2 / 09 / 2010

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1178 artículos sin leer

Publicado originalmente el 28 / 11 / 2008

Pero trato de ponerme al día, paso un par de blogs que ya perdieron un poco de sabor, me detengo en el de Alejandra. En realidad no se llama Alejandra, pero sus letras sangran tanta verdad como las de Pizarnik. Y ya no puedo seguir leyendo. Me mueven a escribir. Como si estuvieramos conversando y de pronto quisiera interrumpirla con mis propias gotas de sangre. ¿Sabés que pasó? Que estuve ocupado. Y ahora no te voy a explicar nada, sabés que ni falta te hace. Que ni gracia me hace, eso, explicarte. Pero las disculpas quedan como rebarbas de mi sangre por que la culpa sí que la tengo y sí que están de más.
El tipo tenía todo ordenadito en su casita. Las tazas en el despensero, la olla en el horno, los cables en el cajón, los puchos bajo el sillón, la guitarra en el rincón, aburrida y llorosa de silencios. TODO en su lugar, cada papel en su pila, cada disco en su cajita, cada pensamiento explicado con mesura y previamente ponderado por escrito y con calibre.
Entonces llegó el amor. Como un jinete que se arroja en su catre luego de venir galopando todas las leguas largas del mundo a pelo trenzado. Pateó la puerta abajo, llenó la habitación con su sudor, el piso de barro, rompió los platos, gastó los cigarrillos, la yerba, los forros. Todo patas para arriba, las horas, las obligaciones, las palabras, la cara de poker. El castillo de naipes de la soledad se vino abajo como papelitos de cancha al grito de ¡GOOOL!
Y el tipo, como si olvidase su diseño de cigarra cantora se sigue creyendo hormiga laboriosa. Vuelve a acomodar sus papeles, sus discos de Björk, vuelve a racionalizar todo sentimiento en calidad de reacciones bioquímicas, junta los pedazos de tazas, compra puchos, yerba, más forros (muchos más), vuelve a afinar la guitarra que se queja y se queja y se queja. Pobre. Alma de blues.
Comienza a juntar los naipes de a pares, mirando fíjamente a los ojos de la yegua hablándole suavemente al oído. Shhhhhhhhhhh oooooohhhhh. Shoooooo. Yo.
No me tires los naipes, son míos. Y el tipo, tan simplemente como su simple forma de pensar se lo permite le muestra que si respira fuerte los naipes se caen. Shhhhh… ohhhh. Yo. Esta es mi casa.
Y marca una línea con gotas de sangre en el suelo. De acá para allá mis naipes, mis castillos, Björk y Tori. De acá para allá tus cascos, tus trenzas, tus inseguridades, tus gotas de sangre, tus cabalgatas nocturnas, tus ganas de volver a sentirte viva.
¿Se entiende? Hasta acá llegás vos. Ni un paso más.
La yegua lo mira con los ojos brillantes, acuáticos. Lo mira y entiende y asiente, lamiendo suávemente sus manos saladas. Lo mira y asiente, pero los dos sabemos que la geografía sentimental no se aplica en los sentimientos reales, solo en los teóricos. Solo en los abstractos.
Y esos ojos no saben de tangentes ni de resultantes gravitacionales. Solo sabe que su corazón se pone a galopar cuando ve al simple y pobre tipo acomodando los naipes una y otra vez.
Los dos, con curiosidad, picardía y complicidad juegan a respetar los límites. Por ahora. La sangre no es de verdad, los límites son de juguete, los sentimientos se cuelan por los ventiluces y los jadeos perturban el sueño de los vecinos.
SSSSSShhhhhhhh ooooooohhhh. No te vayas esta noche. No te vayas más.

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Hasta el Cuadril

Publicado originalmente el 5 / 05 / 2008

Cortes argentinos

“Meter la pata” es cometer un error, un perjuicio o daño involuntario. Por distracción, desconocimiento o simple torpeza, nuestras acciones nos llevan directamente a un desastre que, de haberlo querido calcular para efectuar adrede, no hubiésemos conseguido tamaña efectividad.
Respecto a estas hazañas de la estupidez humana, quise convocar a mis amigos. Para que, cada uno desde su propia experiencia, nos cuente sus proezas. Compartir esas anécdotas que nos recuerdan nuestra humanidad, nuestra falenciabilidad, nuestro talento para errar.
Es claro que tratamos por todos los medios de evitarlas, de olvidarlas en el caso de cometerlas y erradicarlas finalmente de nuestro comportamiento cotidiano, solo para encontrarnos con nuestra capacidad de equivocación totalmente intacta en el momento menos oportuno y privado posible. Aquí una que nunca pensé relatar públicamente, solo para su morboso disfrute. Disfruten y rían. ¡Solo quien se ríe de sus errores ha aprendido algo de ellos!

Tendría yo unos quince años, hace ya diez. En aquella época yo iba bastante a menudo a la iglesia y participaba de un grupo juvenil. Allí hacíamos lo que todos los adolescentes, salvo drogarnos, emborracharnos y tener sexo. Tal vez por eso al cabo de unos años busqué otros sitios de reunión. Pero no quiero perder la dirección. Estábamos unos pocos que habíamos llegado temprano un miércoles, cerca de las nueve de la noche. Como era verano, todavía había luz del día y algunas chicas preferían llegar temprano y ahorrarse un viaje en taxi.
Una de ellas estaba bastante triste ese día: un amigo había fallecido.
Como yo era “el gracioso” del grupo, me propuse robarle una sonrisa contándole chistes. Así que, tan desafortunadamente como me fue posible, recordé uno que me había hecho reír mucho cuando lo escuché. Decía asi:


- Mamá, mamá, ¡papá se tiró por el balcón!
- Ay, nena, que boludo, le dije que le puse cuernos, no alas.

Ni bien terminé la última plural, recordé que su amigo había muerto cuando saltó al vacío intencionalmente desde una antena repetidora de AM. Aída, así el nombre de la chica, solo se levantó y se dirigió al sanitario. Su hermana corrió detrás de ella y yo me quedé allí mismo, sin pronunciar palabra adicional, sintiendo las miradas asombradas –a falta de un término menos dañino- de los demás.

Fue en aquella ocasión que recuerdo haber deseado nunca haber contado ese chiste tan negro, tan idiota, no haber ido tan temprano esa tarde, nunca haber hablado, nunca haber nacido.

Sí, meter la pata tiene ese toque de autodestrucción y repetición posterior que nos dejan destrozados, hasta varios años después, como espinas en el ego. ¿Moraleja? Nunca más humor negro. Nunca.

Mientras buscaba en mi memoria otras metidas de pata de tal tenor, no encontré ninguna suficientemente inocente como para incluirla como “segundo round”. Cientos de otras fueron por abrir la boca en el momento inoportuno y con el vocablo menos afortunado. Sí, el que tiene boca se equivoca. Disculpen si no me atrevo a contar otros episodios, pero creo que con este alcanza.

Aquí está el sitio centralizado con todas las anéctodas: http://feeds.feedburner.com/hastaelcuadril. Los voy a ir agregando a medida que vayan publicando, entiendan que este proceso no es automático y puedo tomarme un rato. Besos.

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Inauguración

Publicado originalmente el 26 / 04 / 2008

Subway

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Metrovías S.A. organizó un concurso literario llamado “Anécdotas de viajes” cuya entrega de premios fue el miercoles 23 de Abril (2008). Realmente me tenía fe y presenté una obra. Como no gané nada, ni siquiera una mención, ni una propina, ni un “seguí participando”, aquí la publico para que puedan disfrutarla.

Era lunes al mediodía, enero y un calor insoportable. Todos parecían entrar a esa boca como si fuera el último hormiguero del mundo. Nos empujábamos para alcanzar la boletería, sacar las monedas del bolsillo sin dejar caer la billetera al suelo. Una vez en el andén el panorama no mejoraba. Al aire parecía no tener oxígeno, la humedad no se aguantaba y los ventiladores se convertían en oasis de vida. La gente se paraba pisando la línea de seguridad y algunos todavía más adelante. Mujeres con bebés en brazos secaban las gotas brillantes en sus frentes con los baberos de sus hijos. Caballeros de traje repetían el gesto con sus pañuelos y se aflojaban las corbatas. Por suerte estaba de hojotas y pantalón corto. De todas maneras, era mejor ese aire enrarecido subterráneo que el rayo del sol de la intemperie. El monitor decía que el servicio no tenía demoras y que había trenes hacia Los Incas cada ocho minutos. Habían pasado nueve cuando se escucha el sonido del vehículo. Suspiré aliviado, como si hubiese escuchado llegar el tren de la vida.
Empujando y apretando conseguí subir al vagón medio segundo antes de que se cierre la puerta. Parado, obviamente, respirando las axilas de todos, con la boca hacia arriba, como si a esa altura el aire fuera más puro. Solo era una ilusión. Me conformé con la idea de que solo eran tres paradas y me bajaba. Mi único pensamiento era “parada Carlos Gardel”.
En la siguiente estación la gente pareció enfurecer para bajar y subir, hubo algún manoteo de carteras, de glúteos, un empujón, un insulto. Nada extraño. Todo eso era parte del escenario.
La primera vez que subí a un subte pensé qué maravilla de la arquitectura, qué proeza del hombre, habitar un lugar inhóspito, incompatible con la vida, diariamente, con el único fin de evitar el congestionamiento del tráfico por unas cuantas monedas. Pero en ese momento mis ideas tomaban otro rumbo. Solo quería llegar. Esa era la única función del túnel: el transporte.
La chicharra me devolvió a la realidad. El tren se movía otra vez, ahora con más pasajeros. Todos en silencio, algunos distraían su claustrofobia escribiendo mensajes de texto en sus celulares, otros llevaban auriculares o libros imposibles de leer con el movimiento.
La última parada, menos mal, parecíamos no llegar más. Se repite la rutina anterior. Empujones, caras de poco amigo, manoteos. Subieron dos chicos a pedir monedas. Yo les di, un señor que estaba parado a mi lado ni los miró. Alguien me había dicho “la industria de la monedita mueve millones”, pero nunca lo creí. No podía entender que un chico con hambre perteneciera a una empresa tan importante. El tren se movía hacia nuestra parada a paso firme cuando de pronto se corta la luz.
No detuvo su movimiento, pero todo se había puesto oscuro. Se escucharon algunas voces femeninas con exclamaciones de desesperación ahogadas. “Ay, no”. “Que no pare, que no pare”. Por instinto metí la mano en el bolsillo y sujeté mi billetera. Imagino que todos los demás hicieron lo mismo.
La espera se hizo mucho más larga en la oscuridad, pero el tren no se detenía y ninguno pronunciaba palabra. Solo queríamos llegar, ya habría tiempo para protestar por el servicio o las condiciones de los trenes. Tampoco funcionaba el tablero electrónico.
Ya falta poco, dijo un guardia en tono de autoridad mezclada con miedo.
El sonido del tren fue disminuyendo y llegábamos a escuchar una campana. Qué raro, pensé. Debe ser que, como se cortó la luz, usan la campana para avisar que ya llegamos.
Jamás imaginé lo que encontraríamos al llegar a Carlos Gardel.
A medida que el sonido de la campana se hacía más intenso, comenzó a notarse una música detrás. Como de banda militar. Y eso fue lo primero que vimos al salir del túnel.
El andén estaba lleno de gente, pero no eran pasajeros comunes. Tenían sombreros y mocasines los varones, vestidos y abanicos las señoras. Una banda de vientos tocaba el himno nacional para un grupo de elegantes personas sobre un escenario. En la pared, donde debería decir “Carlos Gardel” decía “Inauguración”.
En cuanto vieron el tren todos los que estaban en el andén quedaron en silencio.
Nos miramos mutuamente con asombro e incredulidad. Solo el freno del tren cortaba el tiempo como una cuchilla sin fin, lo demás era silencio.
Todos nos amontonamos del lado que se baja para mirar. Ellos, los de afuera, a su vez, también se acercaron para vernos. Algunos de los granaderos que parecían ser los más jóvenes nos apuntaron con sus fusiles, pero por su expresión de horror se notaba que no estaban cargados.
Quise sacarles una foto con mi celular, pero por desgracia no funcionaba y el mismo desperfecto parecía afectar a todos los demás aparatos del tren.
El señor que no había dado monedas a los chicos dijo “Ese es Uriburu”. Todos lo miramos y lo reconocimos, pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra o insulto.
Las puertas del tren se abrieron.
Pasaron veinte segundos, los más largos de toda la historia, sin que nadie intentara bajar o subir.
Las puertas se cerraron y el tren continuó su marcha otra vez.
Apenas hubo entrado completamente al túnel las luces volvieron a la normalidad y mi celular volvió a la vida. Tenía una llamada entrante. Era mi novia.
- ¿Qué pasó que no atendías?
- No me vas a creer nunca.
- ¿Te falta mucho para llegar?
- Me pasé una estación, me tomo un taxi.
- ¿Cómo que te pasaste?
- No me podía bajar ahí.
- ¿Por qué?
- Hubiera llegado demasiado temprano.

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Verne (completo)

Publicado originalmente el 14 / 04 / 2008

La vuelta al mundo en 80 dias

Este relato puede descargarse en formato PDF haciendo clic aquí.

Caminaba lentamente frente a la biblioteca, como mirándose en un espejo de cuerpo entero. Acariciaba el lomo de los libros con la yema de los dedos, leía sus cubiertas, pero no se decidía por ninguno. Tenía la sensación de saber exactamente qué decía cada uno de ellos solo con tocarlo ligeramente.
Se alejaba unos pasos, para observar todo el panorama y se sentía nuevamente atraído hacia los estantes, cual si estuviese parado al borde de un precipicio, donde se tiene la idea de estar siendo succionado hacia el vacío. Se imaginaba que de entre las hojas salían fantasmas de antiguas historias, de escritores de siglos pasados, que lo invitaban a beber de sus palabras, mientras se alimentaban de la humedad del papel y el amarillo de la oxidación.
Las termitas que se abastecían de aquellos volúmenes eran cada vez más grandes y numerosas; en un punto de su observación sintió algo de pena por el mal estado de aquellos títulos y se dio cuenta de que la mayoría probablemente no alcanzaría el cambio de década siguiente. ¿Qué destino haría justicia a aquellos libros? Recordó esas filmaciones donde un gentío los arrojaba al fuego, meneó la cabeza, indignado. Fantaseó unos minutos acerca de las técnicas utilizadas para evadir los controles de la policía secreta, la no tan secreta, el ejército, las miradas de los amigos delatores y los niños indiscretos. Tal vez de esa década infame databan la mayor parte de los coleópteros que actualmente estaban dando por terminada su oscurantística labor como secuaces de la ignorancia.
De pronto se sorprendió con un clásico: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Lo retiró de su lugar en la letra “V”, sopló la parte superior de las hojas, retirando una buena cantidad de polvillo. Lo mismo hizo con la cubierta de cuero. Curiosamente, era tal como se lo había imaginado. La cubierta roja para Verne, las letras doradas grabadas cuidadosa pero imperfectamente por algún encuadernador, las hojas cosidas a mano con hilos que denostaban diferentes edades y añejamientos.
La primera hoja era relativamente nueva, casi no poseía un tinte amarillento. Las siguientes, en cambio, presentaban una degradación paulatina que se hacía más y más evidente hacia el centro del libro, donde parecía haber quedado una pequeña entrada de aire. Pudo percibir, aquí y allá, algunas huellas digitales entre la tinta corrida de las hojas, el inevitable sudor de las manos de vaya uno a saber qué lector. Llegando hacia la última parte se dio cuenta de que no estaba leyendo el libro: lo estaba mirando. Y en ese pensamiento se detuvo al notar que, de entre las hojas gastadas de miradas y años de humedad, caía una que estaba suelta. Al recogerla del suelo vio que lucía unas anotaciones manuscritas.
El papel presentaba una caligrafía bastante anacrónica, pero totalmente legible, a pesar de presentar algunos manchones de fibra desprendida. Decía:

“Querido amigo, felicitaciones. Si encuentra esta hoja es una persona afortunada. No solo ha disfrutado de una obra maestra de la literatura universal: Ha encontrado el mapa de un tesoro. Así es, en el reverso encontrará un domicilio al que debe concurrir munido de pico y pala para excavar, un vehículo mediano a grande y, si es tan cobarde e incrédulo como yo, una linterna, para hacer el trabajo sucio por la noche. J.M.”.

Volvió a leer las palabras dos o tres veces para convencerse de que no era un sueño y luego, con sumo cuidado, desenvolvió el papel para encontrar que en su cara posterior, efectivamente había una dirección escrita y una especie de boceto con proporciones precisas de algo que parecía ser una casa o un edificio pequeño (tenía las medidas especificadas en metros y los ángulos en grados). Guardó el papel en su bolsillo tan velozmente como pudo sin estropearlo ni añadirle dobleces dañinos, devolvió el volumen a su ubicación original, recorrió el pabellón histórico, bajó las escaleras y luego salió a la calle.
La biblioteca pública había quedado ya una cuadra atrás y sentía el sudor de los restos de tinta que aún presentaban sus palmas. Tomó el colectivo en la parada y viajó hasta su casa con las manos en los bolsillos, de tal manera que las gotitas no contaminaran el papel y no se notara que llevaba algo de valor. Le resultó bastante difícil, por que el espacio que tenía su abrigo era bastante pequeño.
Al llegar se sintió algo aliviado, pero espió desde atrás de la cortina para comprobar que nadie lo hubiera seguido. Sentía que había robado algo, pero su razonamiento le llevó hacia las tranquilas aguas de la propiedad descubierta y los derechos de hallazgo. Su conciencia, en cambio, tomaba la dirección opuesta.
Dejó su abrigo en la habitación y se dispuso, tal como lo había anunciado su “amigo” a esperar las horas vespertinas.
Hizo de todo para distraerse durante esa tarde, pero no pudo sacarse de la mente la idea de un tesoro y miraba nerviosamente hacia la habitación para revisar la presencia de su campera, frágil guardiana de su propiedad más valiosa hasta el momento.
Vivía solo, pero aún así no se sentía seguro ni siquiera para ver el papel una vez más a la luz del día. Esperaría, no hablaría con nadie y no haría nada hasta no estar amparado por las sombras.
Se sentó en su sillón a escuchar algo de Stravinski, que por supuesto solo lo puso más nervioso aún. Cambió luego de unos minutos a Debussy. “La catedral sumergida, cuántas imágenes” se dijo; y entre esas imágenes lentamente se fue quedando dormido. Soñó que entraba en la casa del tesoro, que por algún motivo tenía ratas, con la linterna y la pala al hombro. Comenzaba a cavar donde indicaba el mapa y desde el pozo surgía una maraña de gusanos que le trepaban las piernas. En segundos cubrían todo su cuerpo y al llegar al hueco de su boca aullando de terror, se despertó sobresaltado, justo al llegar a la coda del compositor impresionista. Aún era de día. Volvió a dormirse recién al concluir la pieza.
Cuando finalmente despertó ya era casi medianoche, había tenido más pesadillas, donde las ratas le quitaban la linterna, unos usurpadores le disparaban, la policía lo detenía, lo asaltaban. En ninguna de ellas conseguía ver lo que había dentro del cofre que, imaginaba, contendría el tesoro. Encendió la luz más pequeña de la cocina, se preparó y bebió una taza de café que había pagado como “cubano”. Le puso algo de crema en polvo y edulcorante, lo bebió hasta la mitad y fue hasta la habitación a buscar el mapa en el bolsillo.
Lo llevó hasta la mesa aún plegado y notó que las manos le temblaban. No podía definir si era por miedo, nervios, ansiedad, codicia o algo más. Volvió a leer la dedicatoria y ahora, a la luz incandescente, pudo confirmar que la caligrafía era como las que había visto en algunos libros restaurados a mano. Debe ser de algún encuadernador o asistente de, pensó.
En la otra carilla, donde creyó haber leído un domicilio, en realidad eran letras y números, no palabras, siendo las últimas dos “JM”, entre signos de admiración.
Justo debajo había un rectángulo acotado, que explicaba un cuadrado de cinco metros de ancho por cinco de alto, dos ángulos a cuarenta y cinco grados que dividían al cuadrado en la proyección de cuatro triángulos de distintos tamaños, señalando un punto, como si fuera una letra equis.
Lo miró durante un rato, que poco a poco fue transformándose en horas y así lo sorprendió el día, nuevamente, sin haber dormido nada.
Hizo una copia de las letras y números en otro papel y, apenas se hicieron las ocho, salió a la calle dispuesto a volver a la biblioteca. Tal vez alguien ahí podría ayudarlo en su búsqueda. Quizás la idea de compartir el tesoro no era tan mala, especialmente si tenía en cuenta que no podría alcanzarlo nunca por sus propios medios y conocimientos.
Volvió a subir al tercer piso del edificio, por el ascensor, sin cometer el improperio de regresar al pabellón histórico. Se dirigió, en cambio, hacia el ala opuesta, donde un caballero de lentes, algo calvo, sonreía ante un libro de tiras cómicas. Tenía un distintivo en el pecho que lo delataba como empleado de la biblioteca. Habló al hombre con un inevitable tartamudeo, preguntándole si por casualidad sabía qué significaban esas letras y números que tenía anotados. Claro, respondió el empleado, es una partida de ajedrez. Los libros de ajedrez están en el piso de arriba. Muchas gracias, respondió, guardó el papel con la misma artificiosa lentitud con que lo había retirado del bolsillo y subió las escaleras.
Allí se pasó toda la mañana viendo libros de teoría e historia del ajedrez, donde había fotografías de jugadores que nunca había escuchado nombrar, partidas explicadas y analizadas en detalle hasta desmenuzarlas en simples letras y números. Una vez que se convenció de estar seguro de cómo recrear una partida desde una trascripción, pidió a la muchacha encargada de ese sector que le facilitara un tablero. Lentamente, como si estuviera desenrollando un pergamino milenario, fue armando la partida tal como estaba en su papel. Pero al llegar al último movimiento no se había producido jaque mate. Jota-eme, dijo en voz baja. Dejó el tablero allí mismo y bajó a la cafetería de la biblioteca para recuperar un poco la inteligencia que había perdido con el insomnio. Se pidió un café doble y un tostado. Casi se quedaba dormido y los párpados le pesaban toneladas. Se sentía mal, como si tuviera la presión baja, los ojos le ardían y se notaba malhumorado y extenuado. Abandonó el tostado a la mitad, pero el café lo bebió completo.
Volvió a subir al cuarto piso por las escaleras y en su mesa, mirando su tablero con detenimiento, estaba el hombre calvo de lentes. Corriendo, quiso gritarle qué estaba haciendo, que no moviera nada, pero el grito lo expresó susurrando, llamando la atención de algún que otro lector aburrido.
Nada, solo miraba, explicó sonriendo el pelado. ¿Cuántos movimientos hacen falta? preguntó curioso. Uno.
Sí, fue lo que pensé. Esta es una partida histórica, ¿sabe? entre Kárpov y Capablanca. Aquí ganan las blancas con un movimiento que, de no efectuarse, daría la victoria a las negras, también en uno. No pudo resolverlo, ¿verdad?
No, respondió tímidamente. Se sentía avergonzado y ridículo. El buen empleado solo trataba de ayudarlo y además parecía fascinado con la partida. Vea, le dijo, el alfil aquí ¿comprende?
- Ohhhh…
Pero esa vocal profunda de barítono escondía un descubrimiento mucho más práctico que ajedrecístico. De alguna manera, la mano de su despreocupado ayudante le había recordado, al trasladarse sobre el tablero, que la zona de la ciudad donde se encontraba la biblioteca era una grilla perfecta, que lindaba hacia los cuatro puntos cardinales con plazas y parques. Tenía, exactamente, ocho manzanas por ocho manzanas. Ya sabía, al menos, cuál era la manzana que escondía el tesoro. La posición del alfil blanco le indicaba el lugar justo en el tablero ajedrecístico que formaba la grilla urbana.
Salió de la biblioteca tan aprisa que olvidó dar las gracias al calvo de gafas y volvió a su casa. Durmió toda la tarde con el papel duplicado entre las manos.
Al despertar, otra vez era de noche, aunque apenas pasaban las diez. Buscó el mapa original en su escondite y sacó un mapa de la ciudad de otro cajón.
Allí trazó, con un marcador rojo, el contorno de las ocho manzanas cuadradas de su tablero ideal y marcó con una cruz el lugar que había calculado. Ahora el área de búsqueda solo tenía una hectárea edificada.
Pidió un taxi por teléfono y se dirigió al lugar con los dos mapas torpemente escondidos dentro de un periódico deportivo. Al llegar, la desilusión fue aplastante: la manzana tenía edificios de departamentos de hasta veinte pisos de alto. Primero tendría que encontrar el lugar exacto para luego seguir con el piso exacto. Miró el cartel con los nombres de las calles en la esquina donde se bajó del vehículo. Juan Manual de Rosas y José Martí. Insultó. Aquel juego ya comenzaba a parecerle perverso. Se sentía utilizado como juguete de algún ajedrecista mentecato. Caminó por Martí unos metros, pensando. Miraba el interior de los locales y reía socarrón, mirando hacia el cielo, cada vez que encontraba uno con piso cuadriculado en blanco y negro. Al llegar al 1877 recordó que Capablanca usaba las blancas en la partida estudiada. El ajedrecista, según había aprendido esa mañana, era cubano, igual que José Martí. El bar que estaba justo frente a sus ojos se llamaba “Cuba” y era uno de los tantos con piso cuadriculado monocromático.
Entró y pidió una cerveza, aún era temprano y no había mucha gente. Pensó que era inútil llegar de noche a ese lugar de pernocte, que lo mejor sería actuar a plena luz del día. Tal vez disfrazado de plomero que arreglaría el sótano, por supuesto esa indumentaria sería muy fácil de conseguir: solo tendría que abrir su guardarropa y ponerse el mismo uniforme que usaba diariamente en su trabajo. Esa idea no le parecía tan mala, solo que tal vez podrían reconocerlo si se presentaba al día siguiente. Por lo tanto abandonó su botella sin comenzarla y se retiró cubriéndose la cara lo mejor que pudo, con el periódico.
Esa noche durmió mucho mejor, soñó que era millonario, tenía una casa grande y lujosa, una empresa de plomería, un Audi A4, una esposa con pechos grandes, dos hijos varones y muchas otras cosas que el dinero puede comprar y otras que no.
Al despertar eran casi las siete de la mañana. Se puso su uniforme de trabajo, tomó las llaves de la pequeña Fiorino que usaba para visitar domicilios laborales, cargó la pala, sus herramientas habituales y salió directamente hacia el café “Cuba”.
Tardó cerca de veinte minutos en llegar hasta el lugar. Estacionó justo en la vereda frente al local. Espió hacia el interior desde su utilitario, contó al guardia en la puerta y a un hombre pequeño de suéter que tenía más aspecto de contador que de cajero de bar.
Se puso su gorra de “Pedro el Plomero” para completar el disfraz y bajó caracterizando un personaje que utilizaba a diario para trabajar. Dio buenos días al guardia y entró sin que éste lo detuviera.
Adentro caminó hasta la barra, a la misma altura donde había estado sentado brevemente la noche anterior. Dijo al empleado que venía a revisar las instalaciones del sótano. El diminuto encargado le señaló la escalera descendiente sin mirarlo. Su plan había funcionado perfectamente.
Cruzó una puerta de vaivén y bajó al subsuelo después de encender la luz con una cadenita que había cerca del dintel.
El nivel estaba casi completamente ocupado con cajas de plástico de gaseosas y cervezas y tenía algunos estantes con botellas de vino llenas de telarañas y polvo.
Sacó el mapa del bolsillo y se dio cuenta de que no tenía brújula para saber cuál era el norte en ese lugar subterráneo. Volvió a guardarlo, subió y salió para buscar la pala y herramientas en su vehículo.
Al regresar, el empleado le preguntó si tardaría mucho, por que ya estaba cerrando y tenía que irse a su casa. Le dijo que llevaría unos quince o veinte minutos, lo de siempre. Bien, entonces le dejo la llave al guardia, avísele cuando salga y después él me la lleva a casa, casi siempre hacemos así. Muy bien, respondió con cortesía y sin más conversación volvió a descender al piso inferior.
Corrió un poco las cajas para encontrar que, en la pared norte del ambiente, había unos cerámicos cuadriculados, iguales a los de un tablero de ajedrez. Allí era, no cabía duda alguna. Se acercó hasta esa pared, sacó una pequeña amoladora de su caja, la enchufó y comenzó a cortar el contorno del cerámico que producía el jaque mate en la partida recreada en la biblioteca la tarde anterior.
Detrás del cuadrado que retiró solo encontró revoque y cemento. Tomó la maza que había traído y comenzó a golpear en el hueco que formó en la pared. Así retiró una buena cantidad de escombros, rompió las baldosas aledañas y levantó una importante nube de polvo. Mientras golpeaba, sintió que alguien le silbó detrás. Era el guardia. Le preguntó qué estaba haciendo, a lo que respondió con frialdad y desidia profesional que había una pérdida de agua detrás de esos cerámicos y que probablemente tardaría algunos minutos más en encontrar, que a lo sumo en una hora ya habría terminado y todo quedaría imperceptible. Antes de que terminara la frase, el guardia estaba tomando una botella de vino y comenzaba a retirarse subiendo la angosta escalera.
Solo suspiró aliviado al escuchar el sonido del corcho. Si éste se queda dormido tengo toda la mañana, calculó.
Continuó la perforación ayudándose con una cuña. Hubo cavado unos veinte centímetros hacia el interior del muro cuando siente que choca contra algo metálico. Un golpe y otro más fuerte terminaron por romper genuinamente una cañería que transitaba justo a esa altura, cuyo chorro de agua le mojó todo el rostro y empezó a inundar el sótano.
En ese momento desenchufó la amoladora, para evitar un cortocircuito y subió corriendo a preguntarle al guardia si sabía dónde estaba la llave de paso, que el caño pinchado había terminado de romperse. Al guardia meneó la cabeza y le recordó bruscamente que él no era plomero, que ese era SU trabajo. Que si ensuciaba algo tendría que limpiarlo personalmente, por que los de limpieza ya estaban todos en sus casas y no volverían hasta la noche siguiente.
Volvió a bajar corriendo y vio que todo el sótano ya mostraba una capa de agua y barro de dos o tres centímetros. En puntas de pie corrió hasta la pared rota y metió la mano en el hueco, tratando de detener el chorro con sus dedos. Actitud totalmente inútil, debido a la importante presión que corría por ese ducto. Sin embargo, al cabo de unos segundos el líquido comenzó a mermar hasta cesar completamente.
Retiró sus dedos, algo confundido y se quedó mirando el hoyo. Corrió preventivamente su rostro, en caso de que el agua decidiera regresar abruptamente. Todavía no salía de su asombro cuando escucha nuevamente los pasos del guardia en la escalera. Esta vez venía provisto de un balde y un trapo. Se lo dejó sobre el último escalón, sacó un cigarrillo de la cajetilla, buscó su encendedor en el bolsillo trasero y se sentó allí mismo.
No pronunció palabra, pero el plomero devenido en buscador de tesoros entendió perfectamente que tendría que secar todo delante del ligeramente alcoholizado guardián.
La tarea le llevó cerca de una hora en absoluto silencio, tiempo suficiente para que el sótano se llene del humo de cigarrillo de ambos caballeros. Una vez que concluyó, el hombretón -sin moverse de su asiento- le dijo que la llave de paso estaba arriba, justo debajo del interruptor de la luz. Caminó hasta él y le alcanzó la mano en señal de saludo.

- Jorge Mora, guardia de “Cuba”, mucho gusto.
- Pedro Álvarez, plomero, un placer.
- Así que una cañería pinchada ¿eh?
- Sí, sí –respondió, mirando el suelo que todavía no terminaba de secarse.
- ¿Nada que ver con una búsqueda de tesoro?
- ¿Perdón?

El guardia lo miró sin mover un músculo de su macizo rostro.

- Bueno, en realidad… –dudó el plomero.
- ¿En realidad?
- En realidad estaba buscando esto – sinceró dándole el mapa.

Haciendo un esfuerzo visual, el hombre de negro examinó el papel durante unos momentos –que al plomero le parecieron siglos- y finalmente exclamó, como comenzando a entender: ¡Ajá!

- Usted debe ser el tercero o cuarto idiota que viene con el mismo papel, tratando de perforar todo nuestro local. No sabe cómo está el baño de huecos y parches en los azulejos. Este sótano tiene más perforaciones que un queso y ninguno encuentra nunca nada. Algunos hasta vienen con una orden de allanamiento con policías o tipos disfrazados de policías y nos cierran el bar todo el día, rompiendo acá y allá. ¿Usted cree realmente que si hubiera un tesoro aquí yo estaría trabajando como guardia todavía?

El plomero no respondió nada, se sentía grotesco y criminal, como un niño regañado. Respóndame, insistió el guardia. No.

- Claro que no. Por favor repare el caño con un poco de masilla, reponga el azulejo que rompió y la botella de vino que se bebió ahora mismo y en efectivo.

Extendió la mano nuevamente, pero esta vez con la palma hacia arriba, exigiendo el dinero.
Pedro buscó la billetera y sacó un billete de cincuenta. Lo depositó en la mano callosa que tenía frente a sus ojos. Ésta no se cerró ni retiró. Extrajo otro billete más de la misma nómina que pareció surtir efecto.

- Es un placer hacer negocios con ustedes, “buscadores de tesoros” – burló el sobornado y se retiró hacia el piso superior sin dejar de reír.

El plomero reparó el caño con un poco de masilla, guardó sus herramientas en la caja, dejó el balde sobre el sumidero que había servido de vía de salida para el agua y lo siguió. Antes de apagar la luz echó una última mirada al profanado sótano. Dijo hasta luego al guardia sin mirarlo, arrojó las herramientas al interior de su Fiorino y arrancó insultando en silencio.

FIN

Epílogo:

El guardia volvió a bajar, controló que el piso estuviera completamente seco, sacó el mapa del bolsillo, lo besó y volvió a guardar. Cerró el local como ya estaba acostumbrado y tomó un taxi hasta la biblioteca. Subió por el ascensor, saludó al hombre calvo con un beso en la mejilla, le dio un billete de cincuenta y dijo: lo voy a poner en “Cinco semanas en globo”, me llevo “Viaje al centro de la tierra”. El calvo asintió con la cabeza y respondió: “menos mal, con ése la última vez casi te perforan hasta el túnel del subte”. Ambos caballeros rieron como se hace educadamente en el interior de una biblioteca.

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Historias desde un retrato

Publicado originalmente el 4 / 04 / 2008

La foto elegida

Junto con Manuela de “Aquavioleta” y Mägo de “Si molesto me quedo” jugamos a contar diferentes historias desde una misma imagen. Cada uno de nosotros eligió un personaje de la fotografía y comenzamos. Pusimos algunas reglas en común, para que las historias tengan cierta coherencia, pero casi todo se dejó librado al azar. Si no me creen, lean sus historias y comparen.

San Miguel de Tucumán, 14 de febrero de 1895.-

Querida tía:

Sé que hace mucho tiempo que no te escribo y aprovecho que el día no es tan caluroso para contarte algunas cosas. Ojala esta carta no tarde mucho en llegarte, quisiera meterme en el sobre y darte un abrazo fuerte cuando lo abras. Hace tanto tiempo que no nos vemos que ya casi me olvido de tu cara, pero siempre me acuerdo de tu arroz con leche y el día que me llevaste a conocer el Cabildo.

Hace unos días, para mi cumpleaños (¡ya tengo diez años!), vino un amigo de papá de Buenos Aires, que es fotógrafo y nos tomó una fotografía a todos juntos. ¿Podés creer tía? ¡Una fotografía! Te la mando para que tengas un recuerdo mío y de todos nosotros. Yo soy la segunda de la izquierda, pero seguro que ya me reconociste. ¿Estoy más alta que la última vez que me viste? No debe notarse mucho, como estoy sentada.

Ahora ya no tengo tanta fiebre como al principio, pero cada vez puedo moverme menos. Incluso ahora me duele muchísimo la nuca cuando escribo, pero te extraño mucho y mientras pienso en vos te siento aquí, a mi lado, como si estuviera sentada en tu falda y ya me siento mejor.

Mamá y mi hermana me cuidan todo el tiempo y siempre están pendientes por si necesito algo, me llevan en brazos adonde quiero ir y nunca se ponen de mal humor cuando les pido cualquier cosa. Incluso ese día me llevaron a la iglesia, que hacía mucho tiempo que no iba, me confesé y escuché misa. ¡Hasta el padrecito le dio permiso a papá para que me lleve en brazos a tomar la Comunión! ¡Estaba tan feliz!

El médico dice que si muevo un rato los brazos antes de dormir y al despertarme, los dolores en el cuello deberían irse, pero cada vez me cuesta más y mamá tiene que ayudarme a llevarlos hasta arriba, aunque me caen algunas lágrimas. Mister Wild, mi profesor de inglés, me contó que tenía una sobrina muy parecida a mí y que falleció hace unos años, también de polio. Se llamaba Carmen.

Ahora salgo cada vez menos de la habitación y solo tomo clases con mis profesoras. Papá no cree que esté bien que un hombre adulto entre en mi habitación cuando yo estoy en cama, así que ya no tomo clases de inglés. Es una lástima, por que Mr. Wild siempre me hacía reír. De todas formas, Frau Lieber me está enseñando a cantar algunos “lieder” de Schumann, que toca en el piano. Tengo que llevar el pulso aplaudiendo y se me complica cuando hay síncopas, pero es muy divertido cantar en alemán. Me siento como una soprano muy rubia y muy gorda, parada en un escenario vienés. A veces mi hermanito deja de jugar, se mete en la clase y aplaude cuando termino de cantar.

No quiero que te pongas triste con lo que te cuento, yo estoy muy feliz por lo que me ha tocado vivir. Tengo cuatro hermanos que me consienten siempre y una hermana que no mide coscorrones cuando se ponen molestos conmigo. Mamá siempre me cuida y me pregunta cómo me siento, si necesito cualquier cosa. Papá no está mucho con nosotros, debe ocuparse de los negocios del campo, pero cuando llega a casa los fines de semana se pone a jugar con todos y siempre besa a mamá en la boca. A mi me hace picar.

El vestido que tengo en la fotografía me lo regaló ese día Mademoiselle Pauline, mi profesora de francés. Ella me dice que de niña solo tomó clases de francés, por que su papá pensaba que con ese nombre sería muy buena. Nunca estudió matemática, ni latín, ni música. Es curioso, sus alumnas son todas niñas. A veces llora cuando mis hermanitos le jalan el cabello, entonces mi hermana los corre a escobazos por toda la casa. Mamá no les dice nada y casi no cruza palabra con ella. Será que fue idea de papá traerla a la casa.

Ella no me hace escribir, por que sabe que me cuesta mucho, además nunca me entiende la letra. Pero practicamos fonética haciendo algunas obras de Molière. La última vez hicimos “Les précieuses ridicules” y todos teníamos un personaje, hasta papá. Mamá nunca quiso actuar con nosotros por que dice que no le gusta el francés, pero yo creo que le da vergüenza.
Me gustaría poder viajar a verte, pero es más probable que seas vos quien venga la próxima vez. Si querés podés quedarte a dormir conmigo en mi habitación, ya no estoy tan chiquita, pero extraño el perfume de tu camisón, tía.

Todos acá te mandan saludos y te dicen que te quieren mucho. Me gustaría que cuando vengas conozcas a Mr. Wild, es soltero y de buena familia. Si tienen una hija me gustaría que le pongas mi nombre.

Besos

Tu sobrina

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Las tardes del sol, las noches del alba

Publicado originalmente el 3 / 04 / 2008

Exorcismo


Las tardes del sol, las noches del alba, mi versión
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Todas las tardes del sol, todas las noches del alba
todas las cosas perdían color, todo en el aire flotaba
Niña bonita, mi amor, ¿qué es esa cabeza gacha?
Todos preguntan qué hicimos con vos, por que no come ni habla

Algo andará pasando, andará rondando por Villa Guay

Hay un extraño fulgor entre las flores del agua
Ella se esconde y sus ojos no ven, ya no hay registro de nada
Hasta que un día después algo cambió en su mirada
Solo repite una frase en inglés, ojos de india sagrada

Y ella no quiso ver sus caras de terror,
lloraba eternamente sola “I love you, love you so”
La desesperación, los gritos del horror,
Santa Rosa de Lima abandonó su corazón

Y el pueblo decidió que había una razón
sonaron las campanas, era la fuerza de Dios

El mal tomó su piel, también tomó su voz
Nunca aprendió el inglés, el exorcismo será hoy
“I love you, love you so… I love you, love you so”

Algo andará pasando, andará rondando por Villa Guay
(Fito Paez)

Mientras afuera de la habitación ambos padres conversan con el cura, adentro la niña de ojos rasgados tiembla de fiebre y está tan débil que ni siquiera atina a secarse las gotas de sudor frío de su frente. Conversan es una forma de decir, en realidad solo la madre pronuncia algunas palabras, mezcladas con lágrimas. El padre se limita a mirar por la ventana, a una distancia que le permite oírlos a ambos y, si ese es su deseo, dirigirles la palabra sin levantar demasiado la voz. Aunque esta forma de comunicación siempre le había resultado desconocida y a todo el mundo se dirigía vociferando: así conseguía una sensación de supremacía que le recordaba a su padre, que además añadía siempre groserías. Él trataba de evitarlas siempre que podía, pero en esta oportunidad está fuera de sus cabales cívicos. Fueron esos hijos de puta; y vuelve a guardar silencio.

El cura le suplica en todo lo que humanamente puede, que no adelante conclusiones, que la policía debe ocuparse del tema y que, de todas maneras, de la justicia de Dios nadie escapa.

Con esto último los tres quedan en silencio, pero ninguno satisfecho, ni mínimamente conforme. Pero al cura nada se le discute personalmente. Es como discutirle a Dios. Eso únicamente se hace en privado, usualmente en la cama matrimonial, luego de que todas las lámparas estuvieran apagadas, con un inevitable sentimiento de clandestinidad y culpa. Yo te digo china, fueron esos hijos de puta de los Velasco. Esos se la llevaron al río y ahí vaya a saber uno qué cosas le abran hecho a la indiecita. No sé viejo, no sé. Creo que hay que ver qué dice la policía, tiene razón el padrecito. No vieja, la policía nunca hace nada y el cura te dijo eso para que yo no los reviente con la escopeta. No viejo, no hagas locuras. No hablaron más esa noche. La vieja se durmió cuando terminó de llorar o tal vez antes. El viejo no.

A la mañana siguiente, cuando la niña despertó ya se sentía mejor. Las convulsiones no habían regresado y la fiebre había bajado un poco. Se sentía un poco débil, pero se conocía suficiente como para saber que estaba sanando. Se quedó un largo rato en la cama, viendo por la ventana como el sol subía, junto con la temperatura, el canto de los pájaros y las cigarras. Su madre entró en la habitación con una bandeja que solo usaban en ocasiones especiales, trayéndole un desayuno sustancioso. Apenas había cruzado la puerta cuando se escucha el sonido de un disparo. Ninguna de las dos mujeres se sobresaltó. Pero el sonido no venía de muy lejos. La quinta de los Velasco. Ese pensamiento hizo que la vieja se desplomara con bandeja y todo al suelo justo en el momento de escuchar la segunda detonación. La chinita gritó mamá, mamá, echándole aire con un abanico. En ese momento terminó de comprender lo que había ocurrido. Ya había pasado casi una semana entre delirio e inconsciencia desde entonces. Había ido al río a lavar algo de ropa, pasó frente a la quinta de los Velasco, los saludó y siguió su camino como siempre. Al llegar a la rivera se quitó la ropa para bañarse y entró al agua con el canasto. Allí estuvo un buen rato, fregando la ropa contra las piedras y jabonándose. Sabía que nadie la veía en ese escondite y solía pasarse el día desnuda entre las rocas. Ese día en cambio alguien la había visto. Era Mister Wild, un docente inglés que hacía unos pocos meses vivía en el pueblo. Se ocupada de dar clases a familias adineradas de las chacras que pensaban que una educación bilingüe en sus niños les daba prestigio. El hombre la golpeó en la nuca con una roca y recuerda caer al agua, no poder respirar, un dolor en su parte femenina y luego un fuerte zumbido en los oídos. La encontraron por la noche, cincuenta metros río abajo, todavía desnuda, pero cubierta con la misma ropa que había estado lavando. Los días siguientes fueron como una pesadilla. Estaba en el río ahogándose, estaba en su cama con fiebre. Estaba en el río lavando, estaba el cura echándole agua bendita. Estaba lavando la ropa, estaba despertando en su cama. Los Velazco, los velazco repetía la vieja queriendo volver en sí.

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