En eso se da cuenta de que el tipo lo estaba mirando y desvió rápidamente la vista hacia el barman. Le alcanzó tres pesos y dijo gracias loco. Se quedó contemplando su copa de vino de la casa, como quien contempla las opciones que le quedan cuando el plan A falla. Bebió un sorbo, tratando de encontrarle algo de sabor a uvas entre tanta agua y despojos de mosto, “Selección 2008” se dijo, cuando siente que lo tocan en el hombro. Era el tipo de la manga sin camisas, le dijo disculpá, pero las chicas no quieren bailar solas, vinieron de levante y yo no puedo con las dos. ¿Me entendés? No sé si venís a aprender a bailar tango, pero me parece que a ellas les interesa que aprendas, al menos esta noche. ¿Qué decís?
El timbre colorido y los gestos del instructor no dejaban sombra de dudas, era gay. Bebió el vaso hasta el final de un trago, ya no quedaba mucho de todas formas y le dijo vamos.
Trató de caminar hasta la pista pareciendo más alto, más seguro y más viril de lo que acostumbraba. Parecía funcionar, por que las dos chicas lo miraban a él, pero en seguida se dio cuenta de que otra opción masculina no tenían. Ese pensamiento no le dio pena.
El tipo se le acercó al oído y le preguntó su nombre en voz inaudible. Él respondió con la misma intensidad, sin mirarlo. Códigos.
Con ese carisma símil femenino, el hombre les dijo a las chicas, “Bueno, chicas, les presento a Javi, un amigo que pude convencer hoy por fin de venir al taller. ¿Vieron? Les dije que tenía amigos lindos.”
Y luego continuó, Javi, te presento a Andrea, veinte años, soltera, alquila en Palermo. Se dieron un beso y mucho gusto, Javier. Y ella es Macarena, pero no la mires que está casada. Risas nerviosas, besito de saludo y mucho gusto. Los tres nuevos conocidos se habían ruborizado. A Javier ese pensamiento tampoco le dio pena.
Pero no sé bailar tango, es la primera vez que vengo. No te preocupes, acá Andrea estuvo practicando, también es la primera vez que viene y seguro se van a entender bárbaro.
La chica se le acercó y colocó el brazo por encima de su hombro. Javier sintió que una mariposa se le había posado y todo el resto de la gente que estaba en el lugar comenzaba a desaparecer. Luego Andrea le tomó la mano y se le acercó aún más, poniendo la frente en su pecho, con la mirada ladeada hacia la izquierda.
Y así se dejó llevar por ella. No hicieron falta diez segundos para que se diera cuenta de que obviamente no era la primera clase de tango de Andreíta, de veinte años, que alquila en Palermo. En realidad no importaba. Se sentía bien. Se sentía rico. Y poco a poco el mundo se había reducido a ese local fileteado y con olor a desinfectante. Eso tampoco importaba.
Después de nunca sabremos cuántos tangos, el instructor se le acerca a Andrea y le susurra algo al oído. Se la lleva de la mano y Javier se queda parado en medio de la pista, junto con la otra chica, ah sí, Macarena. ¿Bailamos nosotros? Claro.
Macarena repitió exactamente los mismos movimientos y pasos que su amiga. Pero algo era diferente. Ahora sentía que todos los estaban mirando, se sintió ridículo tratando de bailar tango como quien baila un lento en un asalto de Cañadón Seco. Por suerte los otros dos no tardaron en volver, la chica ya tenía puesto su abrigo y le preguntó: “¿Te llevo?”.
Javier sintió que en ese momento Dios se había acordado de él. Se habían desvanecido la quemadura en el piano, su mala caligrafía, el agua venenosa, las hormigas diabólicas, el canillita, los linyeras de la puerta y Willy Crook. No comprendía aún la razón. Esos ojos lo eran. Esos ojos que lo veían a él, que no era invisible, que se había materializado, que podía hablar y ser oído, que tenía un corazón que en vez de bombear nicotina, llevaba sangre y oxígeno a su cerebro. Cerebro que no tardó una décima de segundo en responder. “Sí, por favor”.
Andrea se despidió de su amiga con un comentario privado, Javier estrechó la mano del profesor y le dijo “gracias… gracias loco”. El histriónico mentor de danzas solo le guiñó el ojo.
Salieron y había refrescado, menos mal hoy estaba insoportable ¿no? Sí, no se aguantaba, respondió Javier sin entender bien cual había sido la pregunta.
Caminaron hasta el auto de la chica y mientras ella ponía la llave en la puerta le pregunto: ¿Por qué será que cuando la gente no sabe sobre qué hablar, habla del clima?
Supongo que es por que en realidad se quieren decir otras cosas pero primero necesitan romper un poco el hielo, reflexionó ella. Puede ser, cerró Javier y se subió al vehículo.
El interior del coche estaba impecable, como recién salido del lavadero, con el aroma a lavanda de esos pinitos que regalan ahí.
- Uy, nos olvidamos el cd de regalo con los tangos. Estaban buenos.
- No te preocupes, cortó ella, tengo como cuatro de esos discos, la gente nunca se los lleva y Santiago siempre prepara una compilación diferente.
- En realidad yo no lo conocía de antes, sinceró Javier.
- Ya lo sé, en realidad no era mi primera clase.
- Sí, me di cuenta.
- Y Macarena es la esposa…
Javier abrió la boca como para decir “Ah”, pero ningún sonido salió.
Salieron y se encaminaron hacia Puerto Madero. Allí dieron unas vueltas; todavía no era medianoche y la gente no había salido de los teatros, así que se podía transitar a velocidad normal.
Hablaron de todo, el le contó que estudiaba música y tocaba el piano, ella le pidió que algún día le muestre alguna de sus obras. Por supuesto. Ella habló de su trabajo de telefonista en la empresa para la que trabajaba, no es telemarketing, acá la gente me llama a mi, pero para hablar con otra persona. También mencionó sus estudios de psicología abandonados hacía poco y cómo conoció a su instructor de tango.
Vamos a tomar algo, ¿querés? Invitó ella. Dale. Cinco minutos después, Javier notó que estaban viajando hacia Palermo y ese pensamiento le dio mucha alegría.
Antes de entrar al departamento de Andrea, Javier le dijo: Qué bueno conocer gente tan copada como Santiago ¿no?
Es un maestro, dijo ella y lo besó dulcemente en la boca.