2 / 09 / 2010

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Ana (1/3)

Publicado originalmente el 23 / 01 / 2008

Alan se sienta, como todas las noches, con su notebook. Pone la cuarta sinfonía de Bruckner, abre su procesador de textos, apoya las manos sobre el teclado y…

Nada.

No puede escribir ni una sola palabra.

No es la primera vez que la inspiracion llega tarde, pero esta vez sabe que lo mas probable es que lo deje plantado. No es gratis, esa tarde había pasado por la vidriera de una boutique e hizo algo que nunca se imaginó hacer: miró hacia adentro.

Había un cartel con letras adornadas que decia ¨Enlace Ana Cabrera - Esteban Giamari”.

Eso fue todo lo que hizo falta para dejarlo fuera de frecuencia.

¨Ana… mi Ana¨, balbuceó y sigio caminando por la calle, que ahora tenia el aspecto de estar totalmente desierta y carente de sentido. Llego a creer que si no fuera por que él pudo percibirla sensorialmente, la calle no existiría en absoluto. Tampoco él mismo, sino fuera por que estaba pensando. Descartes basico.

Luego, a lo largo del camino que lo conducía hasta su ahora insignificante hogar, pensó qué tan distinta sería su diminuta existencia si en ese cartel estuviera escrito su nombre y no el del zapato aquel que ni siquiera conocia.

Muchas cosas tendrían sentido en su vida si Ana estuviera a su lado. Por ejemplo todo.

Tendría a quien llamar por telefono para decirle ¨cómo estas? te amo”, alguien en quién pensar, a quién atender y cuidar. Tendría alguien a quién comprarle flores, alguien con quién salir al cine. Alguien que lo espere si se demora. Que se preocupe por el.

Mas allá de las comodidades de tener a alguien que lo ame a uno, Alan pensaba que si no la tenia a Ana para compartir sus pertenencias, sus sueños y su tiempo, no tenia nada en absoluto.

Sus amigos, de quienes se había distanciado durante los años en pareja, ahora le parecian extraños y aburridos. Su familia vivía en otra ciudad y su trabajo le había impedido visitarlos por varios años. Ahora se sentía solo, sin Ana y solo.

Entonces, mientras Bruckner llega al Finale, se levanta de un salto y sin decir palabra decide ir al casamiento de Ana. Apenas faltan quince dias, pero en su mente son quince segundos. Claro, nunca más podrá casarse él mismo con ella y ese pensamiento lo hacía sentir como un condenado a muerte al conocer la fecha de su sentencia. Para él, el matrimonio siempre había sido algo sagrado y la modernidad del mundo no había conseguido convencerlo de su reversibilidad. Era para siempre. Como para siempre seria su amor por Ana.

Ya estaba resuelto, iría a la iglesia y la vería casarse. No había imaginado interrumpir la boda. Eso jamás. Pero si la calamidad de quedarse sin Ana para siempre era real él debia ser testigo.

Apagó la computadora y se hechó a tratar de dormir. Quince dias nada mas.

Este relato continúa en Ana (2/3)

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