17 / 03 / 2010

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Un blog de relatos

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1178 artículos sin leer

Publicado originalmente el 28 / 11 / 2008

Pero trato de ponerme al día, paso un par de blogs que ya perdieron un poco de sabor, me detengo en el de Alejandra. En realidad no se llama Alejandra, pero sus letras sangran tanta verdad como las de Pizarnik. Y ya no puedo seguir leyendo. Me mueven a escribir. Como si estuvieramos conversando y de pronto quisiera interrumpirla con mis propias gotas de sangre. ¿Sabés que pasó? Que estuve ocupado. Y ahora no te voy a explicar nada, sabés que ni falta te hace. Que ni gracia me hace, eso, explicarte. Pero las disculpas quedan como rebarbas de mi sangre por que la culpa sí que la tengo y sí que están de más.
El tipo tenía todo ordenadito en su casita. Las tazas en el despensero, la olla en el horno, los cables en el cajón, los puchos bajo el sillón, la guitarra en el rincón, aburrida y llorosa de silencios. TODO en su lugar, cada papel en su pila, cada disco en su cajita, cada pensamiento explicado con mesura y previamente ponderado por escrito y con calibre.
Entonces llegó el amor. Como un jinete que se arroja en su catre luego de venir galopando todas las leguas largas del mundo a pelo trenzado. Pateó la puerta abajo, llenó la habitación con su sudor, el piso de barro, rompió los platos, gastó los cigarrillos, la yerba, los forros. Todo patas para arriba, las horas, las obligaciones, las palabras, la cara de poker. El castillo de naipes de la soledad se vino abajo como papelitos de cancha al grito de ¡GOOOL!
Y el tipo, como si olvidase su diseño de cigarra cantora se sigue creyendo hormiga laboriosa. Vuelve a acomodar sus papeles, sus discos de Björk, vuelve a racionalizar todo sentimiento en calidad de reacciones bioquímicas, junta los pedazos de tazas, compra puchos, yerba, más forros (muchos más), vuelve a afinar la guitarra que se queja y se queja y se queja. Pobre. Alma de blues.
Comienza a juntar los naipes de a pares, mirando fíjamente a los ojos de la yegua hablándole suavemente al oído. Shhhhhhhhhhh oooooohhhhh. Shoooooo. Yo.
No me tires los naipes, son míos. Y el tipo, tan simplemente como su simple forma de pensar se lo permite le muestra que si respira fuerte los naipes se caen. Shhhhh… ohhhh. Yo. Esta es mi casa.
Y marca una línea con gotas de sangre en el suelo. De acá para allá mis naipes, mis castillos, Björk y Tori. De acá para allá tus cascos, tus trenzas, tus inseguridades, tus gotas de sangre, tus cabalgatas nocturnas, tus ganas de volver a sentirte viva.
¿Se entiende? Hasta acá llegás vos. Ni un paso más.
La yegua lo mira con los ojos brillantes, acuáticos. Lo mira y entiende y asiente, lamiendo suávemente sus manos saladas. Lo mira y asiente, pero los dos sabemos que la geografía sentimental no se aplica en los sentimientos reales, solo en los teóricos. Solo en los abstractos.
Y esos ojos no saben de tangentes ni de resultantes gravitacionales. Solo sabe que su corazón se pone a galopar cuando ve al simple y pobre tipo acomodando los naipes una y otra vez.
Los dos, con curiosidad, picardía y complicidad juegan a respetar los límites. Por ahora. La sangre no es de verdad, los límites son de juguete, los sentimientos se cuelan por los ventiluces y los jadeos perturban el sueño de los vecinos.
SSSSSShhhhhhhh ooooooohhhh. No te vayas esta noche. No te vayas más.

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