Algo anda mal en mí. Podría ser falta de alguna vitamina o mineral. Podría ser algún conflicto psicológico no resuelto. Podría ser solo hambre, exceso de cafeína, nicotina u algún que otro alcaloide insecticida de los que me he vuelto amigo.
Digo que algo anda mal en mí y doy algunas opciones vagas. Podría incluso ser conclusivo si sumásemos todas esas posibilidades. Sin embargo hay algo que no estoy diciendo. Ocultando sería el gerundio preciso. Llego a mi casa por la noche, me acuesto en mi cama, me pongo a fumar, bebo un poco de agua para aliviar el ardor de la garganta, orino para eliminar algo de toxinas, luego repito el proceso hasta que se acaban los cigarrillos o el agua. Antes de terminar, usualmente recorro con mis pensamientos los sucesos de los últimos días.
Una y otra vez los repaso, los examino, los analizo, los separo, los junto, los superpongo. Se me escapan algunas lágrimas en el proceso.
Y allí, justo en ese momento me doy cuenta de que algo anda mal en mí.
Porque, ¿cómo podría llorar alguien que está perfectamente bien? Debe ser falta de alguna vitamina o mineral, exceso de cafeína, nicotina o algún otro alcaloide insecticida de los que me he vuelto amigo.
Creo que me faltan unos mimos nada más.
A esa conclusión arribo cada noche, cuando se acaba el agua o los cigarrillos. Por eso empiezo a recordar los sucesos de los días recientes, los analizo otra vez, los examino detenidamente.
¿Será que acaso hice algo malo? Algo que no le gustó tal vez. O podría ser que dejé de hacer algo. Sí, pude hacer mucho más. Pero ¿no fue eso exactamente lo que hice la última vez, digo, seguir probando, intentando todo, hasta estar seguro de haber hecho todo? Esta vez pude haber hecho algo más. Pero en ese pensamiento podría estar siendo cruel conmigo mismo.
Luego sobreviene un breve lapso de negación al razonamiento anterior. Me repito, en voz alta aunque estoy solo, que sí hice todo lo que estaba a mi alcance, que la maldita perra se fue y me dejó solo para volver con él por que lo ama.
Algunas lágrimas más, ya está. Basta, dejála ir. Mina que se fue es mina muerta ¿o no? No vale la pena llorar por ella, menos aún si no puede ver tus lágrimas. Motivo más que suficiente para no demostrarle ninguna emoción facial, corporal, actos fallidos ni tartamudeos cuando la veas. No merece verte así. No merece que la llames, ni que la busques, ni que le muestres tu corazón sangrando en una bandeja envuelta en bombones de chocolate y rosas. Esas cosas fueron las que hiciste la última vez y así te dejó.
Y la muy perra, justo cuando empezabas a tratarla como si no te importara nada, te llama, te busca. Ella, sola. Te pide que le salves la vida, literalmente. Le decís que no tenés lo que ella necesita, ni ella lo que vos, pero sí podés ofrecerle tu tiempo, tus caricias, tus mates, tus mimos.
Que tonto fuiste, le ofreciste justo lo que más necesitabas. Los tomó por una noche, un día más tal vez, como caramelos. Luego volvió con él. “No quiero estar con nadie”.
¿Cómo alguien con ese culo puede cambiar de opinión tan rápido? Sonrisas. Cigarrillo, agua, orina. Y después mirás el celular para ver si la muy perra te llamó, te mandó un sms o algo. Algo minúsculo sería algo en mayúsculas.
Es que, sencillamente, la muy perra, te dio exactamente lo que necesitabas. Alguien en quien pensar, alguien por quien llorar, quedar insomne, fumar, escribir canciones, relatos para tu weblog.
Te dio justo lo que necesitabas: un corazón roto. ¿Será tanto? O justo yo quería eso y ahora me parece que lo tengo.
Dijo que me extrañaba, al día siguiente, pero luego no me volvió a decir una sola cosa agradable. Fue excesivo decir esas dos palabras, te extraño. No tenía idea del alcance de esas cuatro sílabas en mi corazón. Me dio justo lo que necesitaba: alguien en quien pensar. No era cierto que me extrañaba, no es cierto que me rompió el corazón.
Aún así pienso que algo anda mal en mí. Son estas lágrimas. Si yo no tenía ningún problema, pero tenía que llegar la muy hermosa. La de la piel de seda, los labios de hada, los cabellos de nereida. Tenía que llorar y desahogar esas palabras delante de alguien. Yo justo estaba primero en orden alfabético. Sabía que en mis brazos podría dormir plácidamente, que no la tocaría obsceno. Sabía que podía llamarme a cualquier hora, cualquier día y yo iría corriendo a salvarla. Sabía que yo la quería de verdad. O tal vez ese pensamiento le daba la certeza.
No le des más vueltas, ya es tarde. Pero no seas tan pesimista, mañana podrás repetir todo el proceso otra vez y sentirte feliz de estar llorando por alguien, por fin. Y escribiendo otra vez. Ella no va a leer estas palabras, o tal vez sí. La muy hermosa, que me pidió por favor que le diga que es hermosa; la de la piel de seda que me pidió que la acaricie suave. La muy perra que se fue con él, que la hace llorar, que la hace sufrir, que la hace llamarme cuando está a punto de caer, que la hace volver cuando quiere. Como ella podría hacerme volver cuando quiera.
No llamó todavía. Pero creo que algo anda mal en mí, a pesar de eso. Sino estas lágrimas serían inexplicables.
Ya sé lo que anda mal: tengo sentimientos. ¿Y ahora qué hago? Pido sus consejos, por favor, serán ignorados por orden de razonabilidad.
Gracias por estar ahí, esperando, creo que volví.