11 / 03 / 2010

Vespertine.com.ar

Un blog de relatos

Archivo para Mayo / 2008

Calentando motores

Publicado originalmente el 27 / 05 / 2008

Dudas

Cuatro semanas sin escribir ni publicar nada. En resumen, trabajando. Mudándome, también. Actualizo mi vida personal en tres palabras: ahora vivo solo. Sí, señor, señora, señorita de jumper: ahora vivo SOLO. Es un verdadero placer. Escucho la música que me gusta y NINGUNA otra, como la comida que me gusta y NINGUNA otra. Llego a la hora que quiero y nadie me hace bardos, nadie me rompe las pelotas que “apagá la luz, bajá la música”. No, señor, se acabó.
Por otro lado nadie me espera para cenar… son los costos operativos.

Ya está.

Todos estos días estuve pensando en qué escribir. Aparentemente no se me ocurría nada “relatable”. Por ejemplo, podría haber escrito sobre:

  1. Cómo implementar dos Terminal Server en una red sobre el mismo rango sin morir en el intento.
  2. Cómo dar una clase de informática a 28 adolescentes sin morir en el intento.
  3. Cómo solfear correctamente KV275 de Mozart, sin morir en el intento.
  4. Cómo evitar que venga la ambulancia a tu casa en caso de un ataque de epilepsia ajeno.
  5. Cómo cultivar marihuana con hidroponia en climas fríos.

Como no me decidí por ninguno, llegué a pensar que en realidad SE ME ACABARON LAS IDEAS. Pero eso tampoco es tan cierto. Tal vez estuve silente por no tener nada que decir. Y ese silencio probablemente haya sido mucho más efectivo para transmitir mis ideas que la clásica verborragia a la que los he acostumbrado. La verdad cruda: no tuve tiempo para nada, ni siquiera para preguntarme ¿Qué tal, Fer, cómo estás? Directamente llegaba a la almohada con los ojos cerrados.

Sigo escribiendo. El estanque se está calmando otra vez, relatos nuevos -ácidos como siempre-, vienen en camino.

Gracias a todos los que pasaron por acá en estos días, por sus mails y comentarios. Volví.

Pertenece a la categoría Et cetera

Hasta el Cuadril

Publicado originalmente el 5 / 05 / 2008

Cortes argentinos

“Meter la pata” es cometer un error, un perjuicio o daño involuntario. Por distracción, desconocimiento o simple torpeza, nuestras acciones nos llevan directamente a un desastre que, de haberlo querido calcular para efectuar adrede, no hubiésemos conseguido tamaña efectividad.
Respecto a estas hazañas de la estupidez humana, quise convocar a mis amigos. Para que, cada uno desde su propia experiencia, nos cuente sus proezas. Compartir esas anécdotas que nos recuerdan nuestra humanidad, nuestra falenciabilidad, nuestro talento para errar.
Es claro que tratamos por todos los medios de evitarlas, de olvidarlas en el caso de cometerlas y erradicarlas finalmente de nuestro comportamiento cotidiano, solo para encontrarnos con nuestra capacidad de equivocación totalmente intacta en el momento menos oportuno y privado posible. Aquí una que nunca pensé relatar públicamente, solo para su morboso disfrute. Disfruten y rían. ¡Solo quien se ríe de sus errores ha aprendido algo de ellos!

Tendría yo unos quince años, hace ya diez. En aquella época yo iba bastante a menudo a la iglesia y participaba de un grupo juvenil. Allí hacíamos lo que todos los adolescentes, salvo drogarnos, emborracharnos y tener sexo. Tal vez por eso al cabo de unos años busqué otros sitios de reunión. Pero no quiero perder la dirección. Estábamos unos pocos que habíamos llegado temprano un miércoles, cerca de las nueve de la noche. Como era verano, todavía había luz del día y algunas chicas preferían llegar temprano y ahorrarse un viaje en taxi.
Una de ellas estaba bastante triste ese día: un amigo había fallecido.
Como yo era “el gracioso” del grupo, me propuse robarle una sonrisa contándole chistes. Así que, tan desafortunadamente como me fue posible, recordé uno que me había hecho reír mucho cuando lo escuché. Decía asi:


- Mamá, mamá, ¡papá se tiró por el balcón!
- Ay, nena, que boludo, le dije que le puse cuernos, no alas.

Ni bien terminé la última plural, recordé que su amigo había muerto cuando saltó al vacío intencionalmente desde una antena repetidora de AM. Aída, así el nombre de la chica, solo se levantó y se dirigió al sanitario. Su hermana corrió detrás de ella y yo me quedé allí mismo, sin pronunciar palabra adicional, sintiendo las miradas asombradas –a falta de un término menos dañino- de los demás.

Fue en aquella ocasión que recuerdo haber deseado nunca haber contado ese chiste tan negro, tan idiota, no haber ido tan temprano esa tarde, nunca haber hablado, nunca haber nacido.

Sí, meter la pata tiene ese toque de autodestrucción y repetición posterior que nos dejan destrozados, hasta varios años después, como espinas en el ego. ¿Moraleja? Nunca más humor negro. Nunca.

Mientras buscaba en mi memoria otras metidas de pata de tal tenor, no encontré ninguna suficientemente inocente como para incluirla como “segundo round”. Cientos de otras fueron por abrir la boca en el momento inoportuno y con el vocablo menos afortunado. Sí, el que tiene boca se equivoca. Disculpen si no me atrevo a contar otros episodios, pero creo que con este alcanza.

Aquí está el sitio centralizado con todas las anéctodas: http://feeds.feedburner.com/hastaelcuadril. Los voy a ir agregando a medida que vayan publicando, entiendan que este proceso no es automático y puedo tomarme un rato. Besos.

Pertenece a la categoría Relatos