Afuera, en el frío y el temor, había niños soldados con los mocos llenos de barro y los labios temblorosos, congelados de pavor y hambre. Cobardes que los dejaban como carne de cañon, en calidad de muralla de carne humana frente a metralla y artillería pesada y liviana. Benefactores que prometían ayudarlos con toda generosidad y se llenaron los bolsillos de dinero sin siquiera saludarlos al volver. Otros, menos sentimentalistas, les reclamaron siempre nunca haber vencido. La derrota, algo que no asumimos nunca con facilidad, fue velozmente archivada y a sus mocosos culpables se los despreció como estigma y parias sin miramientos. Tal vez aún más cruel fue el olvido para los que nunca regresaron. A ellos, que sin querer terminaron siendo héroes por el solo hecho de morir en un conflicto bélico, jamás se les ha dado su reconocimiento. ¿Y qué reconocimiento sería suficiente? No creo que un feriado al año y pensión vitalicia por dos generaciones sean suficientes. Otros dicen que sí, que es suficiente. Aún otros dicen que es demasiado por haber perdido.
También afuera, mucho más arriba, los perros se repartían mordiscos y culpas en la oscuridad, ninguno reconocía que la canicracia estaba desmoronándose al grito de GOL. Llamaron entonces, una vez saqueadas las tumbas de los próceres, las mentes de las universidades, los vientres de las madres y la voz de los sensibles, a elecciones abiertas.
Entonces, afuera, mis aún adolescentes padres fueron a sufragar, por primera vez en sus vidas. Tenían alguna idea de lo que querían para mi, pero no existía forma humana de conocer la cadena de sucesos posteriores con antelación. Así fue como se impuso Alfonsín, por la UCR. Otros tiempos correrían, afuera.
Adentro crecía yo, primero como sueño, luego como vida latente. Finalmente, yo también salí afuera y tuve plan austral, la tablada, hiperinflación, un gol con la mano, capitulación anticipada, carapintadas, casas en orden, plan bonex, convertibilidad, privatización, desregularización laboral, reelección, corrupción, pizza y champagne, un aburrido inoperante, una mano derecha que renunció, una mosca de panadería calva y demente que siempre estuvo (desde adentro, ya) cagandose en las masas, un corralito, cacerolas, llaveros, dos desangrados en una estación de tren, una fuga en helicóptero, una rotación presidencial voleibolística, un “el que depositó dólares, recibirá dólares”, otra devaluación, un plan boden, un salario en letras provinciales, un balotaje suspendido, un “país en serio”, dos torres que caen, un país entero bombardeado en venganza, y luego otro, y luego otro.
No recuerdo, pero supongo que estaba mejor adentro. Gracias a Dios no recuerdo la vida adentro. A veces pienso en alguno de esos niños con los mocos sucios de frío, tal vez alguno tenga un hijo de mi edad, o un año más. No pretendo conocerlos, ni estrechar sus manos, ni siquiera conocer sus nombres. Solo pienso en ellos. Y sigo sin comprender nada del mundo de afuera. Y doy gracias por no haber dejado una pinta de mi familia en esos confines de ultramar. No iría, no enviaría a mis hijos allí a manchar suelo, mar y cielo con mi sangre.
Por eso digo que sigo sin comprender nada de este mundo. El corazón se tritura y la razón se confunde aquí afuera.
No sé qué es la patria. Solo veo tumbas sin nombre, diques con fantasmas, presidentes a caballo, podredumbre, desnutrición. Solo veo ignorancia donde quiera que poso la vista.
No puedo seguir, lo dejo acá.