14 / 03 / 2010

Vespertine.com.ar

Un blog de relatos

Archivo para Abril / 2008

Convocatoria a escritores

Publicado originalmente el 30 / 04 / 2008

Cortes argentinos

Actualizado a las 19:30hs - Ya se anotaron Buda (pri, como siempre); Iván; Julieta; Berry; Aqua; Petro; Manancancho; La del mameluco; Mägo; RedFish; y Cecil. ¡Wow! ¡Qué respuesta en poquitas horas! Ojalá se sumen muchos más, todavía está abierta la inscripción!

El día lunes 5 de Mayo publicaré un artículo titulado “Hasta el cuadril” en el cuál relataré mi peor (o peores) metidas de pata.

Quisiera invitarlos a participar de esta primera iniciativa de publicación comunitaria. La idea es sencilla: cada uno está invitado a escribir ese día -en su weblog, sin obligación de enlazar a nadie-, un artículo con el mismo título y tema. Si están interesados, por favor déjenme un comentario aquí mismo, para poder centralizar los links a todas esas anécdotas en un sitio principal. (Voy a armar un RSS público con Google Reader con todos los artículos que participen, será sencillo, ya van a ver).

Es que hay ocasiones en las que nos preguntamos “cómo pude haber sido tan idiota”; juramos nunca más volver a comportarnos de una manera tan absurda, convencidos de haber aprendido la lección y madurado. Nada más lejos de la realidad. Por ahí va el tema. ¿Se entiende?

Aquellos que no tengan weblog también pueden participar. Simplemente envíenme sus breves relatos por email y los publicaré en mi blog.

Esta iniciativa es totalmente sincera y no pretende generar visitas a mi sitio, sino simplemente compartir un evento con todos ustedes, sin dejar afuera a ninguno.

Dos reglas bien simples: las anécdotas deben ser verídicas y autobiográficas.

Un abrazo,

Pertenece a la categoría Et cetera

Algo que decir

Publicado originalmente el 27 / 04 / 2008

Speak no evil

Un requisito para comenzar un weblog es tener algo que transmitir al mundo; aunque ese mundo sea compuesto por dos o tres amigos a los que invitamos a leer. Para poder mantenerlo en el tiempo, con una frecuencia de publicación constante, es necesario producir contenido original y único de manera permanente. Esto no se le dice a nadie cuando está por “armar” un blog. Aquellos que tratan de noticias y tendencias pueden basar sus artículos en fuentes externas. Pero aquellos que, como yo, intentan relatar eventos ficticios, se ven obligados a estar siempre alertas a su imaginación. A no perder ninguna buena idea que se cruza por la mente.
Hay varios métodos para conseguirlo, pero todos demandan una cantidad de tiempo nada fácil de obtener.
Leer mucho, investigar otro tanto, escribir, releer y replantear. Eso solo, consume varias horas por semana, según el volumen que se desee publicar. Mantener el nivel y la calidad puede llevar a la obsesión y debe hacerse con mesura.
Si a esta carga horaria sumamos el ideal de crecimiento exponencial de lectores, el desafío se vuelve quimérico.
Docenas de técnicas electrónicas y plataformas sociales nos ayudarán a conseguirlos. Facebook, Blogalaxia, Bitácoras punto com, Technorati, Menéame, Gennio, Mr. Wong, Del.icio.us, StumbleUpon, etc, etc, etc.
Lograr que nuestro sitio aparezca en los resultados de Google también lleva su empeño.
Pero al final del día, que vendría a ser el momento en el que escribo este artículo, los visitantes llegan.
Los amigos, a los que uno invita personalmente a leer sus obras, no disfrutan de la lectura. “A mi no me pidas que lea”. Otros, más letrados, prefieren leer un papel que una pantalla.
Entonces comienzan a arribar de aquí y allá, los bloggers. Tácita o explícitamente, querrán que uno visite sus sitios. Es lo más natural y sano del mundo. Con algo de sentido de la abundancia nos damos cuenta de que hay lugar para todos, que nada cuesta enlazarlos y leerlos, dejarles un recadito de vez en cuando, para animarlos a seguir. Es que, si ellos dejan de escribir, es bastante probable que dejen de leernos.
Termina uno escribiendo para otros bloggers, únicamente. Cada uno de los cuales tiene un tiempo de lectura variable, un régimen de visitas inestable y una calidad de réplica imponderable. Aún así, leemos, investigamos, escribimos, releemos, replanteamos y publicamos. Con miedo a que alguno se ofenda y no vuelva más. Como si acaso la diferencia de opinión y criterio fuera un espantapájaros.
Nótese que dije “crecimiento exponencial”. Es imposible un desarrollo de ese nivel. Poquito a poquito se van sumando los lectores, algunos llegan de rebote desde otro blog. Otros más, luego de que dejemos un comentario en alguna entrada del suyo.
Casi ninguno de los que llegan por “social bookmarking” o búsquedas de Google se enteran de que este sitio está vivo. Solo los bloggers. Ustedes.
A ustedes, entonces, amigos y colegas periodicistas, he dedicado todo el tiempo, esfuerzo y sacrificio que me ha llevado mantener este blog por cuatro meses, con una base de publicación casi diaria.
Quería darles las gracias por darme ánimos para continuar, para superar las frustraciones que han aparecido en el camino. Gracias por leer, por estar, por responder.
Me han enseñado que esto no es una competencia. Y eso no lo dice Google. Me he encariñado con cada uno de ustedes, imagino sus vocecitas cada vez que leo sus comentarios y mails.
Aunque no respondan, sé que están ahí, esperando, con intenciones puras. Que esto de escribir no debe ser una actitud egoísta, que los lectores no son números, son amigos.
Quería decirles esto. Quería decirles algo con mi propia voz, también, más allá de las breves respuestas que dejo a sus comentarios. Que escribo para ustedes, bloggers.
También aprovecho esta oportunidad para invitarlos a participar en un proyecto colaborativo que estamos armando con Aqua. No se trata de armar OTRO blog, sino que cada uno participe desde el suyo, como una comunidad. Sin obligación de enlazar a nadie, consiste puramente en escribir un breve relato en conjunto. Aquellos que estén interesados, por favor dejen un comentario aquí o escriban un mail y les avisaré en cuanto esté todo resuelto y listo para comenzar. Será divertido y nadie perderá su identidad, estilo e individualidad.
También he descubierto que la única razón por la que hago esto es esa: diversión.
Si no es la ocasión apropiada, tampoco dejen de anotarse, estos proyectos serán moneda corriente de aquí en más y me gustaría que participaran todos.
Sin obligación de compra: aquellos que no tienen página web también pueden participar y sus colaboraciones en dichos eventos serán publicados en este blog.

¡¡Besos a todos!!

Pertenece a la categoría Et cetera

Inauguración

Publicado originalmente el 26 / 04 / 2008

Subway

Descargar PDF ¡Descargar en PDF!

Metrovías S.A. organizó un concurso literario llamado “Anécdotas de viajes” cuya entrega de premios fue el miercoles 23 de Abril (2008). Realmente me tenía fe y presenté una obra. Como no gané nada, ni siquiera una mención, ni una propina, ni un “seguí participando”, aquí la publico para que puedan disfrutarla.

Era lunes al mediodía, enero y un calor insoportable. Todos parecían entrar a esa boca como si fuera el último hormiguero del mundo. Nos empujábamos para alcanzar la boletería, sacar las monedas del bolsillo sin dejar caer la billetera al suelo. Una vez en el andén el panorama no mejoraba. Al aire parecía no tener oxígeno, la humedad no se aguantaba y los ventiladores se convertían en oasis de vida. La gente se paraba pisando la línea de seguridad y algunos todavía más adelante. Mujeres con bebés en brazos secaban las gotas brillantes en sus frentes con los baberos de sus hijos. Caballeros de traje repetían el gesto con sus pañuelos y se aflojaban las corbatas. Por suerte estaba de hojotas y pantalón corto. De todas maneras, era mejor ese aire enrarecido subterráneo que el rayo del sol de la intemperie. El monitor decía que el servicio no tenía demoras y que había trenes hacia Los Incas cada ocho minutos. Habían pasado nueve cuando se escucha el sonido del vehículo. Suspiré aliviado, como si hubiese escuchado llegar el tren de la vida.
Empujando y apretando conseguí subir al vagón medio segundo antes de que se cierre la puerta. Parado, obviamente, respirando las axilas de todos, con la boca hacia arriba, como si a esa altura el aire fuera más puro. Solo era una ilusión. Me conformé con la idea de que solo eran tres paradas y me bajaba. Mi único pensamiento era “parada Carlos Gardel”.
En la siguiente estación la gente pareció enfurecer para bajar y subir, hubo algún manoteo de carteras, de glúteos, un empujón, un insulto. Nada extraño. Todo eso era parte del escenario.
La primera vez que subí a un subte pensé qué maravilla de la arquitectura, qué proeza del hombre, habitar un lugar inhóspito, incompatible con la vida, diariamente, con el único fin de evitar el congestionamiento del tráfico por unas cuantas monedas. Pero en ese momento mis ideas tomaban otro rumbo. Solo quería llegar. Esa era la única función del túnel: el transporte.
La chicharra me devolvió a la realidad. El tren se movía otra vez, ahora con más pasajeros. Todos en silencio, algunos distraían su claustrofobia escribiendo mensajes de texto en sus celulares, otros llevaban auriculares o libros imposibles de leer con el movimiento.
La última parada, menos mal, parecíamos no llegar más. Se repite la rutina anterior. Empujones, caras de poco amigo, manoteos. Subieron dos chicos a pedir monedas. Yo les di, un señor que estaba parado a mi lado ni los miró. Alguien me había dicho “la industria de la monedita mueve millones”, pero nunca lo creí. No podía entender que un chico con hambre perteneciera a una empresa tan importante. El tren se movía hacia nuestra parada a paso firme cuando de pronto se corta la luz.
No detuvo su movimiento, pero todo se había puesto oscuro. Se escucharon algunas voces femeninas con exclamaciones de desesperación ahogadas. “Ay, no”. “Que no pare, que no pare”. Por instinto metí la mano en el bolsillo y sujeté mi billetera. Imagino que todos los demás hicieron lo mismo.
La espera se hizo mucho más larga en la oscuridad, pero el tren no se detenía y ninguno pronunciaba palabra. Solo queríamos llegar, ya habría tiempo para protestar por el servicio o las condiciones de los trenes. Tampoco funcionaba el tablero electrónico.
Ya falta poco, dijo un guardia en tono de autoridad mezclada con miedo.
El sonido del tren fue disminuyendo y llegábamos a escuchar una campana. Qué raro, pensé. Debe ser que, como se cortó la luz, usan la campana para avisar que ya llegamos.
Jamás imaginé lo que encontraríamos al llegar a Carlos Gardel.
A medida que el sonido de la campana se hacía más intenso, comenzó a notarse una música detrás. Como de banda militar. Y eso fue lo primero que vimos al salir del túnel.
El andén estaba lleno de gente, pero no eran pasajeros comunes. Tenían sombreros y mocasines los varones, vestidos y abanicos las señoras. Una banda de vientos tocaba el himno nacional para un grupo de elegantes personas sobre un escenario. En la pared, donde debería decir “Carlos Gardel” decía “Inauguración”.
En cuanto vieron el tren todos los que estaban en el andén quedaron en silencio.
Nos miramos mutuamente con asombro e incredulidad. Solo el freno del tren cortaba el tiempo como una cuchilla sin fin, lo demás era silencio.
Todos nos amontonamos del lado que se baja para mirar. Ellos, los de afuera, a su vez, también se acercaron para vernos. Algunos de los granaderos que parecían ser los más jóvenes nos apuntaron con sus fusiles, pero por su expresión de horror se notaba que no estaban cargados.
Quise sacarles una foto con mi celular, pero por desgracia no funcionaba y el mismo desperfecto parecía afectar a todos los demás aparatos del tren.
El señor que no había dado monedas a los chicos dijo “Ese es Uriburu”. Todos lo miramos y lo reconocimos, pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra o insulto.
Las puertas del tren se abrieron.
Pasaron veinte segundos, los más largos de toda la historia, sin que nadie intentara bajar o subir.
Las puertas se cerraron y el tren continuó su marcha otra vez.
Apenas hubo entrado completamente al túnel las luces volvieron a la normalidad y mi celular volvió a la vida. Tenía una llamada entrante. Era mi novia.
- ¿Qué pasó que no atendías?
- No me vas a creer nunca.
- ¿Te falta mucho para llegar?
- Me pasé una estación, me tomo un taxi.
- ¿Cómo que te pasaste?
- No me podía bajar ahí.
- ¿Por qué?
- Hubiera llegado demasiado temprano.

Pertenece a la categoría Relatos, Relatos Recomendados

Crueldades

Publicado originalmente el 22 / 04 / 2008

Buitre

Pocas crueldades se asemejan a las autoinflingidas por un escritor que contempla una hoja en blanco. El tipo se sienta frente al papel o el monitor y la mira. Primero de reojo, luego de frente. Enciende un cigarrillo, como si el vicio fuera a darle lucidez. Tal vez se sirve una copa de algo que hay. El incandescente llega a herirle los ojos.
Sus manos están quietas, pero en su interior se debaten dos fuerzas gigantescas y despóticas por igual. Por un lado, como si fueran las piezas blancas de un ajedrez mental, está el deseo de ser leído por otros. De ser reconocido. El ego abre la partida avanzando el peón que está delante del caballo de la reina. Es una jugada agresiva desde todo punto de vista.
Por el otro lado, rivalizando, está el temor de pasar desapercibido. De no gustar. La inseguridad del hombre tímido que se esconde detrás de una hoja o una pantalla para llevar a imprenta sus fantasías más oscuras y sus deseos más podridos y primitivos.
Que las negras sean las del tímido no implica que sean débiles o que jueguen con discreción. Nada más lejos de la verdad.
El combate será cruento, sin misericordia. No se tomarán prisioneros. Se sangrará y se hará sangrar.
Cerca del jaque mate, ambas facciones habrán sacrificado lo débil y se volverán aún más impías.
Gradualmente, los dos bandos habrán creado un campo de batalla sobre la psique y la palabra. La historia será contada con detalles.
No todo lo dicho será necesariamente falso. No todo lo escrito será necesariamente cierto.
Alguno aplaudirá, otros callarán. Aún otros danzarán sobre los cadáveres, saboreándolos, como devoradores de pecados. Muchos de ellos son, a su vez, pequeños hombres tímidos o feroces ególatras agazapados detrás de otros teclados y lápices de grafito.
Finalmente, las blancas mueven la torre de la reina para encerrar al rey de las negras entre sus propios peones. Mate.
El autor entrega su breve y sanguinolento relato. Hay una herida de muerte en su abdomen, pero su rostro permanece inmutable. Sublime. Acaso podría decir él mismo que su faz estuvo impasible. El suelo frente a sus pies comienza a teñirse de un rojo oscuro, cae de rodillas con el papel en la mano, o el pen-drive.
Extiende su índice, intenta señalar algo. Son esos buitres que lo circundan a distancia prudencial. Esperan que se desvanezcan sus fuerzas para devorarle los ojos. Beberán de su humor vítreo la luz que le permitió observar, sintetizar, ordenar y describir la batalla.
Vienen a verlo morir, con la nobleza de la obra concluida, presentada, publicada. Vienen a verlo morir, con el buche lleno de piedras.
Vienen a rematarlo.
Le dicen, antes de arrancarle los tímpanos, qué bien lo ha hecho.
Lo miran, antes de picotear sus ojos, qué ojos tan soberbios.
Pero antes de rendirse, se pone de pie.
Y se aplaude a si mismo, con los muñones que aún no le han devorado.
Morirá de pie, como un árbol.
El mismo árbol con que fabricaron el papel que usó para escribir su relato.

Pertenece a la categoría Poemas

Consultas encontradas por Google en mi sitio

Publicado originalmente el 15 / 04 / 2008

Google Logo

Google Analytics es una de las herramientas que uso para jugar al Big Brother con este weblog. Estas son algunas de las frases que Google entiende encontrar aquí. Seleccioné las más bizarras:

  • ¿Qué debe comer Adelia?
  • Pues bien, todo depende. Si Adelia es omnívora puede comer prácticamente cualquier cosa. Si es vegetariana (o herbívora) debería ingerir únicamente vegetales, preferentemente de hoja ancha, que además son buena fuente de vitamina E. Si Adelia es un oso panda, debería comer únicamente bambú. En cambio, si se trata de un oso koala lo mejor sin lugar a dudas es el eucalipto.
    Por el contrario, si es carnívora, debería probar con diferentes animales pequeños, tales como roedores o mamíferos domésticos. Si hablamos de una tarántula o una boa constrictora llamada Adelia, los ratones le serán deliciosos.
    Si Adelia es un ser humano creo que podría apreciar unos ricos bombones, a menos claro, que sea diabética. Si el caso es este, creo que deberíamos consultar a un nutricionista.

  • Mi mujer me extorsiona
  • Lo siento amigo o amiga. No hay nada que pueda hacer para ayudarlo. Tal vez debería buscarse otra menos extorsiva. O bien negociar los términos del divorcio, separación de bienes y tenencia de los chicos.
    Una solución rápida y sencilla es dejarle la computadora y comprarse una notebook para usted. O dejarle el coche y viajar en autobús.

  • Me siento débil y hundida
  • Este blog no es el mejor lugar para llegar si ese es su estado de ánimo. Si su nombre es Adelia debería leer el primer punto de este artículo, tal vez tenga deficiencia de alguna vitamina.

  • Me cogí a mi sobrina
  • No solo ese tipo de cogida, sino otras búsquedas mucho más ilegales donde se dan datos sobre las edades y parentescos de consanguineidad de las niñas han terminado en mi cuento “Kopperina”. Este blog no es erótico, ni porno. Pero algo de morbo siempre hay. A fin de cuentas, yo también soy varón.

  • He vivido la más profunda desesperanza
  • Igual al punto 3. ¿Porqué imagino que se trata de una mujer la que buscó esta frase? Le preguntaré a mi psicólogo.

  • Fotos de chicas espiadas en el tren y en el colectivo
  • No sé muy bien en qué parte de mi sitio aterrizó esta búsqueda. ¿No es rara la gente? Yo prefiero espiar en el avión o en el subte pero gustos son gustos.

  • El mejor amigo hoy ¿puede ser el peor enemigo mañana?
  • Sí. ¿Nunca viste “2001, odisea del espacio”? La mano que mece la cuna, Mr. Ripley, etc. Si quiere podemos hacer una encuesta, pero la respuesta seguirá siendo afirmativa. Lo siento, le recomiendo no tener amigos, encerrarse en su habitación y preguntarle todo a Google.

  • El ajo ¿puede eliminar la presencia del THC?
  • Tetrahidrocanabinol es el nombre del componente activo de la marihuana. Es un alcaloide que la planta produce naturalmente como insecticida y la protege de numerosas plagas. El ajo es un antibiótico natural, un condimento excelente y un pésimo desodorante bucal. Tal vez debería probar con dejar de drogarse, el organismo elimina la toxina en pocos días. Mientras tanto puede comer todo el ajo que quiera. Su aliento sin duda eliminará toda presencia humana a varios metros a la redonda.

  • Cosas que hago con mi cuerpo
  • Lo felicito. Aquí también la ambigüedad me llevará a consultar a mi psicólogo por qué imagino las cosas que imagino con esta frase. Mente podrida.

  • ¿Qué hago?
  • Esta búsqueda es reiterativa en varios visitantes. La respuesta es sencilla. Usted puede perder todo el tiempo que quiera leyendo este sitio web, o cualquier otro. Tal vez búsquese un hobby y haga algo con su vida. Leer y estudiar no es perder el tiempo. Búsquese una pareja. Tener sexo tampoco es perder el tiempo. O tal vez sí. Deberé consultarle a mi psicólogo. Eso sí, no espíe con su celular a niñas en el colectivo o en el tren. En algunos países se considera delito. Tampoco se coja a su sobrina, ni a su hija. No coma mucho ajo, deje de fumar marihuana, no olvide alimentar a Adelia y procure métodos para evitar que su mujer lo siga extorsionando.

  • El proceso creativo
  • Veintiún personas buscaron estas palabras y acabaron leyendo mi relato breve “El proceso creativo”, gracias a Google. Nadie es perfecto, pero… algo es algo.


    Visitas del sitio


    El 53% de los comentarios de este sitio corresponde a mujeres. ¡¡Gracias niñas!!

Pertenece a la categoría Et cetera

Verne (completo)

Publicado originalmente el 14 / 04 / 2008

La vuelta al mundo en 80 dias

Este relato puede descargarse en formato PDF haciendo clic aquí.

Caminaba lentamente frente a la biblioteca, como mirándose en un espejo de cuerpo entero. Acariciaba el lomo de los libros con la yema de los dedos, leía sus cubiertas, pero no se decidía por ninguno. Tenía la sensación de saber exactamente qué decía cada uno de ellos solo con tocarlo ligeramente.
Se alejaba unos pasos, para observar todo el panorama y se sentía nuevamente atraído hacia los estantes, cual si estuviese parado al borde de un precipicio, donde se tiene la idea de estar siendo succionado hacia el vacío. Se imaginaba que de entre las hojas salían fantasmas de antiguas historias, de escritores de siglos pasados, que lo invitaban a beber de sus palabras, mientras se alimentaban de la humedad del papel y el amarillo de la oxidación.
Las termitas que se abastecían de aquellos volúmenes eran cada vez más grandes y numerosas; en un punto de su observación sintió algo de pena por el mal estado de aquellos títulos y se dio cuenta de que la mayoría probablemente no alcanzaría el cambio de década siguiente. ¿Qué destino haría justicia a aquellos libros? Recordó esas filmaciones donde un gentío los arrojaba al fuego, meneó la cabeza, indignado. Fantaseó unos minutos acerca de las técnicas utilizadas para evadir los controles de la policía secreta, la no tan secreta, el ejército, las miradas de los amigos delatores y los niños indiscretos. Tal vez de esa década infame databan la mayor parte de los coleópteros que actualmente estaban dando por terminada su oscurantística labor como secuaces de la ignorancia.
De pronto se sorprendió con un clásico: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Lo retiró de su lugar en la letra “V”, sopló la parte superior de las hojas, retirando una buena cantidad de polvillo. Lo mismo hizo con la cubierta de cuero. Curiosamente, era tal como se lo había imaginado. La cubierta roja para Verne, las letras doradas grabadas cuidadosa pero imperfectamente por algún encuadernador, las hojas cosidas a mano con hilos que denostaban diferentes edades y añejamientos.
La primera hoja era relativamente nueva, casi no poseía un tinte amarillento. Las siguientes, en cambio, presentaban una degradación paulatina que se hacía más y más evidente hacia el centro del libro, donde parecía haber quedado una pequeña entrada de aire. Pudo percibir, aquí y allá, algunas huellas digitales entre la tinta corrida de las hojas, el inevitable sudor de las manos de vaya uno a saber qué lector. Llegando hacia la última parte se dio cuenta de que no estaba leyendo el libro: lo estaba mirando. Y en ese pensamiento se detuvo al notar que, de entre las hojas gastadas de miradas y años de humedad, caía una que estaba suelta. Al recogerla del suelo vio que lucía unas anotaciones manuscritas.
El papel presentaba una caligrafía bastante anacrónica, pero totalmente legible, a pesar de presentar algunos manchones de fibra desprendida. Decía:

“Querido amigo, felicitaciones. Si encuentra esta hoja es una persona afortunada. No solo ha disfrutado de una obra maestra de la literatura universal: Ha encontrado el mapa de un tesoro. Así es, en el reverso encontrará un domicilio al que debe concurrir munido de pico y pala para excavar, un vehículo mediano a grande y, si es tan cobarde e incrédulo como yo, una linterna, para hacer el trabajo sucio por la noche. J.M.”.

Volvió a leer las palabras dos o tres veces para convencerse de que no era un sueño y luego, con sumo cuidado, desenvolvió el papel para encontrar que en su cara posterior, efectivamente había una dirección escrita y una especie de boceto con proporciones precisas de algo que parecía ser una casa o un edificio pequeño (tenía las medidas especificadas en metros y los ángulos en grados). Guardó el papel en su bolsillo tan velozmente como pudo sin estropearlo ni añadirle dobleces dañinos, devolvió el volumen a su ubicación original, recorrió el pabellón histórico, bajó las escaleras y luego salió a la calle.
La biblioteca pública había quedado ya una cuadra atrás y sentía el sudor de los restos de tinta que aún presentaban sus palmas. Tomó el colectivo en la parada y viajó hasta su casa con las manos en los bolsillos, de tal manera que las gotitas no contaminaran el papel y no se notara que llevaba algo de valor. Le resultó bastante difícil, por que el espacio que tenía su abrigo era bastante pequeño.
Al llegar se sintió algo aliviado, pero espió desde atrás de la cortina para comprobar que nadie lo hubiera seguido. Sentía que había robado algo, pero su razonamiento le llevó hacia las tranquilas aguas de la propiedad descubierta y los derechos de hallazgo. Su conciencia, en cambio, tomaba la dirección opuesta.
Dejó su abrigo en la habitación y se dispuso, tal como lo había anunciado su “amigo” a esperar las horas vespertinas.
Hizo de todo para distraerse durante esa tarde, pero no pudo sacarse de la mente la idea de un tesoro y miraba nerviosamente hacia la habitación para revisar la presencia de su campera, frágil guardiana de su propiedad más valiosa hasta el momento.
Vivía solo, pero aún así no se sentía seguro ni siquiera para ver el papel una vez más a la luz del día. Esperaría, no hablaría con nadie y no haría nada hasta no estar amparado por las sombras.
Se sentó en su sillón a escuchar algo de Stravinski, que por supuesto solo lo puso más nervioso aún. Cambió luego de unos minutos a Debussy. “La catedral sumergida, cuántas imágenes” se dijo; y entre esas imágenes lentamente se fue quedando dormido. Soñó que entraba en la casa del tesoro, que por algún motivo tenía ratas, con la linterna y la pala al hombro. Comenzaba a cavar donde indicaba el mapa y desde el pozo surgía una maraña de gusanos que le trepaban las piernas. En segundos cubrían todo su cuerpo y al llegar al hueco de su boca aullando de terror, se despertó sobresaltado, justo al llegar a la coda del compositor impresionista. Aún era de día. Volvió a dormirse recién al concluir la pieza.
Cuando finalmente despertó ya era casi medianoche, había tenido más pesadillas, donde las ratas le quitaban la linterna, unos usurpadores le disparaban, la policía lo detenía, lo asaltaban. En ninguna de ellas conseguía ver lo que había dentro del cofre que, imaginaba, contendría el tesoro. Encendió la luz más pequeña de la cocina, se preparó y bebió una taza de café que había pagado como “cubano”. Le puso algo de crema en polvo y edulcorante, lo bebió hasta la mitad y fue hasta la habitación a buscar el mapa en el bolsillo.
Lo llevó hasta la mesa aún plegado y notó que las manos le temblaban. No podía definir si era por miedo, nervios, ansiedad, codicia o algo más. Volvió a leer la dedicatoria y ahora, a la luz incandescente, pudo confirmar que la caligrafía era como las que había visto en algunos libros restaurados a mano. Debe ser de algún encuadernador o asistente de, pensó.
En la otra carilla, donde creyó haber leído un domicilio, en realidad eran letras y números, no palabras, siendo las últimas dos “JM”, entre signos de admiración.
Justo debajo había un rectángulo acotado, que explicaba un cuadrado de cinco metros de ancho por cinco de alto, dos ángulos a cuarenta y cinco grados que dividían al cuadrado en la proyección de cuatro triángulos de distintos tamaños, señalando un punto, como si fuera una letra equis.
Lo miró durante un rato, que poco a poco fue transformándose en horas y así lo sorprendió el día, nuevamente, sin haber dormido nada.
Hizo una copia de las letras y números en otro papel y, apenas se hicieron las ocho, salió a la calle dispuesto a volver a la biblioteca. Tal vez alguien ahí podría ayudarlo en su búsqueda. Quizás la idea de compartir el tesoro no era tan mala, especialmente si tenía en cuenta que no podría alcanzarlo nunca por sus propios medios y conocimientos.
Volvió a subir al tercer piso del edificio, por el ascensor, sin cometer el improperio de regresar al pabellón histórico. Se dirigió, en cambio, hacia el ala opuesta, donde un caballero de lentes, algo calvo, sonreía ante un libro de tiras cómicas. Tenía un distintivo en el pecho que lo delataba como empleado de la biblioteca. Habló al hombre con un inevitable tartamudeo, preguntándole si por casualidad sabía qué significaban esas letras y números que tenía anotados. Claro, respondió el empleado, es una partida de ajedrez. Los libros de ajedrez están en el piso de arriba. Muchas gracias, respondió, guardó el papel con la misma artificiosa lentitud con que lo había retirado del bolsillo y subió las escaleras.
Allí se pasó toda la mañana viendo libros de teoría e historia del ajedrez, donde había fotografías de jugadores que nunca había escuchado nombrar, partidas explicadas y analizadas en detalle hasta desmenuzarlas en simples letras y números. Una vez que se convenció de estar seguro de cómo recrear una partida desde una trascripción, pidió a la muchacha encargada de ese sector que le facilitara un tablero. Lentamente, como si estuviera desenrollando un pergamino milenario, fue armando la partida tal como estaba en su papel. Pero al llegar al último movimiento no se había producido jaque mate. Jota-eme, dijo en voz baja. Dejó el tablero allí mismo y bajó a la cafetería de la biblioteca para recuperar un poco la inteligencia que había perdido con el insomnio. Se pidió un café doble y un tostado. Casi se quedaba dormido y los párpados le pesaban toneladas. Se sentía mal, como si tuviera la presión baja, los ojos le ardían y se notaba malhumorado y extenuado. Abandonó el tostado a la mitad, pero el café lo bebió completo.
Volvió a subir al cuarto piso por las escaleras y en su mesa, mirando su tablero con detenimiento, estaba el hombre calvo de lentes. Corriendo, quiso gritarle qué estaba haciendo, que no moviera nada, pero el grito lo expresó susurrando, llamando la atención de algún que otro lector aburrido.
Nada, solo miraba, explicó sonriendo el pelado. ¿Cuántos movimientos hacen falta? preguntó curioso. Uno.
Sí, fue lo que pensé. Esta es una partida histórica, ¿sabe? entre Kárpov y Capablanca. Aquí ganan las blancas con un movimiento que, de no efectuarse, daría la victoria a las negras, también en uno. No pudo resolverlo, ¿verdad?
No, respondió tímidamente. Se sentía avergonzado y ridículo. El buen empleado solo trataba de ayudarlo y además parecía fascinado con la partida. Vea, le dijo, el alfil aquí ¿comprende?
- Ohhhh…
Pero esa vocal profunda de barítono escondía un descubrimiento mucho más práctico que ajedrecístico. De alguna manera, la mano de su despreocupado ayudante le había recordado, al trasladarse sobre el tablero, que la zona de la ciudad donde se encontraba la biblioteca era una grilla perfecta, que lindaba hacia los cuatro puntos cardinales con plazas y parques. Tenía, exactamente, ocho manzanas por ocho manzanas. Ya sabía, al menos, cuál era la manzana que escondía el tesoro. La posición del alfil blanco le indicaba el lugar justo en el tablero ajedrecístico que formaba la grilla urbana.
Salió de la biblioteca tan aprisa que olvidó dar las gracias al calvo de gafas y volvió a su casa. Durmió toda la tarde con el papel duplicado entre las manos.
Al despertar, otra vez era de noche, aunque apenas pasaban las diez. Buscó el mapa original en su escondite y sacó un mapa de la ciudad de otro cajón.
Allí trazó, con un marcador rojo, el contorno de las ocho manzanas cuadradas de su tablero ideal y marcó con una cruz el lugar que había calculado. Ahora el área de búsqueda solo tenía una hectárea edificada.
Pidió un taxi por teléfono y se dirigió al lugar con los dos mapas torpemente escondidos dentro de un periódico deportivo. Al llegar, la desilusión fue aplastante: la manzana tenía edificios de departamentos de hasta veinte pisos de alto. Primero tendría que encontrar el lugar exacto para luego seguir con el piso exacto. Miró el cartel con los nombres de las calles en la esquina donde se bajó del vehículo. Juan Manual de Rosas y José Martí. Insultó. Aquel juego ya comenzaba a parecerle perverso. Se sentía utilizado como juguete de algún ajedrecista mentecato. Caminó por Martí unos metros, pensando. Miraba el interior de los locales y reía socarrón, mirando hacia el cielo, cada vez que encontraba uno con piso cuadriculado en blanco y negro. Al llegar al 1877 recordó que Capablanca usaba las blancas en la partida estudiada. El ajedrecista, según había aprendido esa mañana, era cubano, igual que José Martí. El bar que estaba justo frente a sus ojos se llamaba “Cuba” y era uno de los tantos con piso cuadriculado monocromático.
Entró y pidió una cerveza, aún era temprano y no había mucha gente. Pensó que era inútil llegar de noche a ese lugar de pernocte, que lo mejor sería actuar a plena luz del día. Tal vez disfrazado de plomero que arreglaría el sótano, por supuesto esa indumentaria sería muy fácil de conseguir: solo tendría que abrir su guardarropa y ponerse el mismo uniforme que usaba diariamente en su trabajo. Esa idea no le parecía tan mala, solo que tal vez podrían reconocerlo si se presentaba al día siguiente. Por lo tanto abandonó su botella sin comenzarla y se retiró cubriéndose la cara lo mejor que pudo, con el periódico.
Esa noche durmió mucho mejor, soñó que era millonario, tenía una casa grande y lujosa, una empresa de plomería, un Audi A4, una esposa con pechos grandes, dos hijos varones y muchas otras cosas que el dinero puede comprar y otras que no.
Al despertar eran casi las siete de la mañana. Se puso su uniforme de trabajo, tomó las llaves de la pequeña Fiorino que usaba para visitar domicilios laborales, cargó la pala, sus herramientas habituales y salió directamente hacia el café “Cuba”.
Tardó cerca de veinte minutos en llegar hasta el lugar. Estacionó justo en la vereda frente al local. Espió hacia el interior desde su utilitario, contó al guardia en la puerta y a un hombre pequeño de suéter que tenía más aspecto de contador que de cajero de bar.
Se puso su gorra de “Pedro el Plomero” para completar el disfraz y bajó caracterizando un personaje que utilizaba a diario para trabajar. Dio buenos días al guardia y entró sin que éste lo detuviera.
Adentro caminó hasta la barra, a la misma altura donde había estado sentado brevemente la noche anterior. Dijo al empleado que venía a revisar las instalaciones del sótano. El diminuto encargado le señaló la escalera descendiente sin mirarlo. Su plan había funcionado perfectamente.
Cruzó una puerta de vaivén y bajó al subsuelo después de encender la luz con una cadenita que había cerca del dintel.
El nivel estaba casi completamente ocupado con cajas de plástico de gaseosas y cervezas y tenía algunos estantes con botellas de vino llenas de telarañas y polvo.
Sacó el mapa del bolsillo y se dio cuenta de que no tenía brújula para saber cuál era el norte en ese lugar subterráneo. Volvió a guardarlo, subió y salió para buscar la pala y herramientas en su vehículo.
Al regresar, el empleado le preguntó si tardaría mucho, por que ya estaba cerrando y tenía que irse a su casa. Le dijo que llevaría unos quince o veinte minutos, lo de siempre. Bien, entonces le dejo la llave al guardia, avísele cuando salga y después él me la lleva a casa, casi siempre hacemos así. Muy bien, respondió con cortesía y sin más conversación volvió a descender al piso inferior.
Corrió un poco las cajas para encontrar que, en la pared norte del ambiente, había unos cerámicos cuadriculados, iguales a los de un tablero de ajedrez. Allí era, no cabía duda alguna. Se acercó hasta esa pared, sacó una pequeña amoladora de su caja, la enchufó y comenzó a cortar el contorno del cerámico que producía el jaque mate en la partida recreada en la biblioteca la tarde anterior.
Detrás del cuadrado que retiró solo encontró revoque y cemento. Tomó la maza que había traído y comenzó a golpear en el hueco que formó en la pared. Así retiró una buena cantidad de escombros, rompió las baldosas aledañas y levantó una importante nube de polvo. Mientras golpeaba, sintió que alguien le silbó detrás. Era el guardia. Le preguntó qué estaba haciendo, a lo que respondió con frialdad y desidia profesional que había una pérdida de agua detrás de esos cerámicos y que probablemente tardaría algunos minutos más en encontrar, que a lo sumo en una hora ya habría terminado y todo quedaría imperceptible. Antes de que terminara la frase, el guardia estaba tomando una botella de vino y comenzaba a retirarse subiendo la angosta escalera.
Solo suspiró aliviado al escuchar el sonido del corcho. Si éste se queda dormido tengo toda la mañana, calculó.
Continuó la perforación ayudándose con una cuña. Hubo cavado unos veinte centímetros hacia el interior del muro cuando siente que choca contra algo metálico. Un golpe y otro más fuerte terminaron por romper genuinamente una cañería que transitaba justo a esa altura, cuyo chorro de agua le mojó todo el rostro y empezó a inundar el sótano.
En ese momento desenchufó la amoladora, para evitar un cortocircuito y subió corriendo a preguntarle al guardia si sabía dónde estaba la llave de paso, que el caño pinchado había terminado de romperse. Al guardia meneó la cabeza y le recordó bruscamente que él no era plomero, que ese era SU trabajo. Que si ensuciaba algo tendría que limpiarlo personalmente, por que los de limpieza ya estaban todos en sus casas y no volverían hasta la noche siguiente.
Volvió a bajar corriendo y vio que todo el sótano ya mostraba una capa de agua y barro de dos o tres centímetros. En puntas de pie corrió hasta la pared rota y metió la mano en el hueco, tratando de detener el chorro con sus dedos. Actitud totalmente inútil, debido a la importante presión que corría por ese ducto. Sin embargo, al cabo de unos segundos el líquido comenzó a mermar hasta cesar completamente.
Retiró sus dedos, algo confundido y se quedó mirando el hoyo. Corrió preventivamente su rostro, en caso de que el agua decidiera regresar abruptamente. Todavía no salía de su asombro cuando escucha nuevamente los pasos del guardia en la escalera. Esta vez venía provisto de un balde y un trapo. Se lo dejó sobre el último escalón, sacó un cigarrillo de la cajetilla, buscó su encendedor en el bolsillo trasero y se sentó allí mismo.
No pronunció palabra, pero el plomero devenido en buscador de tesoros entendió perfectamente que tendría que secar todo delante del ligeramente alcoholizado guardián.
La tarea le llevó cerca de una hora en absoluto silencio, tiempo suficiente para que el sótano se llene del humo de cigarrillo de ambos caballeros. Una vez que concluyó, el hombretón -sin moverse de su asiento- le dijo que la llave de paso estaba arriba, justo debajo del interruptor de la luz. Caminó hasta él y le alcanzó la mano en señal de saludo.

- Jorge Mora, guardia de “Cuba”, mucho gusto.
- Pedro Álvarez, plomero, un placer.
- Así que una cañería pinchada ¿eh?
- Sí, sí –respondió, mirando el suelo que todavía no terminaba de secarse.
- ¿Nada que ver con una búsqueda de tesoro?
- ¿Perdón?

El guardia lo miró sin mover un músculo de su macizo rostro.

- Bueno, en realidad… –dudó el plomero.
- ¿En realidad?
- En realidad estaba buscando esto – sinceró dándole el mapa.

Haciendo un esfuerzo visual, el hombre de negro examinó el papel durante unos momentos –que al plomero le parecieron siglos- y finalmente exclamó, como comenzando a entender: ¡Ajá!

- Usted debe ser el tercero o cuarto idiota que viene con el mismo papel, tratando de perforar todo nuestro local. No sabe cómo está el baño de huecos y parches en los azulejos. Este sótano tiene más perforaciones que un queso y ninguno encuentra nunca nada. Algunos hasta vienen con una orden de allanamiento con policías o tipos disfrazados de policías y nos cierran el bar todo el día, rompiendo acá y allá. ¿Usted cree realmente que si hubiera un tesoro aquí yo estaría trabajando como guardia todavía?

El plomero no respondió nada, se sentía grotesco y criminal, como un niño regañado. Respóndame, insistió el guardia. No.

- Claro que no. Por favor repare el caño con un poco de masilla, reponga el azulejo que rompió y la botella de vino que se bebió ahora mismo y en efectivo.

Extendió la mano nuevamente, pero esta vez con la palma hacia arriba, exigiendo el dinero.
Pedro buscó la billetera y sacó un billete de cincuenta. Lo depositó en la mano callosa que tenía frente a sus ojos. Ésta no se cerró ni retiró. Extrajo otro billete más de la misma nómina que pareció surtir efecto.

- Es un placer hacer negocios con ustedes, “buscadores de tesoros” – burló el sobornado y se retiró hacia el piso superior sin dejar de reír.

El plomero reparó el caño con un poco de masilla, guardó sus herramientas en la caja, dejó el balde sobre el sumidero que había servido de vía de salida para el agua y lo siguió. Antes de apagar la luz echó una última mirada al profanado sótano. Dijo hasta luego al guardia sin mirarlo, arrojó las herramientas al interior de su Fiorino y arrancó insultando en silencio.

FIN

Epílogo:

El guardia volvió a bajar, controló que el piso estuviera completamente seco, sacó el mapa del bolsillo, lo besó y volvió a guardar. Cerró el local como ya estaba acostumbrado y tomó un taxi hasta la biblioteca. Subió por el ascensor, saludó al hombre calvo con un beso en la mejilla, le dio un billete de cincuenta y dijo: lo voy a poner en “Cinco semanas en globo”, me llevo “Viaje al centro de la tierra”. El calvo asintió con la cabeza y respondió: “menos mal, con ése la última vez casi te perforan hasta el túnel del subte”. Ambos caballeros rieron como se hace educadamente en el interior de una biblioteca.

Pertenece a la categoría Relatos, Relatos Recomendados