Hugo se despertó bruscamente en medio de la noche y encendió el velador de su habitación con la plena certeza de que alguien lo estaba vigilando. Por supuesto, eso es lo que él contaría a sus amigos al día siguiente. Si, esa sería la versión oficial cuando le preguntaran por la inocultable hinchazón violácea debajo de sus ojos. La verdad es que, a su entender, nadie necesitaba saber que en realidad nunca había conciliado completamente el sueño. El día anterior había bebido demasiado café y fumado más de lo normal, así que el insomnio no lo atrapó sin aviso: casi se había convertido en su proxeneta.
Su sueño, si es que así podía definirse ese estado alfa, había sido recurrente. Apenas se desdibujaba la barrera que separa los pensamientos verticales de los laterales, se imaginaba (o se soñaba, no lo sabía) caminando hacia el taller de zapatero, cruzando la esquina de siempre, cuando de pronto se tropezaba con el cordón de la cuneta y justo antes de estrellarse la cara contra el suelo –con la inevitable destrucción de muchas piezas dentarias- abrió los ojos. Produjo un sonido comparable al de una persona que pasa un minuto bajo el agua cuando puede asomar la cabeza sobre la superficie. Se asustó por la caída interrumpida, como siempre lo hacía. Pero luego tuvo una sensación completamente distinta: como si definitivamente alguien lo hubiese despertado y estuviera esperando que se levantara para conversar muy seriamente con él. Fue en cuestión de un instante que su mano derecha encendió el velador mientras la otra colocaba los lentes frente a su cara. Entrecerró los ojos frunciendo el ceño levemente hasta que la lámpara de bajo consumo dejó de hacerlos doler.
Fue entonces cuando lo vio. Sobre la mesa había un ratoncito que lo observaba agazapado y moviendo temerosamente sus pequeños bigotes tratando de pasar desapercibido pero evidentemente ansioso por seguir dándose un banquete con las galletitas de agua.
Lentamente -con la concentración de un cocodrilo a punto de arrojarse sobre un antílope que cruza un río- estiró el brazo con el que había encendido la luz hasta alcanzar su zapatilla izquierda, con la crédula ilusión de que el roedor no se movería de su lugar. Pero en cuanto logró levantarla dos centímetros del suelo el escurridizo animal ya había saltado de la mesa y se dirigía hacia su escondite, debajo de la mesada. Apresurándose arrojó el calzado hacia donde su falta de descanso le permitió, con tanta mala suerte que cayó en la bacha donde tenía la rejilla en remojo con lavandina.
Se destapó insultando y corrió hasta su cocina para sacar del agua alcalina desde la punta del cordón algo que ya parecía más una esponja rosa que una zapatilla de lona color bordó.
La miró con una mezcla de sensaciones entre confusión, impotencia y odio durante unos instantes. Luego la colocó gentilmente sobre la mesada de aluminio y largó una carcajada.
No era una persona que perdiera su buen humor y el insomnio definitivamente no cambiaba eso. Se apoyó en el borde metálico con las piernas cruzadas sobre los tobillos y se tomó la cara con ambas manos. Meditó un instante y resolvió hacer un acto de caridad. Tomó una de las galletas a medio roer que yacían sobre la mesa y la colocó suavemente en el suelo de la cocina. Perdido por perdido, pensó que no le haría daño tener un ratoncito de mascota. Claro, no es una rata, no es lo mismo. Es casi como tener un hámster sin jaula. Después, como si recordara un compromiso asumido con mucha antelación, fue hasta la mesa de luz nuevamente, tomó el paquete de cigarrillos medio vacío, retiró uno y lo encendió.
Caminó con el tabaco en la boca y los brazos cruzados hacia la ventana, la abrió lo suficiente para ventilar sin sentir demasiado frío (no sentir nada sería utópico, era invierno) y miró hacia abajo, hacia la ciudad.
Apoyó su codo derecho contra el marco mientras con la otra mano sostenía la pequeña antorcha con filtro de tal manera que el humo saliera hacia fuera.
La ciudad dormía, casi toda. Sintió un escalofrío y la piel de sus brazos se erizó. Maldijo con sus pensamientos a la vecina del departamento contiguo, que siempre se quejaba del olor a cigarrillo. Vieja de mierda.
Cerró la ventana, que se joda esa vieja enferma y buscó el cenicero en el cajón de su mesa de luz. Se sorprendió al recordar que hacía casi un mes que no lo usaba, claro, justo después de la última reunión de consorcio en que se le prohibió fumar ¡en su propia casa! Le argumentaron que, a partir de la sanción de la ley antitabaco en Córdoba, era posible que hicieran inspecciones en los edificios de alquiler como ese y aplicaran multas a los dueños si los inquilinos fumaban. Él sabía que era una excusa mediocre y falaz.
No se consideraba una persona rebelde, pero se conocía lo suficiente para saber que era necesario tan solo decirle que “algo” no podía hacer para sentir una incontrolable necesidad de hacerlo. Una urgencia de libertad, como solía explicar a sus íntimos entre sonrisas burlonas con palmaditas en la espalda y gestos de éste está loco.
Se sentó en la cama con el cenicero a su lado y contempló la puerta, como buscando algún pasatiempo.
Pensó que no le vendría mal una mano de barniz a esa puerta, mejor si a la vieja esa le jodían los gases del cloruro de metileno y la acetona. Recordó una canción de un español, ¿cómo se llamaba? Ah, si. Lástima que a esa hora no se permitía escuchar música. No sería la primera vez que se planteara seriamente una mudanza a un edificio mejor, ¿mejor dónde? Si no te afanan los pibes te afanan los del consorcio, mejor malo conocido.
Su departamento era un monoambiente en el piso doce de Colón al 3720, de cinco por cinco por tres metros de pared pintadas de un celeste que parecía bandera de puesto fronterizo, piso de cerámica verde agua, con una ventana que daba hacia el fresco en verano y en invierno, un baño pequeño y una cocina que hacían posible la vida de un hombre solo y nada más. A un lado de la puerta descascarada, a la misma altura que su estampita de San Cayetano, tenía una plancha de corcho con algunos recortes de diarios clavados con chinches, fotos de sus padres, dibujos y un calendario donde anotaba prolijamente todas las horas que pasaba en lo del zapatero.
Volvió a abrir el cajón y sacó su Cuaderno. No era la gran cosa, de esos que usan los estudiantes de secundario para la comunicación colegio-padres. Allí escribía sus ideas, notas y algún que otro pensamiento que no debía olvidarse al menos por unos días. Buscó la última página escrita, con la idea de anotar sobre cómo la ley de la gravedad no dejaba de comprobarse una y otra vez en sus sueños. Leyó la última página escrita:
Hoy me pareció ver a Sábato en la Velez Sarsfield. Seguro que no era, ni siquiera me atreví a darme vuelta para verlo alejarse. Yo creí que ya había muerto el viejo. Tal vez sea algo así como una señal, tengo que escribir esa novela. Ya tengo la idea pero no sé bien cómo armarla, ni los personajes, ni el lugar, nada. Solo una idea.
Estuve hablando con Nadine, la chica de la biblioteca. Le pregunté si sabía algo de Sábato, me dijo que creía que seguía vivo, en algún pueblito de Buenos Aires y que tenía entendido, de permanecer con vida, que su médico le había prohibido leer y escribir, por lo que se dedicaba a pintar. ¡Qué tortura! ¡Cómo puede ser la vida tan cruel con un artista! Es como decirle a un músico que no escuche discos ni toque instrumentos ni componga. Como decirle a un poeta que no sienta, que no se enamore. Me hace acordar a lo que me contaron de Beethoven, que los últimos años de su vida estaba completamente sordo. ¿Por qué, destino, sos tan venenoso en tus castigos?
Al leer esto último volvió algunas hojas más, leyendo nerviosamente las páginas donde describía a grandes rasgos algunos personajes que se le habían ocurrido. La mayoría era él mismo, solo que con otras vidas. Mejor dicho, partes de él mismo. Caras diferentes, de esas que salen a la luz cada tanto, como una especie de caleidoscópico parasol social, cada una de ellas con una vida distinta, casa, familia y profesión diferente. Éstas, a su vez, mezcladas con rasgos que encontraba en sus amigos, en la gente de la calle, en la vieja de al lado, en el colectivero, el vendedor de revistas de la esquina.
Ya tenía la idea, tenía personajes, solo necesitaba un lápiz. Después de la lavada de cerebro que le habían dado esa tarde en el trabajo sus compañeros, había resuelto finalmente poner en papel su ficción, como si se tratara de la última voluntad de un enfermo terminal. Le decían que era muy imaginativo, que dejara de distraerse y que volcara todo eso en un papel. Que le iría muy bien como director de cine, o guionista de teatro –eso si le habían dicho desde pequeño, que era teatrero-, o novelista. Pero que no muriera en una zapatería. No pibe, vo’ va a llega’ lejo’, vites, pero dejá de mirar la vereda y barréla, le decía siempre Alberdi, el jefe.
Tuvo un momento en que casi estuvo seguro de que había sido su “creación” la que lo había hecho despertar. Cada noche le costaba más y más conciliar un sueño profundo. La idea le sonaba bien. Mi novela no me deja dormir. ¡Qué noble explicación para el insomnio! Era mucho mejor decir que se pasó la noche escribiendo un cuento que fumando y tomando café, aunque se le ocurrió que ambos hechos podían convivir sin dificultades.
Se preparó un café con leche, encendió otro cigarrillo y se sentó a la mesa. Le resultó gracioso imaginarse que podía llamarla “mesa ratona”, pero nadie entendería. Su humor muchas veces era para él solo. Tomó el lápiz y comenzó a escribir.