Hay días en los que el mundo nos parece una batalla interminable. Días cuyas noches se nos hacen demasiado breves, como meros descansos entre rounds. Sin entrenador que nos grite ánimos, ni botellas de agua, protector bucal ni escupideras. Mañanas en las que el espejo no nos tiene piedad, las ojeras no menguan y la piel se nos muestra gastada por el trajín. Días en los que no queremos hablar, por que sabemos que implicaría discutir cosas dolorosas.
El tránsito nos resulta más hostil que lo habitual, el jefe más exigente, los compañeros más odiosos, los niños más ruidosos, los perros más agresivos. La radio más insoportable.
Es en esos días que dan ganas de agitar una bandera blanca, pedir tregua, minuto técnico, piedad, clemencia, gancho. Paren el mundo, me bajo en la próxima.
¿No se dan cuenta que no puedo más? Parece que no. Y hay que poner la cara, ponerle onda. Salir con el fusil cargado ya no es optativo.
Habrá que ir con los botines de punta, con el café inyectable, el celular cargado, el flequillo hacia atrás, los zapatos lustrados.
Habrá que convertirse en estatua del Libertador, siempre señalando adelante, siempre avanzando estáticos, cagados por las palomas, pero firmes.
Y ahí mismo, en esa plaza de la vida, nos damos cuenta de que no se nos hace cuesta arriba solo a nosotros.
Hay días en los que queremos irnos a la mierda. Rajarnos a Fiji y no volver hasta que haya garantías. Mandar a cagar a todos esos hijos de puta que nos hacen trabajar el triple por lo mismo y pagar el doble por algo cada vez peor.
Algunos de esos días termino en un bar, bebiendo una cerveza. Fumando tranquilo, sin apuro. Y pienso que solo vivo para esos momentos. Por que hoy este blues es para mí.