿cuándo arreglamos?
-¡Hoy mismo! –gritó.
Debo confesar que en ese momento tuve que bajar un par de puntos al volumen del aparato, porque el nivel sonoro de su voz ya había comenzado a aumentar mi jaqueca, de por si muy intensa, síntoma de la abstinencia.
-Bueno, bueno. Entonces en un rato estoy por tu casa ¿o venís para acá?
-No, Marcos… ¿no? Decíme donde vivís y yo paso por allá, de paso salgo a tomar un poco de aire que estuve toda la tarde encerrada tratando de descifrar estos jeroglíficos.
-Bueno, anotá: Ayacucho 3568, segundo “be” de bote.
-Listo, aguantáme que en un rato estoy por ahí.
-Bien, nos vemos.
-Chau
Terminé el café y me fui a bañar. Después de todo, hacía mucho que no tenía visitas femeninas, salvo las de mi hija, fin de semana por medio y no me hubiera gustado dejar una mala impresión. Juro que hasta ese momento todo era buenas intenciones.
Apenas terminaba de peinarme cuando escuché el portero eléctrico. Como no funcionaba el altavoz, directamente apreté los dos botones y esperé el ruido de la puerta dos pisos abajo (que curiosa, la tecnología argentina). Automáticamente después se escuchó alguien que corría por la escalera como si lo siguiera el diablo y los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta. Abrí antes de que tocara el timbre, otra costumbre que tengo de joven.
-Ho… la.
-Hola, vos sos Marcos ¿no?
-Ho… si.
Muy pocas veces me había encontrado sin poder decir palabra frente a una mujer, pero ésta vez lo ameritaba. ¡Dios mío! Era toda un angelito. El cabello color fuego trajo a mi mente la fascinación adolescente que tenía por las pelirrojas. Su piel, blanca como la leche, solo salteada por algunas pecas en las mejillas que parecían chispas de chocolate sobre una galleta. Los ojos claros, como si hubieran sido forjados durante un siglo en algún glaciar. Apenas vestía una musculosa y unas bermudas, y calzaba unas sandalias de verano. Claro, pensé, afuera hace calor. Siempre me olvido de la comodidad del aire acondicionado cuando estoy todo el día encerrado. ¿Cuánto hace que no salgo? Me recuperé de mi meditación en un segundo.
-Disculpame… pasá… emm… Constanza.
-Catalina –corrigió sin brusquedad.
-Si
La invité a sentarse, le ofrecí un café –qué tonto fui- y luego un vaso de agua fría que bebió en un segundo. Después pasamos a lo nuestro. Conversamos unos minutos sobre los temas que tenía que estudiar y la tranquilicé con mi clásico “no te preocupes, que en dos, tres clases lo tenés en la bolsa”.
Tomé el marcador y planteé un ejercicio simple de derivadas en mi pizarra. Se lo ofrecí inclinando levemente el torso, como haciendo una reverencia. Ella lo tomó con un gesto de audacia y resolvió el ejercicio en un tiempo sorprendente.
-Constanza ¿estas segura de que necesitas clases de apoyo?
Soltó una franca carcajada y me respondió:
-Catalina. En realidad no necesito clases de matemática. Es que necesito otro tipo de ayuda.
Cambió el tono de voz por ese que usan las locutoras de programas radiales de encuentros a los que me había vuelto aficionado últimamente.
-Lo del colegio fue una mentirita que le hice a mi tío para que me dejara conocerte.
La miré con la boca abierta por unos segundos, pero no supe qué responder. Entonces se me acercó y me dijo al oído:
-Vos me gustás.
Retrocedí un paso, como esquivando un gancho a la mandíbula, pero ya era tarde, el golpe fue certero y el referee ya estaba por el cinco.
-Pero… Catalina, ¿vos cuántos años tenés?
-Ah… ¡ahora sí te acordás de mi nombre! ¡Jajajaja! Tengo 18.
¡Dieciocho años! ¡La misma edad que Ximena! A éste punto debo confesar el verdadero motivo de mi divorcio: no fue de mutuo acuerdo, tuve una relación con una alumna de primer año de Ingeniería que era veinte años menor que yo. Las mujeres jóvenes siempre fueron mi debilidad, pero las pelirrojas eran mi perdición. Marcela, así se llamaba la pobre piba, quedó embarazada y sus padres pidieron mi separación del cargo, accionar imitado casi instantáneamente por mi ex esposa, con la cual acordamos mantener el incidente en secreto.
-Mira… yo… vos sos muy chica todavía. Yo soy un hombre grande y soy amigo de tu tío, no…
-“No” ¿qué?
Casi no podía articular palabra, pero tragué saliva y se oyó.
-No puedo, yo… no podemos.
¡Qué facilidad que tienen algunas mujeres para distorsionar los hechos y hacer que uno se sienta mal por cosas que todavía no hizo! Puso su mejor cara de pobrecita, como si le estuviera pidiendo plata a su abuelo.
-Ay… no, no. No quise asustarte, en realidad. No te asustes.
Acto seguido, la entonación se volvió un poco más brusca, pero perceptiblemente ficticia.
-Pará. Cuando quieras que pase algo, llámame. Ya tenés mi teléfono.
Dejó el marcador sobre la mesa, abrió la puerta y se fue dejándola entreabierta. Oí el sonido del llamador del ascensor, el ruido del motor, la reja, otra vez el motor, otra vez la reja, luego la puerta del edificio y por fin el silencio. Durante todo ese tiempo, -que calculo debió ser menos de un minuto- no me moví de mi lugar, solo me quedé mirando fijamente la puerta entreabierta, sintiéndome como un pájaro a punto de caer en una trampa.
Cerré la puerta y corrí a mi habitación a rescatar los cigarrillos que había escondido dentro de un par de zapatos en el ropero. Volví al living, abrí la ventana y prendí el primer cigarrillo.
-La puta madre.
Terminé ese pucho en tiempo record y tomé el teléfono, marqué sin pensar y esperé. Sorpresivamente reconocí la voz de Adelia, mi Adelia.
-¿Hola?
-Ho…
No alcancé a terminar de saludar y ya había cortado. Cerré los ojos con la fuerza de un “trágame tierra” y los abrí para llamar al Colo.
-¡Hola Marcos!
-Hola Colo.
-¿Qué pasó? ¿Llamaste a Catalina?
-No, todavía no –mentí. Quería saber si te queda bien juntarnos ésta noche a tomar esa cerveza.
-Creo que sí, mañana tengo unas mesas de examen, pero una cervecita no se le niega a nadie.
-Uy, buenísimo, ¿nos vemos en el bar de la esquina de la facu, para recordar los viejos tiempos?
-Dale, pero no te olvides de llamar a la piba, que si no aprueba se le arma en la casa.
-No te preocupes… a las diez estoy ahí.
-Nos vemos.
Miré el reloj, todavía no eran las cinco. Tenía tiempo para una pequeña siesta anti-tabaco. Aunque ya no sería tal. Me acosté con el celular en la mano, es increíble lo rápido que uno se hace adicto a estos artefactos, peor que el cigarrillo. Debo haber soñado con Marcela o alguna discusión con Adelia, porque cuando sentí la vibración del teléfono salté de la cama como conscripto en Diana.
Era un mensaje de texto de Catalina: “Perdóname ¿podemos seguir con la clase?”.
-Dios –suspiré.
Apenas había podido dormir quince minutos y estuve quince más decidiendo qué debía contestar. Al fin, contuve la respiración y escribí: “Está bien, pero empecemos con los temas básicos, nada complicado para empezar”.
Me levanté, lavé mi cara y mis dientes. Tiré los cigarrillos de a uno por el inodoro, rompiéndolos y prendí un sahumerio. Pobre palito, duró prendido lo que una lucecita de arbolito de navidad. Lo apagué con agua de la canilla y bajé corriendo al kiosco de la esquina a comprar unos Parisiennes. Ya de vuelta, cuando estaba poniendo la llave en la puerta para entrar al edificio, sentí una mano que me tomó por el hombro.
Era Catalina. No dijo nada y no pregunté nada.
Subimos por el ascensor y entramos a mi departamento sin pronunciar palabra. Subí un poco el volumen de la radio, pero ella ya había elegido un disco de Dyango y me lo pasó haciendo un pucherito. No tuve opción y en cuanto sonaron los primeros violines me tomó de la mano y me besó. Después me miró a los ojos y me dijo “vamos a la cama”.
Revelar los detalles de lo que ocurrió en la habitación sería poco caballeroso de mi parte, solo puedo decir que hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde en tan buena compañía.
El tiempo vuela cuando uno se siente bien y cuando quise acordar ya eran mas de las diez y media de la noche.
- Bueno, Colo, tengo que salir ¿seguimos mañana con la próxima clase?
- No creo, tengo que preparar otras materias también.
- Bueno, entonces… ¿espero tu llamado?
- Si
Pedí dos taxis y bajamos a la puerta a esperar. El primero llegó en seguida. Nos despedimos con un beso en la mejilla y se fue. El mío tardó lo que un cigarrillo en fumarse.
Le di al chofer la dirección del bar donde me estaba esperando el Colo hacía por lo menos cuarenta minutos.
- Volando, por favor –le ordené.
Trataba de distraerme con los carteles luminosos, pero desde que ella se subió a su auto no hice más que pensar en lo que había pasado. Comencé a sentirme la peor basura chauvinista del mundo, un pederasta, un degenerado, un pésimo profesional. Todo insulto era poco para mí en ese momento, y estaba por encontrarme justamente con el tío de la víctima. Mal amigo. ¿Cómo pude traicionar así la confianza de alguien que casi fue mi hermano durante los años de juventud. Era imperdonable. Tenía que confesar, antes de que se enterara por otra boca: mi amigo tenía que saber la verdad.
- La puta madre –murmuré
En eso estaba cuando el conductor me trajo de nuevo a la realidad.
- Ya llegamos jefe, son seis pesos.
- Eh… si, si.
Le pagué y entré al bar, tropezándome torpemente en la entrada con las cáscaras de maní que tapizaban el suelo del local.
- ¡Ahora! -gritó alguien, y se prendió una bengala.
- ¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas feliz! ¡Que los cumplas Marquitos, que los cumplas feliz!
Ahí los reconocí: Ximena y el Colo de pie, junto a la barra, con cornetitas de cumpleaños y bonetes; un grupo de ex alumnos con la nariz ya roja de beber sidra habían copado el escenario del bar y repetían “que los cumplas”, “las mañanitas”, “porque es un buen compañero” y otras de ese estilo.
Con el síndrome de abstinencia, el encierro y la tarde que había tenido, me había olvidado completamente de mi cumpleaños.
Solo sonreí por una fracción de instante, luego bajé la cabeza. Me acerqué a mi hija, la saludé con un beso en la frente y aparté al Colo del brazo hacia un rincón.
- Colo…
- ¿Qué?
- Colo… me cogí a tu sobrina.
Mi amigo abrió los ojos como el dos de oro, luego señaló a una chica en el escenario que tenía una botella de vino blanco en la mano y me palmeó el hombro diciendo:
- Feliz cumpleaños, Marcos. Te presento a Yanina, tu regalo. Es una conocida de tus alumnos que se ofreció, casi voluntariamente como regalo de cumpleaños. Los chicos juntaron la plata y yo me pasé toda la tarde enseñándole derivadas y límite para que se hiciera pasar por sobrina mía, alumna tuya.
- Colo… sos un pelotudo Colo.
Le di un empujón que casi lo tira al piso y fui a buscar a mi hija. Le ofrecí mi brazo, como un padre de mi edad y salimos del bar. Le pregunté si sabía algo de lo que habían organizado los varones y me juró que se enteraba de todo con mi relato. Me invitó a comer una pizza y más tarde acepté quedarme a dormir en el sofá cama de su casa, bajo promesa de no fumar más.
2 Comentarios
¿Esto es tuyo? Decime que es tuyo, ¡está buenisimo!
Recibido el 6 / Enero / 2008 a las 10:33 hs.
Si, lo escribí para un concurso literario, pero fui descalificado por que no se encuadra en el tópico “música”. Después publicaron todas las obras presentadas en una revista, excepto la mía, por su extensión. En fin. Me alegro que te haya gustado.
Recibido el 6 / Enero / 2008 a las 18:36 hs.