15 / 03 / 2010

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Inauguración

Publicado originalmente el 26 / 04 / 2008

Subway

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Metrovías S.A. organizó un concurso literario llamado “Anécdotas de viajes” cuya entrega de premios fue el miercoles 23 de Abril (2008). Realmente me tenía fe y presenté una obra. Como no gané nada, ni siquiera una mención, ni una propina, ni un “seguí participando”, aquí la publico para que puedan disfrutarla.

Era lunes al mediodía, enero y un calor insoportable. Todos parecían entrar a esa boca como si fuera el último hormiguero del mundo. Nos empujábamos para alcanzar la boletería, sacar las monedas del bolsillo sin dejar caer la billetera al suelo. Una vez en el andén el panorama no mejoraba. Al aire parecía no tener oxígeno, la humedad no se aguantaba y los ventiladores se convertían en oasis de vida. La gente se paraba pisando la línea de seguridad y algunos todavía más adelante. Mujeres con bebés en brazos secaban las gotas brillantes en sus frentes con los baberos de sus hijos. Caballeros de traje repetían el gesto con sus pañuelos y se aflojaban las corbatas. Por suerte estaba de hojotas y pantalón corto. De todas maneras, era mejor ese aire enrarecido subterráneo que el rayo del sol de la intemperie. El monitor decía que el servicio no tenía demoras y que había trenes hacia Los Incas cada ocho minutos. Habían pasado nueve cuando se escucha el sonido del vehículo. Suspiré aliviado, como si hubiese escuchado llegar el tren de la vida.
Empujando y apretando conseguí subir al vagón medio segundo antes de que se cierre la puerta. Parado, obviamente, respirando las axilas de todos, con la boca hacia arriba, como si a esa altura el aire fuera más puro. Solo era una ilusión. Me conformé con la idea de que solo eran tres paradas y me bajaba. Mi único pensamiento era “parada Carlos Gardel”.
En la siguiente estación la gente pareció enfurecer para bajar y subir, hubo algún manoteo de carteras, de glúteos, un empujón, un insulto. Nada extraño. Todo eso era parte del escenario.
La primera vez que subí a un subte pensé qué maravilla de la arquitectura, qué proeza del hombre, habitar un lugar inhóspito, incompatible con la vida, diariamente, con el único fin de evitar el congestionamiento del tráfico por unas cuantas monedas. Pero en ese momento mis ideas tomaban otro rumbo. Solo quería llegar. Esa era la única función del túnel: el transporte.
La chicharra me devolvió a la realidad. El tren se movía otra vez, ahora con más pasajeros. Todos en silencio, algunos distraían su claustrofobia escribiendo mensajes de texto en sus celulares, otros llevaban auriculares o libros imposibles de leer con el movimiento.
La última parada, menos mal, parecíamos no llegar más. Se repite la rutina anterior. Empujones, caras de poco amigo, manoteos. Subieron dos chicos a pedir monedas. Yo les di, un señor que estaba parado a mi lado ni los miró. Alguien me había dicho “la industria de la monedita mueve millones”, pero nunca lo creí. No podía entender que un chico con hambre perteneciera a una empresa tan importante. El tren se movía hacia nuestra parada a paso firme cuando de pronto se corta la luz.
No detuvo su movimiento, pero todo se había puesto oscuro. Se escucharon algunas voces femeninas con exclamaciones de desesperación ahogadas. “Ay, no”. “Que no pare, que no pare”. Por instinto metí la mano en el bolsillo y sujeté mi billetera. Imagino que todos los demás hicieron lo mismo.
La espera se hizo mucho más larga en la oscuridad, pero el tren no se detenía y ninguno pronunciaba palabra. Solo queríamos llegar, ya habría tiempo para protestar por el servicio o las condiciones de los trenes. Tampoco funcionaba el tablero electrónico.
Ya falta poco, dijo un guardia en tono de autoridad mezclada con miedo.
El sonido del tren fue disminuyendo y llegábamos a escuchar una campana. Qué raro, pensé. Debe ser que, como se cortó la luz, usan la campana para avisar que ya llegamos.
Jamás imaginé lo que encontraríamos al llegar a Carlos Gardel.
A medida que el sonido de la campana se hacía más intenso, comenzó a notarse una música detrás. Como de banda militar. Y eso fue lo primero que vimos al salir del túnel.
El andén estaba lleno de gente, pero no eran pasajeros comunes. Tenían sombreros y mocasines los varones, vestidos y abanicos las señoras. Una banda de vientos tocaba el himno nacional para un grupo de elegantes personas sobre un escenario. En la pared, donde debería decir “Carlos Gardel” decía “Inauguración”.
En cuanto vieron el tren todos los que estaban en el andén quedaron en silencio.
Nos miramos mutuamente con asombro e incredulidad. Solo el freno del tren cortaba el tiempo como una cuchilla sin fin, lo demás era silencio.
Todos nos amontonamos del lado que se baja para mirar. Ellos, los de afuera, a su vez, también se acercaron para vernos. Algunos de los granaderos que parecían ser los más jóvenes nos apuntaron con sus fusiles, pero por su expresión de horror se notaba que no estaban cargados.
Quise sacarles una foto con mi celular, pero por desgracia no funcionaba y el mismo desperfecto parecía afectar a todos los demás aparatos del tren.
El señor que no había dado monedas a los chicos dijo “Ese es Uriburu”. Todos lo miramos y lo reconocimos, pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra o insulto.
Las puertas del tren se abrieron.
Pasaron veinte segundos, los más largos de toda la historia, sin que nadie intentara bajar o subir.
Las puertas se cerraron y el tren continuó su marcha otra vez.
Apenas hubo entrado completamente al túnel las luces volvieron a la normalidad y mi celular volvió a la vida. Tenía una llamada entrante. Era mi novia.
- ¿Qué pasó que no atendías?
- No me vas a creer nunca.
- ¿Te falta mucho para llegar?
- Me pasé una estación, me tomo un taxi.
- ¿Cómo que te pasaste?
- No me podía bajar ahí.
- ¿Por qué?
- Hubiera llegado demasiado temprano.

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Verne (completo)

Publicado originalmente el 14 / 04 / 2008

La vuelta al mundo en 80 dias

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Caminaba lentamente frente a la biblioteca, como mirándose en un espejo de cuerpo entero. Acariciaba el lomo de los libros con la yema de los dedos, leía sus cubiertas, pero no se decidía por ninguno. Tenía la sensación de saber exactamente qué decía cada uno de ellos solo con tocarlo ligeramente.
Se alejaba unos pasos, para observar todo el panorama y se sentía nuevamente atraído hacia los estantes, cual si estuviese parado al borde de un precipicio, donde se tiene la idea de estar siendo succionado hacia el vacío. Se imaginaba que de entre las hojas salían fantasmas de antiguas historias, de escritores de siglos pasados, que lo invitaban a beber de sus palabras, mientras se alimentaban de la humedad del papel y el amarillo de la oxidación.
Las termitas que se abastecían de aquellos volúmenes eran cada vez más grandes y numerosas; en un punto de su observación sintió algo de pena por el mal estado de aquellos títulos y se dio cuenta de que la mayoría probablemente no alcanzaría el cambio de década siguiente. ¿Qué destino haría justicia a aquellos libros? Recordó esas filmaciones donde un gentío los arrojaba al fuego, meneó la cabeza, indignado. Fantaseó unos minutos acerca de las técnicas utilizadas para evadir los controles de la policía secreta, la no tan secreta, el ejército, las miradas de los amigos delatores y los niños indiscretos. Tal vez de esa década infame databan la mayor parte de los coleópteros que actualmente estaban dando por terminada su oscurantística labor como secuaces de la ignorancia.
De pronto se sorprendió con un clásico: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Lo retiró de su lugar en la letra “V”, sopló la parte superior de las hojas, retirando una buena cantidad de polvillo. Lo mismo hizo con la cubierta de cuero. Curiosamente, era tal como se lo había imaginado. La cubierta roja para Verne, las letras doradas grabadas cuidadosa pero imperfectamente por algún encuadernador, las hojas cosidas a mano con hilos que denostaban diferentes edades y añejamientos.
La primera hoja era relativamente nueva, casi no poseía un tinte amarillento. Las siguientes, en cambio, presentaban una degradación paulatina que se hacía más y más evidente hacia el centro del libro, donde parecía haber quedado una pequeña entrada de aire. Pudo percibir, aquí y allá, algunas huellas digitales entre la tinta corrida de las hojas, el inevitable sudor de las manos de vaya uno a saber qué lector. Llegando hacia la última parte se dio cuenta de que no estaba leyendo el libro: lo estaba mirando. Y en ese pensamiento se detuvo al notar que, de entre las hojas gastadas de miradas y años de humedad, caía una que estaba suelta. Al recogerla del suelo vio que lucía unas anotaciones manuscritas.
El papel presentaba una caligrafía bastante anacrónica, pero totalmente legible, a pesar de presentar algunos manchones de fibra desprendida. Decía:

“Querido amigo, felicitaciones. Si encuentra esta hoja es una persona afortunada. No solo ha disfrutado de una obra maestra de la literatura universal: Ha encontrado el mapa de un tesoro. Así es, en el reverso encontrará un domicilio al que debe concurrir munido de pico y pala para excavar, un vehículo mediano a grande y, si es tan cobarde e incrédulo como yo, una linterna, para hacer el trabajo sucio por la noche. J.M.”.

Volvió a leer las palabras dos o tres veces para convencerse de que no era un sueño y luego, con sumo cuidado, desenvolvió el papel para encontrar que en su cara posterior, efectivamente había una dirección escrita y una especie de boceto con proporciones precisas de algo que parecía ser una casa o un edificio pequeño (tenía las medidas especificadas en metros y los ángulos en grados). Guardó el papel en su bolsillo tan velozmente como pudo sin estropearlo ni añadirle dobleces dañinos, devolvió el volumen a su ubicación original, recorrió el pabellón histórico, bajó las escaleras y luego salió a la calle.
La biblioteca pública había quedado ya una cuadra atrás y sentía el sudor de los restos de tinta que aún presentaban sus palmas. Tomó el colectivo en la parada y viajó hasta su casa con las manos en los bolsillos, de tal manera que las gotitas no contaminaran el papel y no se notara que llevaba algo de valor. Le resultó bastante difícil, por que el espacio que tenía su abrigo era bastante pequeño.
Al llegar se sintió algo aliviado, pero espió desde atrás de la cortina para comprobar que nadie lo hubiera seguido. Sentía que había robado algo, pero su razonamiento le llevó hacia las tranquilas aguas de la propiedad descubierta y los derechos de hallazgo. Su conciencia, en cambio, tomaba la dirección opuesta.
Dejó su abrigo en la habitación y se dispuso, tal como lo había anunciado su “amigo” a esperar las horas vespertinas.
Hizo de todo para distraerse durante esa tarde, pero no pudo sacarse de la mente la idea de un tesoro y miraba nerviosamente hacia la habitación para revisar la presencia de su campera, frágil guardiana de su propiedad más valiosa hasta el momento.
Vivía solo, pero aún así no se sentía seguro ni siquiera para ver el papel una vez más a la luz del día. Esperaría, no hablaría con nadie y no haría nada hasta no estar amparado por las sombras.
Se sentó en su sillón a escuchar algo de Stravinski, que por supuesto solo lo puso más nervioso aún. Cambió luego de unos minutos a Debussy. “La catedral sumergida, cuántas imágenes” se dijo; y entre esas imágenes lentamente se fue quedando dormido. Soñó que entraba en la casa del tesoro, que por algún motivo tenía ratas, con la linterna y la pala al hombro. Comenzaba a cavar donde indicaba el mapa y desde el pozo surgía una maraña de gusanos que le trepaban las piernas. En segundos cubrían todo su cuerpo y al llegar al hueco de su boca aullando de terror, se despertó sobresaltado, justo al llegar a la coda del compositor impresionista. Aún era de día. Volvió a dormirse recién al concluir la pieza.
Cuando finalmente despertó ya era casi medianoche, había tenido más pesadillas, donde las ratas le quitaban la linterna, unos usurpadores le disparaban, la policía lo detenía, lo asaltaban. En ninguna de ellas conseguía ver lo que había dentro del cofre que, imaginaba, contendría el tesoro. Encendió la luz más pequeña de la cocina, se preparó y bebió una taza de café que había pagado como “cubano”. Le puso algo de crema en polvo y edulcorante, lo bebió hasta la mitad y fue hasta la habitación a buscar el mapa en el bolsillo.
Lo llevó hasta la mesa aún plegado y notó que las manos le temblaban. No podía definir si era por miedo, nervios, ansiedad, codicia o algo más. Volvió a leer la dedicatoria y ahora, a la luz incandescente, pudo confirmar que la caligrafía era como las que había visto en algunos libros restaurados a mano. Debe ser de algún encuadernador o asistente de, pensó.
En la otra carilla, donde creyó haber leído un domicilio, en realidad eran letras y números, no palabras, siendo las últimas dos “JM”, entre signos de admiración.
Justo debajo había un rectángulo acotado, que explicaba un cuadrado de cinco metros de ancho por cinco de alto, dos ángulos a cuarenta y cinco grados que dividían al cuadrado en la proyección de cuatro triángulos de distintos tamaños, señalando un punto, como si fuera una letra equis.
Lo miró durante un rato, que poco a poco fue transformándose en horas y así lo sorprendió el día, nuevamente, sin haber dormido nada.
Hizo una copia de las letras y números en otro papel y, apenas se hicieron las ocho, salió a la calle dispuesto a volver a la biblioteca. Tal vez alguien ahí podría ayudarlo en su búsqueda. Quizás la idea de compartir el tesoro no era tan mala, especialmente si tenía en cuenta que no podría alcanzarlo nunca por sus propios medios y conocimientos.
Volvió a subir al tercer piso del edificio, por el ascensor, sin cometer el improperio de regresar al pabellón histórico. Se dirigió, en cambio, hacia el ala opuesta, donde un caballero de lentes, algo calvo, sonreía ante un libro de tiras cómicas. Tenía un distintivo en el pecho que lo delataba como empleado de la biblioteca. Habló al hombre con un inevitable tartamudeo, preguntándole si por casualidad sabía qué significaban esas letras y números que tenía anotados. Claro, respondió el empleado, es una partida de ajedrez. Los libros de ajedrez están en el piso de arriba. Muchas gracias, respondió, guardó el papel con la misma artificiosa lentitud con que lo había retirado del bolsillo y subió las escaleras.
Allí se pasó toda la mañana viendo libros de teoría e historia del ajedrez, donde había fotografías de jugadores que nunca había escuchado nombrar, partidas explicadas y analizadas en detalle hasta desmenuzarlas en simples letras y números. Una vez que se convenció de estar seguro de cómo recrear una partida desde una trascripción, pidió a la muchacha encargada de ese sector que le facilitara un tablero. Lentamente, como si estuviera desenrollando un pergamino milenario, fue armando la partida tal como estaba en su papel. Pero al llegar al último movimiento no se había producido jaque mate. Jota-eme, dijo en voz baja. Dejó el tablero allí mismo y bajó a la cafetería de la biblioteca para recuperar un poco la inteligencia que había perdido con el insomnio. Se pidió un café doble y un tostado. Casi se quedaba dormido y los párpados le pesaban toneladas. Se sentía mal, como si tuviera la presión baja, los ojos le ardían y se notaba malhumorado y extenuado. Abandonó el tostado a la mitad, pero el café lo bebió completo.
Volvió a subir al cuarto piso por las escaleras y en su mesa, mirando su tablero con detenimiento, estaba el hombre calvo de lentes. Corriendo, quiso gritarle qué estaba haciendo, que no moviera nada, pero el grito lo expresó susurrando, llamando la atención de algún que otro lector aburrido.
Nada, solo miraba, explicó sonriendo el pelado. ¿Cuántos movimientos hacen falta? preguntó curioso. Uno.
Sí, fue lo que pensé. Esta es una partida histórica, ¿sabe? entre Kárpov y Capablanca. Aquí ganan las blancas con un movimiento que, de no efectuarse, daría la victoria a las negras, también en uno. No pudo resolverlo, ¿verdad?
No, respondió tímidamente. Se sentía avergonzado y ridículo. El buen empleado solo trataba de ayudarlo y además parecía fascinado con la partida. Vea, le dijo, el alfil aquí ¿comprende?
- Ohhhh…
Pero esa vocal profunda de barítono escondía un descubrimiento mucho más práctico que ajedrecístico. De alguna manera, la mano de su despreocupado ayudante le había recordado, al trasladarse sobre el tablero, que la zona de la ciudad donde se encontraba la biblioteca era una grilla perfecta, que lindaba hacia los cuatro puntos cardinales con plazas y parques. Tenía, exactamente, ocho manzanas por ocho manzanas. Ya sabía, al menos, cuál era la manzana que escondía el tesoro. La posición del alfil blanco le indicaba el lugar justo en el tablero ajedrecístico que formaba la grilla urbana.
Salió de la biblioteca tan aprisa que olvidó dar las gracias al calvo de gafas y volvió a su casa. Durmió toda la tarde con el papel duplicado entre las manos.
Al despertar, otra vez era de noche, aunque apenas pasaban las diez. Buscó el mapa original en su escondite y sacó un mapa de la ciudad de otro cajón.
Allí trazó, con un marcador rojo, el contorno de las ocho manzanas cuadradas de su tablero ideal y marcó con una cruz el lugar que había calculado. Ahora el área de búsqueda solo tenía una hectárea edificada.
Pidió un taxi por teléfono y se dirigió al lugar con los dos mapas torpemente escondidos dentro de un periódico deportivo. Al llegar, la desilusión fue aplastante: la manzana tenía edificios de departamentos de hasta veinte pisos de alto. Primero tendría que encontrar el lugar exacto para luego seguir con el piso exacto. Miró el cartel con los nombres de las calles en la esquina donde se bajó del vehículo. Juan Manual de Rosas y José Martí. Insultó. Aquel juego ya comenzaba a parecerle perverso. Se sentía utilizado como juguete de algún ajedrecista mentecato. Caminó por Martí unos metros, pensando. Miraba el interior de los locales y reía socarrón, mirando hacia el cielo, cada vez que encontraba uno con piso cuadriculado en blanco y negro. Al llegar al 1877 recordó que Capablanca usaba las blancas en la partida estudiada. El ajedrecista, según había aprendido esa mañana, era cubano, igual que José Martí. El bar que estaba justo frente a sus ojos se llamaba “Cuba” y era uno de los tantos con piso cuadriculado monocromático.
Entró y pidió una cerveza, aún era temprano y no había mucha gente. Pensó que era inútil llegar de noche a ese lugar de pernocte, que lo mejor sería actuar a plena luz del día. Tal vez disfrazado de plomero que arreglaría el sótano, por supuesto esa indumentaria sería muy fácil de conseguir: solo tendría que abrir su guardarropa y ponerse el mismo uniforme que usaba diariamente en su trabajo. Esa idea no le parecía tan mala, solo que tal vez podrían reconocerlo si se presentaba al día siguiente. Por lo tanto abandonó su botella sin comenzarla y se retiró cubriéndose la cara lo mejor que pudo, con el periódico.
Esa noche durmió mucho mejor, soñó que era millonario, tenía una casa grande y lujosa, una empresa de plomería, un Audi A4, una esposa con pechos grandes, dos hijos varones y muchas otras cosas que el dinero puede comprar y otras que no.
Al despertar eran casi las siete de la mañana. Se puso su uniforme de trabajo, tomó las llaves de la pequeña Fiorino que usaba para visitar domicilios laborales, cargó la pala, sus herramientas habituales y salió directamente hacia el café “Cuba”.
Tardó cerca de veinte minutos en llegar hasta el lugar. Estacionó justo en la vereda frente al local. Espió hacia el interior desde su utilitario, contó al guardia en la puerta y a un hombre pequeño de suéter que tenía más aspecto de contador que de cajero de bar.
Se puso su gorra de “Pedro el Plomero” para completar el disfraz y bajó caracterizando un personaje que utilizaba a diario para trabajar. Dio buenos días al guardia y entró sin que éste lo detuviera.
Adentro caminó hasta la barra, a la misma altura donde había estado sentado brevemente la noche anterior. Dijo al empleado que venía a revisar las instalaciones del sótano. El diminuto encargado le señaló la escalera descendiente sin mirarlo. Su plan había funcionado perfectamente.
Cruzó una puerta de vaivén y bajó al subsuelo después de encender la luz con una cadenita que había cerca del dintel.
El nivel estaba casi completamente ocupado con cajas de plástico de gaseosas y cervezas y tenía algunos estantes con botellas de vino llenas de telarañas y polvo.
Sacó el mapa del bolsillo y se dio cuenta de que no tenía brújula para saber cuál era el norte en ese lugar subterráneo. Volvió a guardarlo, subió y salió para buscar la pala y herramientas en su vehículo.
Al regresar, el empleado le preguntó si tardaría mucho, por que ya estaba cerrando y tenía que irse a su casa. Le dijo que llevaría unos quince o veinte minutos, lo de siempre. Bien, entonces le dejo la llave al guardia, avísele cuando salga y después él me la lleva a casa, casi siempre hacemos así. Muy bien, respondió con cortesía y sin más conversación volvió a descender al piso inferior.
Corrió un poco las cajas para encontrar que, en la pared norte del ambiente, había unos cerámicos cuadriculados, iguales a los de un tablero de ajedrez. Allí era, no cabía duda alguna. Se acercó hasta esa pared, sacó una pequeña amoladora de su caja, la enchufó y comenzó a cortar el contorno del cerámico que producía el jaque mate en la partida recreada en la biblioteca la tarde anterior.
Detrás del cuadrado que retiró solo encontró revoque y cemento. Tomó la maza que había traído y comenzó a golpear en el hueco que formó en la pared. Así retiró una buena cantidad de escombros, rompió las baldosas aledañas y levantó una importante nube de polvo. Mientras golpeaba, sintió que alguien le silbó detrás. Era el guardia. Le preguntó qué estaba haciendo, a lo que respondió con frialdad y desidia profesional que había una pérdida de agua detrás de esos cerámicos y que probablemente tardaría algunos minutos más en encontrar, que a lo sumo en una hora ya habría terminado y todo quedaría imperceptible. Antes de que terminara la frase, el guardia estaba tomando una botella de vino y comenzaba a retirarse subiendo la angosta escalera.
Solo suspiró aliviado al escuchar el sonido del corcho. Si éste se queda dormido tengo toda la mañana, calculó.
Continuó la perforación ayudándose con una cuña. Hubo cavado unos veinte centímetros hacia el interior del muro cuando siente que choca contra algo metálico. Un golpe y otro más fuerte terminaron por romper genuinamente una cañería que transitaba justo a esa altura, cuyo chorro de agua le mojó todo el rostro y empezó a inundar el sótano.
En ese momento desenchufó la amoladora, para evitar un cortocircuito y subió corriendo a preguntarle al guardia si sabía dónde estaba la llave de paso, que el caño pinchado había terminado de romperse. Al guardia meneó la cabeza y le recordó bruscamente que él no era plomero, que ese era SU trabajo. Que si ensuciaba algo tendría que limpiarlo personalmente, por que los de limpieza ya estaban todos en sus casas y no volverían hasta la noche siguiente.
Volvió a bajar corriendo y vio que todo el sótano ya mostraba una capa de agua y barro de dos o tres centímetros. En puntas de pie corrió hasta la pared rota y metió la mano en el hueco, tratando de detener el chorro con sus dedos. Actitud totalmente inútil, debido a la importante presión que corría por ese ducto. Sin embargo, al cabo de unos segundos el líquido comenzó a mermar hasta cesar completamente.
Retiró sus dedos, algo confundido y se quedó mirando el hoyo. Corrió preventivamente su rostro, en caso de que el agua decidiera regresar abruptamente. Todavía no salía de su asombro cuando escucha nuevamente los pasos del guardia en la escalera. Esta vez venía provisto de un balde y un trapo. Se lo dejó sobre el último escalón, sacó un cigarrillo de la cajetilla, buscó su encendedor en el bolsillo trasero y se sentó allí mismo.
No pronunció palabra, pero el plomero devenido en buscador de tesoros entendió perfectamente que tendría que secar todo delante del ligeramente alcoholizado guardián.
La tarea le llevó cerca de una hora en absoluto silencio, tiempo suficiente para que el sótano se llene del humo de cigarrillo de ambos caballeros. Una vez que concluyó, el hombretón -sin moverse de su asiento- le dijo que la llave de paso estaba arriba, justo debajo del interruptor de la luz. Caminó hasta él y le alcanzó la mano en señal de saludo.

- Jorge Mora, guardia de “Cuba”, mucho gusto.
- Pedro Álvarez, plomero, un placer.
- Así que una cañería pinchada ¿eh?
- Sí, sí –respondió, mirando el suelo que todavía no terminaba de secarse.
- ¿Nada que ver con una búsqueda de tesoro?
- ¿Perdón?

El guardia lo miró sin mover un músculo de su macizo rostro.

- Bueno, en realidad… –dudó el plomero.
- ¿En realidad?
- En realidad estaba buscando esto – sinceró dándole el mapa.

Haciendo un esfuerzo visual, el hombre de negro examinó el papel durante unos momentos –que al plomero le parecieron siglos- y finalmente exclamó, como comenzando a entender: ¡Ajá!

- Usted debe ser el tercero o cuarto idiota que viene con el mismo papel, tratando de perforar todo nuestro local. No sabe cómo está el baño de huecos y parches en los azulejos. Este sótano tiene más perforaciones que un queso y ninguno encuentra nunca nada. Algunos hasta vienen con una orden de allanamiento con policías o tipos disfrazados de policías y nos cierran el bar todo el día, rompiendo acá y allá. ¿Usted cree realmente que si hubiera un tesoro aquí yo estaría trabajando como guardia todavía?

El plomero no respondió nada, se sentía grotesco y criminal, como un niño regañado. Respóndame, insistió el guardia. No.

- Claro que no. Por favor repare el caño con un poco de masilla, reponga el azulejo que rompió y la botella de vino que se bebió ahora mismo y en efectivo.

Extendió la mano nuevamente, pero esta vez con la palma hacia arriba, exigiendo el dinero.
Pedro buscó la billetera y sacó un billete de cincuenta. Lo depositó en la mano callosa que tenía frente a sus ojos. Ésta no se cerró ni retiró. Extrajo otro billete más de la misma nómina que pareció surtir efecto.

- Es un placer hacer negocios con ustedes, “buscadores de tesoros” – burló el sobornado y se retiró hacia el piso superior sin dejar de reír.

El plomero reparó el caño con un poco de masilla, guardó sus herramientas en la caja, dejó el balde sobre el sumidero que había servido de vía de salida para el agua y lo siguió. Antes de apagar la luz echó una última mirada al profanado sótano. Dijo hasta luego al guardia sin mirarlo, arrojó las herramientas al interior de su Fiorino y arrancó insultando en silencio.

FIN

Epílogo:

El guardia volvió a bajar, controló que el piso estuviera completamente seco, sacó el mapa del bolsillo, lo besó y volvió a guardar. Cerró el local como ya estaba acostumbrado y tomó un taxi hasta la biblioteca. Subió por el ascensor, saludó al hombre calvo con un beso en la mejilla, le dio un billete de cincuenta y dijo: lo voy a poner en “Cinco semanas en globo”, me llevo “Viaje al centro de la tierra”. El calvo asintió con la cabeza y respondió: “menos mal, con ése la última vez casi te perforan hasta el túnel del subte”. Ambos caballeros rieron como se hace educadamente en el interior de una biblioteca.

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Las tardes del sol, las noches del alba

Publicado originalmente el 3 / 04 / 2008

Exorcismo


Las tardes del sol, las noches del alba, mi versión
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Todas las tardes del sol, todas las noches del alba
todas las cosas perdían color, todo en el aire flotaba
Niña bonita, mi amor, ¿qué es esa cabeza gacha?
Todos preguntan qué hicimos con vos, por que no come ni habla

Algo andará pasando, andará rondando por Villa Guay

Hay un extraño fulgor entre las flores del agua
Ella se esconde y sus ojos no ven, ya no hay registro de nada
Hasta que un día después algo cambió en su mirada
Solo repite una frase en inglés, ojos de india sagrada

Y ella no quiso ver sus caras de terror,
lloraba eternamente sola “I love you, love you so”
La desesperación, los gritos del horror,
Santa Rosa de Lima abandonó su corazón

Y el pueblo decidió que había una razón
sonaron las campanas, era la fuerza de Dios

El mal tomó su piel, también tomó su voz
Nunca aprendió el inglés, el exorcismo será hoy
“I love you, love you so… I love you, love you so”

Algo andará pasando, andará rondando por Villa Guay
(Fito Paez)

Mientras afuera de la habitación ambos padres conversan con el cura, adentro la niña de ojos rasgados tiembla de fiebre y está tan débil que ni siquiera atina a secarse las gotas de sudor frío de su frente. Conversan es una forma de decir, en realidad solo la madre pronuncia algunas palabras, mezcladas con lágrimas. El padre se limita a mirar por la ventana, a una distancia que le permite oírlos a ambos y, si ese es su deseo, dirigirles la palabra sin levantar demasiado la voz. Aunque esta forma de comunicación siempre le había resultado desconocida y a todo el mundo se dirigía vociferando: así conseguía una sensación de supremacía que le recordaba a su padre, que además añadía siempre groserías. Él trataba de evitarlas siempre que podía, pero en esta oportunidad está fuera de sus cabales cívicos. Fueron esos hijos de puta; y vuelve a guardar silencio.

El cura le suplica en todo lo que humanamente puede, que no adelante conclusiones, que la policía debe ocuparse del tema y que, de todas maneras, de la justicia de Dios nadie escapa.

Con esto último los tres quedan en silencio, pero ninguno satisfecho, ni mínimamente conforme. Pero al cura nada se le discute personalmente. Es como discutirle a Dios. Eso únicamente se hace en privado, usualmente en la cama matrimonial, luego de que todas las lámparas estuvieran apagadas, con un inevitable sentimiento de clandestinidad y culpa. Yo te digo china, fueron esos hijos de puta de los Velasco. Esos se la llevaron al río y ahí vaya a saber uno qué cosas le abran hecho a la indiecita. No sé viejo, no sé. Creo que hay que ver qué dice la policía, tiene razón el padrecito. No vieja, la policía nunca hace nada y el cura te dijo eso para que yo no los reviente con la escopeta. No viejo, no hagas locuras. No hablaron más esa noche. La vieja se durmió cuando terminó de llorar o tal vez antes. El viejo no.

A la mañana siguiente, cuando la niña despertó ya se sentía mejor. Las convulsiones no habían regresado y la fiebre había bajado un poco. Se sentía un poco débil, pero se conocía suficiente como para saber que estaba sanando. Se quedó un largo rato en la cama, viendo por la ventana como el sol subía, junto con la temperatura, el canto de los pájaros y las cigarras. Su madre entró en la habitación con una bandeja que solo usaban en ocasiones especiales, trayéndole un desayuno sustancioso. Apenas había cruzado la puerta cuando se escucha el sonido de un disparo. Ninguna de las dos mujeres se sobresaltó. Pero el sonido no venía de muy lejos. La quinta de los Velasco. Ese pensamiento hizo que la vieja se desplomara con bandeja y todo al suelo justo en el momento de escuchar la segunda detonación. La chinita gritó mamá, mamá, echándole aire con un abanico. En ese momento terminó de comprender lo que había ocurrido. Ya había pasado casi una semana entre delirio e inconsciencia desde entonces. Había ido al río a lavar algo de ropa, pasó frente a la quinta de los Velasco, los saludó y siguió su camino como siempre. Al llegar a la rivera se quitó la ropa para bañarse y entró al agua con el canasto. Allí estuvo un buen rato, fregando la ropa contra las piedras y jabonándose. Sabía que nadie la veía en ese escondite y solía pasarse el día desnuda entre las rocas. Ese día en cambio alguien la había visto. Era Mister Wild, un docente inglés que hacía unos pocos meses vivía en el pueblo. Se ocupada de dar clases a familias adineradas de las chacras que pensaban que una educación bilingüe en sus niños les daba prestigio. El hombre la golpeó en la nuca con una roca y recuerda caer al agua, no poder respirar, un dolor en su parte femenina y luego un fuerte zumbido en los oídos. La encontraron por la noche, cincuenta metros río abajo, todavía desnuda, pero cubierta con la misma ropa que había estado lavando. Los días siguientes fueron como una pesadilla. Estaba en el río ahogándose, estaba en su cama con fiebre. Estaba en el río lavando, estaba el cura echándole agua bendita. Estaba lavando la ropa, estaba despertando en su cama. Los Velazco, los velazco repetía la vieja queriendo volver en sí.

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Materialización

Publicado originalmente el 17 / 03 / 2008

Al encender su artefacto no conocía aún el proceso ni la alquimia que estaba a punto de realizar. Creyó que sería tan solo un día de investigación ordinario. En poco más de un minuto, la rutina de inicialización había concluido completamente y los indicadores e instrumentos le informaban que estaba listo para comenzar la transformación. Con su mano derecha tomó el control firmemente, posicionándose en el modo de exploración etérea. El místico artefacto obedeció con completa sumisión y en un instante se había transfigurado de un montón de trastos sucios a una nave de lo inasible, una barca con la habilidad de recorrer cielos inexistentes, mares imaginarios y hasta sueños y proyectos teóricos. Por supuesto, no sería el primer viaje que el explorador inmóvil realizaría desde la comodidad de su herético estudio por locaciones físicamente insondables.
Recordó que últimamente había podido contactarse con el espíritu de un muchacho habitante de los confines del mundo. El traslado físico siempre le había parecido algo primitivo, por eso estaba más que agradecido para con su artefacto y lo manipulaba con nobleza y respeto.
Aquel joven le había enseñado páramos heroicos, como del mundo antiguo, le había relatado hazañas dignas de leyenda y revelado culturas lejanas, tan ricas como las que yacen bajo tierra hace milenios.
En su última travesía empírico-etérea aquel individuo desconocido le había solicitado humildemente, como un lacayo a su rey, que compartiera todas sus vivencias con aquellos que habitaban físicamente su aldea y carecían de conocimientos druídicos.
Esta vez estaba listo para cumplir su palabra. Intentaría algo que hasta hacía pocos años hubiera resultado imposible: Materializaría aquellos páramos, hazañas y culturas para enseñarlas a los demás. En lo profundo de su ser, siempre le habían parecido seres inferiores, pero algo lo había hecho comprender que su conocimiento y sabiduría rúnica solo eran realidad gracias a su quimérico aparato. Por lo tanto, era su deber entregar gratuitamente lo que había recibido.
Casi llegaba a su destino en el visor cristalino cuando encontró nuevos mundos aún más fascinantes, provenientes de aquel territorio extranjero que intentaba revelar en profundidad.
Tal vez así podría echar algo más de luz sobre esos sitios ocultos al mortal. Nada se perdería con intentarlo y su condición de inventor no le permitía obrar de otra manera.
El materializador era otro artilugio bastante más nuevo que el intangible barco etéreo que le servía de transporte. Con una orden aparentemente simple, comenzó a comprobar el funcionamiento de cada uno de sus pequeños mecanismos de manera automática, como si el aparato tuviera origen en un conocimiento perdido en la profundidad de los tiempos y las culturas. Al alcanzar la temperatura justa, la materia prima original comenzó a ser absorbida y lentamente comenzó a desvanecerse en el oscuro funcionamiento.
Por fortuna, en el otro extremo la materialización comenzaba a surtir efecto y en pocos minutos estaba totalmente concluida y templada.
Tomó los objetos resultantes, antes inexistentes y salió a la calle gritando: “¡Venid, amigos, presenciad el milagro!”
Y los sencillos habitantes de esa aldea remota celebraron esa noche el genio del inventor y la ciencia y compartieron el viaje del alquimista en un modo que pudieron comprender.
No pasó mucho tiempo hasta que aquellos que habían sido dignos de recibir los conocimientos de aquellas tierras inalcanzables obtuvieran, por diferentes medios y bajo la tutela del anciano alquimista, sus propios artefactos etéreos y hasta algún que otro materializador.
No solo pudieron conocer al joven de los confines del mundo, sino que recorrieron, ellos también, cielos inexistentes, mares imaginarios y hasta sueños y proyectos teóricos.

Queridos amigos lectores:
De esta manera les presento mi primera antología lista para descargar, leer e imprimir. Si han disfrutado de mis relatos, por favor, compartanlo con sus amigos por email o “materialicenlos” con sus impresoras. ¡Gracias por hacer posible esta publicación con sus comentarios y lecturas!

La pueden descargar directamente haciendo clic aquí: Antología en tamaño A4, formato PDF

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Ileso

Publicado originalmente el 13 / 03 / 2008

En verano de 2004 estaba de vacaciones en mi ciudad natal, Río Gallegos (50Km al norte del Estrecho de Magallanes). Mi intención era la de pasar unos días allí, cosa de una semana; luego quería estar unos días en Comodoro Rivadavia (1000Km al Norte) y volver a Ushuaia.
Un día, cerca del mediodía fui a comprar el pasaje a la terminal de ómnibus. Me dirigí directamente a la ventanilla de la empresa TAC. Antes de mi, habían dos personas: una señora y un señor. El señor estaba comprando el pasaje y se retiró en seguida. Luego avanzó la señora y repitió la operación. Cuando llegó mi turno, el vendedor me dijo “qué raro, se me cayó el sistema”. Está bien, le dije, vuelvo más tarde, ¿hasta que hora están? “Estamos hasta las ocho, el colectivo sale a esa hora, así que no hay problema, podés venir en un rato o en cualquier momento de la tarde, hay bastantes asientos disponibles.”
Muy bien, gracias. Di media vuelta a volví a la casa de mi abuela, que vive justo al frente, a almorzar. Una hora más tarde volví a insistir. Solo que esta vez la ventanilla de esa empresa tenía la persiana baja. Pensé que el chico no había podido restablecer el sistema y también se había ido a almorzar. Así que fui a la ventanilla de junto, creo que era “El Pingüino” la empresa, pero no estoy seguro. El pasaje me costó $80 pesos, $10 menos que en la otra empresa. El micro salía a las 21hs y el viaje duraba doce horas.
Perfecto.
Esa noche llevé mi equipaje, poco antes de las nueve y me dispuse a esperar. Viajé sin problemas todos esos kilómetros donde solo hay viento y desierto, llegando a las diez de la mañana del día siguiente a Comodoro. Lo que más me gustó de la ciudad fueron las hélices generadoras de energía eólica. Esa noche fuimos al cine a ver “La sonrisa de Mona Lisa” y me sorprendió ver a Tori Amos en persona cantando en la fiesta (en la película, claro). Pasé un buen fin de semana con mi tía y mi prima.
Cuando estaba por ir a comprar el pasaje de regreso, me llama mi tía (otra de las veinte) para invitarme un par de días a su casa, en un pueblo llamado Caleta Olivia (a dos horas de distancia, volviendo al sur). Como me quedaba de paso, acepté sin dudar un segundo (su marido cocina un pollo frito que es verdaderamente irresistible).
Después de merendar y despedirme de mi prima, me dejaron en la terminal de Comodoro y viajé para honrar la invitación.
Hasta aquí todo era normal para mi, eran unas vacaciones comunes (espectaculares, aclaro) y corrientes. Mi tío me fue a buscar en su auto a la terminal de Caleta Olivia y me llevó a su casa donde, efectivamente, estaba preparando su famoso platillo.

Después de cenar, mi tía me pregunta:

- ¿Te enteraste lo que pasó con el micro en el que ibas a viajar vos?
- Nop.
- Chocó.
- ¿Qué?
- Sí, mirá, acá tengo los diarios de ese día.

Los leí en silencio, con la boca abierta de asombro, sin poder creerlo. Era cierto, por lo que decían aquellos jornales, que el ómnibus en el que yo iba a viajar en primer lugar a Comodoro, había tenido un accidente y había volcado en la ruta.

Aparentemente tuvo un desperfecto eléctrico en una recta descendente, las luces se apagaron y, como la dirección es asistida electrónicamente, no pudo maniobrar al llegar a la curva en la que terminaba la pendiente. Dio varias vueltas por la banquina, quedó completamente destruido. Varios pasajeros debieron ser trasladados en avión para ser atendidos, por la gravedad de sus heridas. Uno de ellos falleció, un muchacho de menos de 25 años. El resto de los pasajeros sufrió heridas de diferente importancia, pero ninguna leve.

Terminé de leer y cerré los tres periódicos que repetían lo mismo en distintas palabras.
Los miré un momento.
Me di cuenta de que algo no andaba bien. Y… ¿ustedes cómo se enteraron de que yo iba a viajar en esa empresa?

- Nos contó Sonia (otra tía más), que fuiste a comprar primero en esa empresa y, como no pudiste conseguir, viajaste en la otra.
- Pero yo no le conté a nadie lo que había pasado, me pareció demasiado soso hasta para mencionarlo. Pero es cierto, ocurrió así.

Esa noche no pude dormir. Me quedé pensando en lo frágil de la vida, lo cerca que pasó la muerte y la manera tan holgada y despreocupada (inconsciente) en que la evité. Pensé en el destino, en “la hora”, pensé en mi ángel de la guarda, en la Virgencita, en Dios y toda su trouppe.

Al día siguiente completé el viaje, arribando a Río Gallegos por la tarde. Lo primero que hice fue mostrarles los diarios (los conservé por un tiempo) y nadie lo podía creer.
Le pregunté a Sonia cómo se había enterado de mi pequeño percance con las ventanillas y los sistemas. Me respondió que ella no sabía nada. Que nunca habló por teléfono a Caleta.
Cosas.
Mirando hacia atrás, siempre pensé que esa noche no solo no tenía que pasarme nada, sino que probablemente ni siquiera tenía que enterarme. Fue como si alguien me hubiera tocado el hombro y dicho “a este no”. Así de simple. Aterrador y esperanzador por igual.
Seguí viajando en colectivo muchas veces más y nunca tuve miedo de accidentarme. Nada podría hacer para evitarlo o conseguirlo. La hora llega cuando llega. Pero me siento mucho más responsable de estar con vida. No lo llevo como una carga, sino como un regalo. Estamos de prestado acá abajo. No puedo cerrar el relato con una conclusión más valiosa. Disculpen.

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Alejandra

Publicado originalmente el 6 / 03 / 2008
Luis Alberto Spinetta

En febrero de 2005 viajé a Buenos Aires por primera vez, en esa oportunidad fui a un concierto de Spinetta. Aquí cuento en detalle lo que pasó, aunque muy poco tiene que ver con el músico.

Dejé la cámara en la habitación, pensé que probablemente me la quitarían en el cacheo de la entrada. Salí del hotel y caminé por Corrientes hasta 9 de Julio. Allí doblé a la derecha hasta llegar a la calle indicada -Paraguay, creo- y otra vez a la derecha, no podía perderme. El teatro debía tener algún cartel con el nombre, pensé.
Hice la cola con los brazos cruzados y cara de “a mi no me toquen”. Llamaron primero a los que tenían platea. Así que, con cierto glamour, avancé a paso seguro hacia el guardia, le entregué la entrada con una sonrisa “¿fila 2?”. Sí. Pase, por favor, la puerta del medio. Gracias. Entré al teatro sintiéndome gigante, mientras los demás, pequeños pullmans, se quedaban afuera bajo la fina lluvia.
En el interior había un póster de metro por medio con un fotomontaje de las cabecitas de los integrantes de la banda. Una señorita vestida como somelier me pidió la entrada, solo la miró en mi mano y me dijo “por la puerta del medio, todavía no está abierto, pero están haciendo una degustación”. Suena bien, respondí y volví a guardar la entrada en el bolsillo del jean. Efectivamente, había un letrero luminoso que decía “Cinzano” y unas cuantas jóvenes ofreciendo vasitos plásticos con fernet de esa marca, cortado con una gaseosa sabor cola.
Le pedí uno y lo bebí de un trago, no estaba mal. Pedí otro más y a ese sí lo degusté. Definitivamente no estaba mal. Lo terminé y pedí el último. No eran muy largos en realidad y tenía algo de sed. Recién con el tercero me relajé y me dije a mi mismo “disfrútalo, no ves al Flaco todos los días”. De hecho, era la primera vez que lo veía.
Estuvimos en ese saloncito unos diez minutos hasta que abrieron la puerta y entré como si ya hubiera empezado el concierto. Una vez en mi asiento miré el reloj. Todavía faltaba media hora. Miré un rato la gente que ya estaba ubicada, esperando tal vez reconocer a alguien. Tonto de mí. Era mi primera vez en Buenos Aires.
Habían pasado unos diez minutos cuando se acercan dos chicas hasta mi fila y se quedan mirando sus entradas y los asientos a mi lado. Entrada, asiento, asiento, entrada. Vos vas acá, yo voy allá atrás, dijo una. ¿Y yo con quién me siento? preguntó la otra. Sentáte loca, ya fue.
Pasa por delante de mí, hasta el último de la izquierda, a un asiento vacío de distancia. Allí se queda, en silencio. Todavía no la había mirado. Pasaron unos minutos más y se da vuelta para seguir conversando con su amiga.

- Tengo miedo de quién se siente conmigo.
- ¿Qué?
- Que me haga daño.

Demente, pensé. Está más loca que la mierda. Y bueno, ¿qué esperabas? Es un concierto de Spinetta, no de Baremboim.

Yo seguía en mi mundo, viendo a los plomos acomodar los cables y las asistentes a los espectadores, mientras la impaciencia mezclada con adrenalina y fernet llenaba mis venas.
Entonces ocurrió algo que nunca hubiera imaginado. La demente me habló.

- ¿No te querés sentar al lado mío?

Entonces la vi bien. Cabello oscuro, piel blanca como la leche, petisita, delgada, flequillo tipo Betty Page. Era hermosa.

- Eh… ¿porqué no te sentás vos acá? Dije, señalándole el asiento vacío.
- Mmm…. no dejá, ya fue.
- Ok.

No pasaron dos segundos hasta que caí en la cuenta de lo que había pasado. ¡¡¡Yo le había dicho que no!!! Tarde, demasiado tarde reaccioné. Lo único que se me ocurrió fue seguir pasando los minutos que quedaban pensando en Spinetta y olvidarme de mi absurdo comportamiento. Ya no podía volver atrás y mucho menos decirle, “bueno, esta bien, me siento con vos”. Eso hubiera sido patético, demasiado hasta para mi.
Desde ese brevísimo intercambio de palabras no pude pensar en otra cosa. Está loca, esta re loca. O le gusto. Tal vez sea una sutil amalgama de ambas cosas. Miraba el reloj y pensaba “que nadie se siente en el medio, por favor”. Por otro lado las palabras “tengo miedo de que me hagan daño” resonaban como un retardo de punteo múltiple. ¿Qué lenguaje es ese?
Pasaban los minutos como horas y el teatro se fue llenando, todo, excepto el asiento vacío entre la hermosa demente y yo.
Las luces se apagaron y suspiré aliviado. Un, dos, tres, un, dos, tres… y Luis comenzó a cantar “Durazno Sangrando”.
Todos de pie, aplaudiendo, y el asiento vacío entre nosotros. Entonces, corriendo, con un vasito de fernet en la mano, llega un pibe e intenta pasar por delante de mí, hasta el prohibido lugar vacío. Pongo mi mano por delante, cortándole el paso y le digo “te cambio el asiento, loco”. ¿Por qué? ¿Están juntos ustedes? Sí, respondí secamente.
Me cambié de asiento y le dejé al gordito con su fernet mi segura y tibia butaca. Apenas me senté, mi corazón comenzó a latir a un prestísimo tempo.
El tema terminó y todos aplaudieron de pie nuevamente. Ella me toca el hombro y me dice “gracias”.
Yo era Gardel con vocoder, Lepera con una Gibson y los músicos de Sigur-rós tocando la Cumparsita.
Debo confesar que de todo el concierto, que debe haber durado dos horas, solo conocía el primer tema. Mi afición por Luis Alberto Spinetta comenzó esa noche. Pero mi escort los conocía a todos, por que cantaba en voz baja, incluso creo haberla visto secarse las lágrimas.
Ya no prestaba atención a los músicos, a pesar de tener a esa despampanante bajista rubia a pocos metros, solo miraba de reojo a mi izquierda. La niña tenía una pollera de jean hasta las rodillas, con unas medias de algodón rayadas en blanco y negro y unas zapatillas chiquitas. Lo noté cuando apoyó sus rodillas en el respaldo del asiento delantero, subiendo las piernas. No parecía importarle subirlas tanto a pesar de la pollera. Loca.
Así pasó el concierto, yo mirándola de a ratos, de reojo y ella cantando, gritando, llorando y moviéndose para todos lados. El último tema, dijo el cantante. Tocó “Seguir viviendo sin tu amor”, todos batiendo palmas y gritando desaforados. Ese tema también lo conocía.
Terminó, se acabó, fin. Pero yo no me quería ir a ningún lado, una buena parte de mi quería quedarse con esa demente espinetera. Prenden las luces, todos comienzan a salir y yo seguía parado, aplaudiendo, alargando la espera.
La demente vuelve a hablarme:

- Gracias por sentarte conmigo.
- Fue un placer. (Esa línea la había estado pensando todo el concierto)
- ¿Cómo te llamás?
- Fernando ¿vos?
- Alejandra
- Mucho gusto. (beso en la mejilla)
- Igualmente

Silencio eterno de dos segundos. La miré a los ojos, Dios, era hermosa de verdad.

- Bueno, chau. Dijo en un tono algo triste
- Chau, respondí. Pero una voz en mi cabeza gritaba ¡no dejes que se vaya!

Tarde, ya caminábamos por el pasillo, yo solo, ella con su amiga. Se hablaron algo en voz baja y salieron. En la puerta estaba Fabi Cantilo charlando con Luis Salinas.

- Ay, a mi me encanta Luis, siempre lo vengo a ver
- Si, si. Es un maestro, concluyó el rubicundo guitarrista.

Y yo dejé la cámara en el hotel. Doble boludo. Salí a la calle. Me quedé mirando algo, nada en realidad. La estaba esperando. Quería verla otra vez. Quería decirle algo antes de despedirla para siempre. Quería invitarla a tomar un café. Sí, eso era, pero tenía dos pesos en el bolsillo. Era imposible. Tardó muy poco en salir, con varios amigos más, seguramente pequeños pullmans ellos. Pasaron caminando delante de mí y se alejaron hacia la izquierda. Cruzaron la calle y tomaron hacia la derecha.
Adiós, pensé.
Hice unos cuantos metros y encontré dos fotografías de Spinetta abandonadas en el suelo. Eran las que estaban vendiendo a diez pesos en la puerta del teatro. Las levanté, mirando hacia atrás, a ver si alguien venía a reclamarlas. Nadie vino. Las hice un rollito y me fui caminando al hotel otra vez. A contarle a mi amiga lo que había pasado.

- ¿No le pediste el teléfono?
- No
- ¿¿¡¡Porqué no!!??
- Pensé que me la iba a volver a encontrar, como si esto fuera Ushuaia.
- ¡¡¡Nooooo!!! Sos un salame, le encantaste a la mina ¿no te diste cuenta?
- No, estaba distraído pensando en que ella me encantó a mí.
- Ahora olvidáte
- Sí.

Medio minuto de meditación trascendental.

- ¿Sabés qué pasa? Dije, a modo de conclusión
- Nada, no tenés perdón, la mina estaba servida y vos dormiste. Decíme ¿a alguna de tus ex la hubieras conocido en un concierto de Spinetta?
- A ninguna, a ninguna le gusta.
- ¿Ves?
- ¿Sabés que pasa? –Insistí- Prefiero recordarla como la mujer perfecta. Seguramente estaba más loca que todas mis ex juntas.
- Puede ser. Igual sos un boludo.
- Lo sé.

Medio minuto más de meditación.

- Quería invitarla a tomar un café, pero tenía dos pesos
- ¿Y? Le hubieras dicho “quiero invitarte a tomar un café, pero tengo dos pesos ¿no me invitás vos?” y listo.
- No se me ocurrió.
- Nada, sos un boludo. Por lo menos le hubieras pedido el teléfono o el msn.
- No me animé.
- ¿Por qué no?
- No sé
- Pero… ¿qué más necesitabas?
- No sé.
- Tsk. Bueno, lección aprendida: acá la gente se pide el teléfono, sino los perdés para siempre.
- Bueno, pero ella también me podría haber pedido el mío.
- Ajá. (Cara de “qué boludo sos”)

Me di cuenta de que había dicho algo tonto. Acto seguido mi amiga, en un acto de caridad, me preguntó cómo había estado el concierto.

Si alguien conoce a una Alejandra, demente, que haya ido a ver Spinetta al ND Ateneo en febrero de 2005, fila 2, que me avise. La estoy buscando desde entonces.

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