
John Cusack caracterizando al miserable Craig Schwartz en “Being John Malkovich” (1999)
Este relato comenzó como un artículo con consejos para bloggers, pero me pareció más entretenido contarlo como una pequeña crónica de un periodicista imaginario (o no tanto) y su rutina de producción diaria. Ojalá no se sientan muy identificados y se rían mucho.
Suena el despertador, se levanta y de un salto se sienta frente a su computadora. Revisa el contador de visitas antes de desayunar. El número le indicará su estado de ánimo para el resto del día. Como no queda satisfecho con la cantidad, a continuación lee los comentarios que le han dejado sus visitantes. Obviamente los comentarios no son datos estadísticos neutrales y abstractos: son personas físicas que responden a sus entradas. De la cantidad y calidad de comentarios (que incluyen toda clase de insultos anónimos, pedidos de enlaces y anotaciones ajenas a sus artículos) dependerá su autoestima el resto del día. Ya que está conectado, responde los comentarios que ha recibido, sin borrar los insultos, ni las demandas de link. Con todo respeto pide a los anónimos que se identifiquen. Antes de dejar su escritorio, revisa sus emails, por las dudas alguno de sus lectores le haya escrito por este medio. Por supuesto solo borra spam: nadie se acuerda de él, ni siquiera sus amigos ni parientes. Tampoco le escribe a ninguno de ellos.
Como dije, todo esto ocurre antes de desayunar, antes de lavarse los dientes, antes de estar completamente despierto: ya se siente miserable. A continuación, la jornada continúa normalmente y se dirige a su trabajo. Es un blogger en relación de dependencia que debe trabajar para poder pagar su conexión a internet. Como siempre se le ha hecho tarde y sale sin desayunar.
Apenas llega a su puesto de trabajo, abre su navegador y repite la rutina autodestructiva antes de tomar su café. Revisa el contador, los comentarios y los emails cada vez que tiene un momento de tranquilidad, cuando termina con sus tareas o simplemente cuando nadie le está viendo.
Durante el almuerzo no habla con nadie, solo piensa en qué publicará esa noche. Al salir de trabajar regresa directamente a su domicilio, a su weblog. Otra vez revisa el contador, los comentarios y los emails. Abre su lector de RSS para ver en qué andan los 300 weblogs a los que se ha suscripto, (pensando en que cada uno de ellos es un lector en potencia). Compara cruelmente las pocas cosas que llega a leer con las que él mismo escribe. Se siente mal, un escritor mediocre.
Prueba dejar un comentario en alguno de los mejores blogs que lee, pensando que de esta manera recibirá más visitas y comentarios. Al abrir el sitio se da cuenta de que, antes que él, ya hubo cuarenta comentaristas. No se siente con ánimo de leer tanto y finalmente no escribe nada. Además no quiere quedar tan abajo en la chorrera de comentarios donde, a su entender, nadie lee.
Una vez que su rutina diaria de revisar-leer-comentar ha concluido, no está de humor para escribir un artículo, pero lo intenta igual. Abre la pantalla en blanco y la observa durante unos treinta minutos, mientras bebe un café, fuma un cigarrillo o hace cualquier otra cosa que nada tiene que ver con leer y escribir. Digamos, pasa un rato frente a esa cruel pantalla vacía. Se da cuenta de que está perdiendo el tiempo y que se le hace de noche. Entonces desespera. Tal vez debería reconsiderar su idea original de publicar TODOS los días. No. Hay que ser paciente. Otra vez se sorprende mirando la televisión sentado frente a la pantalla en blanco de su weblog. Otra vez presión. Busca en google cualquier cosa digna de publicación. Por cierto, si ya está en Internet, ya está publicado. Este descubrimiento lo hace sentir aún peor, pero confía en que sus tontos lectores no se darán cuenta de la estafa.
Busca entre sus emails alguna presentación de powerpoint, alguna cadena, algún chiste, algún algo. Cualquier algo para publicar. En esta actividad pasa al menos una hora puteando por que no sabe qué escribir. Cada vez más presionado por la hora.
Finalmente se le ocurre algo: publicará un video de youtube de una canción con la lírica abajo. ¿No es brillante? No, pero es su blog y puede hacer lo que quiera. Además, un pequeño descanso intelectual -piensa- lo hará refrescarse y obtener algo de mejor calidad para la próxima.
Busca en youtube el video en cuestión, luego la letra en google. Copia y pega en su pantalla en blanco. Antes de apretar el botón “publicar” vuelve a revisar su contador, sus comentarios y sus emails.
Publica -finalmente- y lo llaman a cenar. Antes de dejar la silla se da cuenta de que hay errores en la letra y que el video que eligió está incompleto. Pasa la comida tragando y pensando en que debe volver rápidamente a su computadora para corregir el craso error. Termina de comer antes que todos, vuelve a la computadora y, con mínima satisfacción, hace las enmiendas necesarias.
Revisa el contador, los mails y los comentarios otra vez, pensando en aquellos que lo visitaron mientras cenaba. Nadie, claro. Vuelve al comedor, a terminar el postre, el café y el cigarrillo. Ya todos terminaron y se queda solo.
Mira un rato de televisión, tal vez se le ocurra algo bueno para publicar entre las noticias, alguna serie o película. Ya ha pasado la medianoche. Antes de ir a dormir, quiere repetir su rutina destructiva: revisar contador, comentarios y correo. Se da cuenta de que su hosting está efectuando tareas de mantenimiento y su weblog está FUERA DE LINEA.
Cuando no tiene internet en su casa puede ir al locutorio, o a la casa de un amigo o utilizar la del trabajo. Si no puede contar con ninguno de ellos revisa los comentarios y mails desde su teléfono celular.
Pero cuando hay mantenimiento en el hosting, se siente morir. Toda su vida gira en torno a un sitio. Ese weblog que ahora está descerebrado, muerto. Momentáneamente. Pero Jacinto se siente morir igual y se acuesta a tratar de dormir, entre insultos y maldiciones. Tal vez mañana temprano ya estará otra vez funcionando y su vida pueda continuar normalmente. Miserable, pero on-line.




